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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1994

1793: AÑO II DE LA IGUALDAD

Author: Carlos Escobar[Nota 1]


En el prólogo de su obra La gran Revolución, Pedro Kropotkin, el príncipe anarquista ruso, afirma que la Revolución Francesa fue producto de dos grandes corrientes: La de las ideas, representada por el Tercer Estado esto es, la burguesía- y la de la acción, encarnada por las masas plebeyas.

Ciertamente que en las ideas de la ilustración francesa y del constitucionalismo inglés y norteamericano, se halla la base teórica llamémosle así con la que el Tercer Estado cuestionó la estructura de jerarquías privilegiadas en que se asentaba el estado absolutista consolidado por Luis XVI durante el siglo XVII Sin embargo, las multitudes que lo derrumbaron en el año 1792, no sólo tuvieron el arrojo y la determinación para hacerlo, sino también ideas - muy claras en ciertos momentos acerca de la sociedad y el gobierno que querían para reemplazar el antiguo régimen.

A principios de 1789, la curva de los precios estaba por alcanzar el nivel más alto del siglo XVIII. Los cereales aumentaban hasta en un 165% y la agitación ascendía al ritmo de la inflación, mientras el estado afrontaba una grave bancarrota económica y una crisis ministerial.

En tan ominoso contexto, Luis XVI convocó a la reunión de ese parlamento medieval corporativo, denominado «estados generales La burguesía, inquieta ya por las ideas de igualdad constitucional, acudió a la asamblea esperanzada en obtener ciertas reformas fundamentalmente fiscales - para reducir los desniveles que la colocaban en un grado de absoluta inferioridad ante los otros dos estados: la nobleza y el clero.

Pero aquel estado era irreformable. Su rigidez no era sino la inflexibilidad de la nobleza, que no admitía la más mínima concesión en merma de sus privilegios - realmente no pagaba impuestos -, cuya defensa a ultranza cerró toda posibilidad de arribar a un compromiso como el que en Inglaterra sellaron los "landlords" y la burguesía para repartirse el poder y el gobierno.

Entre el Tercer Estado, la palabra igualdad comenzó a pronunciarse con acentos un tanto radicales, pero en voz baja. Hasta ahí, aquello era todavía un pleito parlamentario; la fuerza capaz de desempantanarlo no se hallaba en el palacio de Versalles, donde sesionaba la asamblea. El pueblo de París, que se había ilusionado demasiado con esa asamblea esperando de ella medidas contra la crisis económica que jamás se tomaron, perdió la paciencia y con el primer pretexto se sublevó. La palabra que en Versalles a nadie se le ocurrió pronunciar, ni siquiera en voz baja, muy pronto sonaría en todo París: Revolución.

Los acontecimientos franceses de 1789 se produjeron en un contexto mundial marcado por las revoluciones, inglesa de 1640-60 e independentista norteamericana de 1776. Las ideas democrático-republicanas de un John Jocke o las contenidas en la declaración de derechos del pueblo de Virginia, surgidas del Tercer Estado, ejercieron una fuerte influencia entre los futuros dirigentes revolucionarios. Sin embargo, tocaría a la Revolución Francesa, superando igualmente la herencia de aquéllas, operar el giro histórico hacia una nueva era, que hasta hace poco se llamaba modernidad. La explicación debe buscarse abajo, no arriba.

Alexis de Tocqueville se preguntó: "Por qué unos principios análogos y unas teorías políticas parecidas llevaron a los Estados Unidos sólo a un cambio de gobierno y a la Francia a una subversión total de la sociedad." Esto nos remite a cierta especificidad francesa, que encaminó a la revolución por rumbos inéditos.

A los cambios fundamentales que se produjeron principalmente en Francia, Inglaterra y los Estados Unidos entre los siglos XVII y XVIII, se les ha clasificado genéricamente como revoluciones burguesas, siendo considerada hasta hoy como el modelo clásico la francesa, que fue la más completa de todas. Se trata sin embargo, de una apreciación sumamente academicista que si en términos generales de esquema es aceptable, concretamente resulta falsa: La Revolución Francesa no es el modelo clásico de la revoluciones burguesas; sino por el contrario, una notable excepción entre todas ellas.

Lo que la distingue, individualizándola de manera inconfundible, no es su ideario en sí mismo, sino la fuerza de multitudes en que éste logra encarnar, y el radical contenido social con que se le asimila. El peso descomunal alcanzado por las masas populares incidió decisivamente, como en ningún otro lugar, en el curso de la revolución. Esto plantea una diferencia de cantidad y calidad con respecto a Inglaterra y los Estados Unidos.

En la Revolución Inglesa, los problemas de reforma social ocuparon un lugar marginal, o sencillamente se les ignoró. Los independientes de Cromwell o los puritanos, jamás se cuestionaron seriamente el grave proceso de pauperización campesina iniciado el siglo xvi, por el despojo a manos de los lores, cercando campos para el ganado lanar. Desde ese tiempo y hasta la época victoriana, en una larga tradición compartida hasta por el socialismo fabiano, la mitigación de la pobreza se concibió como un mero asunto de caridad pública. Los levellery (igualitarios) y los digger (excavadores) ala plebeya radical de la revolución que realmente intentaron solucionar el problema social- fueron fácilmente derrotados sin que jamás lograran, ni lejanamente, una influencia comparable a la de sus similares franceses, los enragés (rabiosos).

En los Estados Unidos nadie se agitó por problemas de este carácter. Los padres fundadores de la nueva nación consideraron la esclavitud, por ejemplo, como algo normal dcrivado de leyes divinas. Se actuaba sobre valores entendidos: la sociedad debía seguir siendo tal y como era. La independencia se hizo para afianzarla, no para cambiarla.

Para el desarrollo histórico de Occidente, la revolución francesa representó un giro tan decisivo, como en su momento lo fue el fenómeno renacentista. Al conciliar los valores morales del cristianismo con las concepciones de la vida profesadas por la antigüedad pagana grecolatina, el renacimiento concibió una nueva relación del hombre con el pensamiento, la vida cotidiana y el mundo, de influencia tal, que habría de definir el ideal de la civilización occidental.

En el orden de la política, ocurrió algo similar con la revolución francesa: Estableció una nueva concepción del ciudadano y el estado - que también significa una nueva relación entre ambos - porque se pensó en términos de universalidad -la revolución formuló los derechos universales del hombre; no los del hombre francés y a diferencia de Inglaterra y los Estados Unidos, no les buscó fuente de legitimación en la Biblia, sino en los derechos intemporales de la naturaleza y la razón", inspiradores de la democracia ateniense y la República romana. Francia pasó a convertirse así, en el modelo burgués de estado y política occidentales.

Sin embargo, tras estos giros históricos e ideas que los encauzaron, latía la vida real, alejada de esquemas mecanicistas y llena de paradojas. Maquiavelo fue un producto tan renacentista como Tomás Moro; El Principe y Utopía, expresan dos ideales de estado y sociedad, completamente opuestos, pero pensados por la misma cultura.

Del mismo modo, la revolución de 1789 se perfiló tanto en el modelo de un estado representativo centralizado, como en la idea de democracia federativa practicada desde abajo, excluyentes entre sí.

Libertad, igualdad y fraternidad eran, en el lenguaje político de la época, las tres diosas que guiaban al pueblo; pero ese pueblo no las entendía de la misma manera que los caudillos de la Gironda y el partido jacobino. La monarquía se derrumbó definitivamente bajo el golpe de la insurrección popular de agosto de 1792; sólo hasta entonces se habló de República. Pero en tanto Robespierre se la representaba como un conjunto de instituciones sometidas a una rigurosa centralización culminación en tal sentido de la obra política absolutista iniciada por Luis XVI - los descamisados de los arrabales parisinos la concebían como una especie de instancia superior de coordinación federada, expresión de las asambleas seccionales, sociedades patrióticas y comités revolucionarios donde todo se decidía mediante la participación y el voto directos. En primerísimo lugar el nombramiento o destitución de representantes - llamados voceros según la voluntad de las mayorías.

Esta gente no negaba la necesidad de un poder organizado; lo que a sus ojos carecía de legitimidad, era la existencia de instancias de mediación entre ese poder y los organismos populares que constituían el nervio vital de la revolución. Esta actitud tenía su fuente en la firme convicción de que todo el poder emana del pueblo. La diferencia está en que los descamisados creían absolutamente en ella y obraban en consecuencia, dando lugar a un proceso de autoorganización social, principio que realmente guiaba toda su acción.

De esta concepción plebeya sobre la democracia derivó algo aún más importante: para los jacobinos y girondinos la igualdad que había emergido victoriosa de las ruinas de la monarquía era la igualdad civil; para los deseamisados que percibieron lúcidamente la caída del antiguo régimen como obra suya, el fin de la monarquía significó algo más que un gran cambio político, creyendo llegada la hora de instituir la igualdad de fortunas.

En el fondo, la historia de la Revolución Francesa, hasta su muerte, es la historia de la disputa entre dos concepciones sobre los fines y las tareas de la revolución.

Hace exactamente dos siglos la diosa igualdad descendió sobre Francia y posó su pie en París. Durante un breve período la fórmula del poder emanado del pueblo se tornó en realidad. A la fracción jacobina, elevada a hombros de la insurrección popular, jamás se le escaparon los hilos del poder; sin embargo, la presión de las multitudes populares la llevaron mucho más allá de donde habría querido llegar, esto es, hasta la ejecución de medidas políticas y sociales que contradecían su propio programa, enajenándole el respaldo de la burguesía.

Las masas plebeyas se acercaron al cielo, pero cayeron víctimas de sus propias contradicciones y de un equívoco en el tiempo; quisieron fundar una República llamada Utopía.

Así, hace 200 años, los dirigentes oficiales de la revolución francesa, de Lafayette a Robespierre, crearon un gran mito: ya no habría clases sociales, sólo ciudadanos. Llamar a las cosas por su nombre es diferenciar, y toda la batalla ideológica de aquéllos estuvo encaminada a evitar que se asumiera la existencia de ciudadanos de primera y segunda; unos elegibles y otros no; unos que se enriquecían con la especulación y otros que permanecían por horas ante las puertas de las panaderías. En esas circunstancias, el lenguaje político estaba hecho de abstracciones puras, y "dernocracia" era una más.

Sin embargo, para la plebe revolucionaria la democracia tenía nombre y padres reconocidos. Entendió por propia experiencia que aquélla, para ser real y efectiva, requería de cosas muy concretas, y la primera era el derecho a vivir con dignidad, para lo cual era necesario hablar de pan, salario y trabajo. Éstos eran terrenos donde el ciudadano abandonaba el reino de la abstracción, para ser ubicado según los rangos de la fortuna.

El rey ha muerto, muera el rey
Libertad ¿Igualdad?

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