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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1994

El rey ha muerto, muera el rey


En el París prerrevolucionario del siglo XVIII, la indumentaria era lo que expresaba del modo más inmediato las abismales diferencias de nacimiento que dividían a la sociedad del antiguo régimen. Al habitante de los arrabales que llevaba pantalón corriente, se le llamaba sans culott, por oposición al noble que usaba pantaloncillo estrecho de seda, o culott dorée.

Como tantas veces ha acontecido en la historia, un epíteto denigrante puede perder su acento despectivo, para transformarse en un signo de identidad que se lleva con orgullo, y eso sucedió al estallar la revolución. Con el término sans culott se conoció al revolucionario, enemigo de la nobleza - suma de virtudes republicanas más tarde - que hasta ciertos dirigentes e intelectuales del Tercer Estado gustaban de aplicarse. Los originales destinatarios de ese nombre, los plebeyos que vivían de su trabajo personal o sus pequeños negocios, odiaban profundamente a la nobleza, pero adoraban sinceramente al rey. Una larguísima tradición -verdadero mito popular - les hacía ver al rey corno un padre bondadoso, pero rodeado de una turba de nobles y clérigos egoístas, enemigos del pueblo, quienes le ocultaban el sufrimiento de los pobres, a los que amaba y prefería. En este arraigadísimo mito de cuño medieval, está la explicación parcial de las inmensas ilusiones que se apoderaron de los sans culott, al conocerse la convocatoria a la reunión de estados generales. El hambre y la carestía apretaron, y los sans culott creyeron que el buen rey y los diputados burgueses que los representaban (sólo los propietarios con cierta renta podían ser electos), les darían soluciones efectivas.

No se piense, sin embargo, que esa imagen del rey justiciero que prefería al pueblo sobre la nobleza era cosa únicamente de ingenuos analfabetas. En vísperas de la inauguración de la asamblea de estados generales, circuló en París un volante anónimo concebido por mentes ilustradas y dirigido a un público esencialmente burgués:

"¡Frívolos parisienses! vais al teatro, a los cafés, a los juegos, mientras la monarquía se encuentra en peligro, mientras vuestros enemigos se empeñan en hacer más pesadas vuestras cadenas y en reduciros a la esclavitud. Cobardes, venced vuestra vil apatía que se vuelve criminal. Levantaos contra el clero, la nobleza y los jueces que se han confabulado en contra de vosotros, no toleréis que 600.000 personas impongan la ley a 24 míllones.... ¡Agrupaos en torno al rey!, ¡formad un muro en torno a él!, ¡sustentad su autoridad y la independencia de su corona! ¡Franceses, no os dejéis engañar por las resoluciones del parlamento!"

En Versalles la causa que los sans culotts juzgaban suya se encontraba entrampada: los diputados del Tercer Estado pidieron que se votara por cabeza y no por corporación, pero el rey se negó. Se reunieron entonces separadamente y se proclamaron asamblea nacional, jurando no disolverse hasta lograr una constitución. Semejante insolencia no merecía más que un golpe de estado, y el rey se decidió a organizarlo.

El 14 de julio, el pueblo se adelantó asestando su propio golpe. El asalto a la Bastilla fue casi un acto simbólico, dirigido contra la más evidente y odiada expresión del antiguo régimen: la nobleza, pero no contra el rey. Saint Just, testigo de esa jornada, narró en cierto discurso, cómo la multitud descuartizaba los cuerpos de los defensores de la Bastilla gritando: ¡Viva la libertad!, ¡Viva el rey y el Señor de Orleans! (también de linaje real). En el imaginario popular la figura real aparecía intemporal, situada por encima de toda la sociedad y amiga del pueblo, en contraposición de la nobleza, ¡legítima y usurpadora de los derechos del rey. Para las masas asaltantes de aquella fortaleza, este acto significó algo así como un deber de fidelidad hacia su monarca, para librarlo de la conspiración nobiliaria, de modo que pudiera ejercer justicia hacia las víctimas del hambre.

Esta mentalidad - que hoy parecería contradictoria- es típica de las sociedades que algunos historiadores llaman preindustriales, y no fue un caso exclusivamente francés.

En 1793, cuando el pueblo vienés se enteró de la ejecución de Luis xvi, se amotinó, pero dirigió su furia contra los nobles franceses emigrados. El lumpenproletariado de Nápoles, los lazzaroní -Ia muchedumbre del rey y la iglesia" - rieles borbonistas y fanáticos antijacobinos, pensaban todavía en 1799, que los nobles habían traicionado al rey, por eso saqueaban sus mansiones y la emprendían a pedradas contra los carruajes lujosos.

El lapso que corre entre la toma de la Bastilla y la jornada insurreccional de agosto del 92, que derrumba a la monarquía, es un interregno colmado de indefiniciones. Se proclaman aboliciones - como la de los privilegios feudales pero no se cumplen. La nobleza y la mayoría popular encabezada por la burguesía miden fuerzas; sin embargo, la balanza no se inclina hacía ninguno de los bandos. Francia entera gravita en el vacío, entre dos poderes efectivos que se anulan entre sí. Uno que todavía no muere y otro que no acaba de nacer.

Luis XVI es aún el rey de los franceses y por lo tanto, el rey de los sans culott. Ahora que bajo las proclamas y los discursos políticos comienza a asomar la contienda social, éstos lo querrán de su lado.

En el principio fueron las mujeres. En octubre del 89, irritadas por el hambre y la carestía, acuerdan trasladarse en masa de París a Versalles para quejarse ante el rey. Desplegando una actitud más resuelta que la de los hombres, fuerzan su entrada al palacio; ni la guardia real logra detenerlas. Allí deciden que lo mejor es llevarse al rey a París, cerca del pueblo y lejos de los nobles. Al constatar la firme determinación de esas bravas mujeres, Luis comprende que su invitación no puede despreciarse. El símbolo de Francia y su pueblo, es virtualmente secuestrado al grito de ¡Viva el rey!

En 1792, los sans culott pondrán a prueba por última ocasión sus mitos y sus ilusiones en el rey, poniendo a prueba al propio rey. El 10 de junio invaden el palacio de las Tullerías para pedirle que no ejerza su derecho de veto que la asamblea nacional no fue capaz de quitarle - contra las iniciativas de los diputados populares. Como si aún quisieran convencerse de que Luis es el rey del pueblo francés, lo invisten con los símbolos de la revolución: le coronan su real cabeza con el gorro frigio de la libertad y la escarapela tricolor y beben un vaso de vino con él. El buen Luis departe alegremente con la plebe; si bien no contesta nada en concreto a sus peticiones.

Pero existe ya un cambio fundamental: el gran temor se extiende. Los sans culott saben que se trama un golpe contrarrevolucionario y los nobles gestionan la intervención extranjera, por eso irrumpen en las Tullerías armados y de manera violenta. Seguramente en esos momentos aún no son conscientes de que con su acción no tan espontánea como se piensa - han comenzado a romper aquel frágil equilibrio entre los dos poderes que ya mencionamos.

El punto de ruptura irreversible se produce con la huida de Luis XVI de París y su inmediata captura en Varennes. El ciclo se completa; el mito se derrumba para siempre; Luis aparece ante las masas como la cabeza de la conspiración contrarrevolucionaria.

Para aquilatar de manera exacta la extraordinaria dimensión de este giro, hay que comparar el texto de aquel volante anónimo que citábamos, con un cartel, también anónimo, pero de indudable mano popular, que Desmoulins relató haber visto fijado en el palacio de las Tullerías

"Se da aviso a los ciudadanos que un cerdo gordo se escapó de las Tullerías; se ruega a quienes lo encuentren, devolverlo a su madriguera; obtendrán una módica recompensa."

El rumbo radical tomado por la revolución tras la fuga del rey y su posterior ejecución, fue la expresión inmediata de un violento cambio que se operó en las ideas de esos miles de hombres y mujeres del pueblo, que en apenas unos cuantos meses, se deshicieron de viejas concepciones sobre la legitimidad, la justicia, el estado, el poder, y aún la nación en cierta forma, arraigadas por una tradición de siglos. ¿Quien representaría ahora al pueblo francés y su voluntad?

Luis XIV, el rey sol, había dicho: El estado soy yo. Ahora, con la misma naturalidad, el Tercer Estado podía decir: La nación soy yo.

La idea no era nueva, el término nación había aparecido ya desde el siglo de Luis XVI El absolutismo lo adoptó infundiéndole, en razón de su propia naturaleza, un contenido burocrático de centralización político-administrativa. El pensamiento de las luces le heredó a la burguesía otra idea de nación que, sin embargo, en la práctica de una interpretación puramente legal y estatal, no se apartaba sustancialmente de la forma que le dio el absolutismo. "La nación, la ley, el rey" fue la divisa de la asamblea constituyente, sucesora de la asamblea nacional.

Pese a todo, la burguesía introdujo un elemento nuevo en la definición nacional, que para la monarquía resultó completamente ajeno y, además, antagónico: la mayoría.

Los números no mienten, por eso legitiman al que sabe usarlos. Emanuel Sieyes le dio a la burguesía un verdadero programa a través de su famoso folleto "¿Qué es el Tercer Estado, escrito para fijar una posición de clase en la asamblea de los estados generales. Ahí, el abate afirma lo siguiente:

"Yo pido que se preste atención a la diferencia enorme que existe entre la asamblea M Tercer Estado y la de las otras dos clases (nobleza y clero), la primera representa veinticinco millones de hombres y delibera sobre los intereses de la nación. Las otras no reciben poderes más que de unos 200.000 individuos, y no tienen más preocupación que sus privilegios. El Tercer Estado - se nos dirá - no puede por sí solo formar los estados generales. ¡Tanto mejor! responderemos; así se compondrá una asamblea nacional."

Al transformar la cantidad en calidad, Sieyes define a la nación y, al mismo tiempo, su expresión estatal, porque representa a una clase de hombres que piensan todo - reformas y revoluciones en términos de estado y leyes. Esto no es fortuito. La mayoría de los diputados del Tercer Estado se habían formado en la misma escuela: eran gente que trabajaba o había pasado por la burocracia administrativa del aparato absolutista. "Es preciso entender por Tercer Estado - remacha Sieyes - el conjunto de ciudadanos que pertenecen a la clase común. Todo lo que es privilegiado por ley, de cualquier manera que sea, sale de la clase común, hace excepción a la ley común, y por consecuencia, no pertenece al Tercer Estado. Ya lo hemos dicho: una ley común y una representación; he aquí lo que forma una nación."

Si las mayorías -la clase común no privilegiada- son la nación, esto debía derivar - técnicamente - en un estado nacional administrado y dirigido por esas mayorías; eso que llamamos democracia. En realidad no era así. La burguesía, contradiciendo con actos sus enunciados de fe popular, soltaba palabras gloriosas, pero flotando en la abstracción y plagadas de ambigüedades. Los diputados nacionales, como se les llamaba, sólo eran elegibles entre los que tenían una renta; sólo éstos podían formar la guardia nacional. Los africanos de las colonias antillanas, esclavos o libertos, ni siquiera fueron reconocidos como ciudadanos. En la realidad, las cosas funcionaban exactamente a la inversa de como las formuló Sieyes: el privilegio de tener renta y propiedades, no el de pertenecer a la mayoría, era lo único que permitía ser representante de la nación y entrar a las filas de sus defensores. La nación francesa anterior a la proclamación de la república, no fue más que una nación consensual de minorías burguesas.

Las cabezas pensantes M Tercer Estado estaban peleadas con el espíritu corporativo medieval del absolutismo, no contra su doctrina estatal centralizadora. De ahí que, en lo sucesivo, todo lo que tendiera a desentonar con el unitarismo estatal de la nación según la concepción burguesa, debería ser colocado bajo sospecha.

La Francia de aquella época era un agregado de regiones dispares que poseía mucho menos unidad lingüística que, digamos, el virreinato español de la Nueva Granada en América. Sin embargo, cultura y nación fueron en Francia, desde tiempos tempranos, términos relativamente coincidentes. La diversidad, en todo caso, jamás originó verdaderos enfrentamientos étnicos, como en otras partes de Europa, pero esto no significa que el trato hacia lo diferente fuese tolerante.

La lengua francesa se volvió símbolo patriótico nacional, sencillamente porque sirvió de vehículo a una revolución que la burguesía pugnaba por centralizar en sus manos, alejándola del federalismo. Se ha hecho célebre aquella proclama de los años de guerra que afirma: "El federalismo y la superstición hablan bajo bretón; la emigración y el odio a la república, hablan alemán; la contrarrevolución habla italiano y el fanatismo habla vasco. Destruyamos estos instrumentos de fanatismo y error. Es mejor instruir que hacer traducir.... Debemos a los ciudadanos el instrumento del pensamiento público, el agente más seguro de la revolución, el mismo lenguaje."

Si bien es cierto que la reacción contrarrevolucionaria asumió un definido tinte regionalista con las sublevaciones de Bretaña y la de Vendee, en realidad, la burguesía introdujo una carga de violencia e intolerancia contra todo lo que percibió como diferente a sus voluntades por someter a la revolución a una unidad burocrática, proclamada desde arriba. Fue entonces natural que esas ideas de homogeneidad centralista se trasladaran al terreno de lo social. El espíritu corporativo, que dividía a los hombres de manera artificial, era el del antiguo régimen; con su caída acabaron el fanatismo y el error, siendo sustituidas por el culto a la razón divinizada.

La igualdad civil parió al ciudadano, ente abstracto al que las leyes de la naturaleza - por fuera del texto legal otorgaron un nuevo derecho ala desigualdad de acuerdo al frío cálculo de fortunas. La burguesía encontró que estas diferencias estaban en el orden natural, y las asumió explícitamente. Pero jamás aceptaría que esas diferencias fuesen reivindicadas en términos sociales para agruparse en defensa de intereses legítimos, como asalariados o pequeños productores. El Tercer Estado, por su formación ideológica, tenía que ver en ello un intento por reafirmar el abolido mundo de las corporaciones. La doctrina liberal, ferozmente individualista, sólo reconoce al ciudadano abstracto, no a sus expresiones sociales, étnicas o culturales.

Nada resume mejor estas concepciones totalitarias de la burguesía, que unos párrafos de la ley Le Chapelier, la primera ley antisindical francesa votada por la asamblea nacional enjunio del 91.

"Muchas personas han buscado crear de nuevo las corporaciones exterminadas, formando asambleas de artes, oficios en los que se nombraron presidentes, secretarios, síndicos y otros cargos... Sin duda debe permitirse a todos los ciudadanos reunirse; pero no debe permitirse a los ciudadanos de ciertas profesiones reunirse por sus pretendidos intereses comunes. No hay más corporaciones en el estado; no hay más que el interés particular de cada individuo y el interés general."

En adelante, reivindicar intereses comunes, sería como hablar vasco o bretón: error y fanatismo, enemigos de la sagrada unidad de la nación y los ciudadanos.

Se precisó de un acontecimiento clave como la fuga del rey - que concretó el miedo a la conspiración de los emigrados - para que la nación, abandonando la esfera de las disquisiciones legaloides, se hiciera carne y sangre en las mayorías plebeyas.

A fines de 1791, Luis xvi escribe en una carta confidencial que "en lugar de una guerra civil, ésta será una guerra exterior". Luis sabe de qué habla. Poco tiempo después, las tropas prusianas aparecen en la frontera del Rhin con las bayonetas listas para restaurar al rey en su trono. Por toda Francia corre la alarma y se escucha una sola voz: ¡La patria está en peligro! En las provincias y en las secciones parisinas, la iniciativa popular, desbordando -que no desconociendo aún- a los poderes legales, organiza y arma voluntarios para la defensa nacional.

Los recuerdos amargos encienden el patriotismo plebeyo, dándole un contenido de conflicto de clase: si la reacción doméstica y la agresión extranjera lograsen la victoria, el retorno del antiguo régimen, con toda su cauda de abusos y derechos feudales, sería inevitable. Nadie lo inventa, es la misma realidad la que hace identificables nación y revolución con las conquistas sociales -pocas por cierto logradas desde la toma de la Bastilla. H. Taine que no es sospechoso de simpatías plebeyas - resume puntualmente ese sentimiento que se apodera del pueblo francés. "Por propia experiencia saben la diferencia entre su condición reciente y su condición actual. Sólo tienen que recordarlo para volver a tener en la imaginación la enormidad de los impuestos reales, eclesiásticos y señoriales." La mayoría teórica se tornó real como multitud en armas; es ella la que finalmente nacionalizó a la nación.

La revolución posee una extraña cualidad que las cabezas del Tercer Estado han podido constatar: las ideas que brotan del discurso de sus ideólogos y tribunos, después de atravesar la marca revolucionaria, ya no parecen las mismas; como si tomaran significados distintos a su sentido original. Estos conceptos de nación y ciudadano, son donde la burguesía ha condensado esa vocación por el dominio absoluto de una minoría que quiere una revolución sin disidencias sociales y de límites, que corresponden exactamente con la garantía de sus intereses de clase.

Curiosa paradoja: será precisamente el tributo que la nación amenazada exige de todo ciudadano, donde habrán de expresarse de manera más abierta, los fuertes antagonismos que separan a los sans culott de los nuevos ricos de la revolución.

La burguesía se inquieta seriamente al advertir en el patriotismo radical de aquella plebe una posición muy similar a la adoptada por la diputación del Tercer Estado durante la asamblea de estados generales de 1789. Si aquélla exigía igualdad fiscal con los otros dos estados para salvar de la bancarrota a la monarquía, ahora los sans culott exigen a los propietarios igualdad de sacrificios para salvar a la nación revolucionaria. Esta actitud se apoya en la aguda conciencia de las multitudes de ser ellas las que constituyen el soporte fundamental de la revolución, y a quienes la burguesía debe los jugosos beneficios cosechados con la nacionalización de los bienes incautados a la nobleza emigrada. Lo mejor es oír esto de viva voz de sus protagonistas. En el número del 8 de junio de 1791 del Ami de peuple, el periódico de Marat, aparece una conmovedora carta firmada por los albañiles que construyen la iglesia de Santa Genoveva.

"Al amigo del pueblo:

Querido profeta, verdadero defensor de la clase de los indigentes, permitid que unos obreros os descubran las malversaciones y las torpezas que nuestros maestros albañiles (los que hoy llamaríamos contratistas) traman para sublevarnos y nos empujan a la desesperación.... Esos hombres viles que devoran en la ociosidad el fruto del sudor de los peones y que jamás han rendido servicio alguno a la nación, se habían ocultado en los subterráneos el 12, 13 y 14 de julio. Cuando vieron que la clase de los infortunados había hecho sola la revolución, salieron de sus madrigueras para tratarnos de bandidos,_ mientras nuestros vampiros viven en palacios, beben los más delicados vinos, duermen sobre plumón, se desplazan en carrozas doradas y olvidan nuestras desgracias en la abundancia y los placeres, negando a menudo a la familia de un obrero muerto a medio día el salario de la jornada.

Acoged nuestras quejas querido amigo del pueblo y haced valer nuestras justas reclamaciones en estos momentos de desesperación en que vemos desmentidas nuestras esperanzas, pues nos habíamos embelesado con la seguridad de participar en las ventajas M nuevo orden de cosas y ver suavizada nuestra suerte."

A diferencia de lo que ocurrirá en el despertar nacional de otros pueblos europeos como el alemán o el polaco, el nacionalismo francés de la revolución, lejos de relegar a último término las diferencias sociales, las hace destacar en primer plano. Si la fidelidad a la patria se mide por la entrega y el sacrificio de los intereses particulares a favor de su causa, los hombres de fortuna beneficiados con la revolución no serán exactamente el modelo de desprendimiento generoso, sino los "ricos egoístas", cuya lealtad será más que dudosa a los ojos de los satis culott, a quienes finalmente no les faltará razón.

Pero volvamos a la fecha crucial de junio de 1791. A tres años de la revolución, la burguesía, fundamentalmente su ala más moderada, aún se afana en encontrar una fórmula de compromiso que permita instalar una monarquía liberal constitucional. En sus planes no figura un rompimiento con aquélla, y menos aún su destrucción. Sin embargo, la conspiración de la facción intransigente de la nobleza, hostil a la contemporización, así como la fuga del rey y la extraordinaria agitación popular desencadenada, tornarán imposible cualquier acuerdo entre la revolución y el antiguo régimen.

Llevada por las circunstancias hacia un frente común con las masas radicalizadas, la burguesía abriga serios temores -perfectamente justificados - de que la marea popular pueda arrastrarla demasiado lejos. Su relación con el movimiento popular estará signado siempre por una contradicción insalvable, que sólo liquidará con el golpe reaccionario del Thermidor: necesita inevitablemente de las masas plebeyas para doblegar la resistencia de la nobleza e imponer su dominio en nombre de toda la sociedad. Pero en tanto, la clase propietaria, que ve abiertas las oportunidades de ascenso y enriquecimiento, teme la acción de sus aliados sans culott, demasiado inclínados a atentar contra el sagrado dogma liberal de la propiedad ¡limitada e inviolable, lo que los transforma en enemigos más irreconciliables de la misma nobleza. Son, como los definió Mirabeau en un arranque de sinceridad, "auxiliares comprometedores".

Se necesitaba la pluma de Barnave para expresar en toda su desnudez esa tensión que tiene tomadas por el cuello a las cumbres dirigentes, espantadas por la reacción popular que ocasiona la fuga del rey: "¿Terminaremos la revolución? ¿la volveremos a comenzar?... un paso más sería un acto funesto y culpable, un paso más en la línea de la libertad sería la destrucción de la monarquía, y en la línea de la igualdad, la destrucción de la propiedad." Sociólogo de agudo instinto político, Barnave ve más allá del momento, sabe hacia dónde apuntan las tendencias radicales de esa multitud que trae de regreso a París a Luis XVI en calidad de prisionero.

Todo lo que a partir del asalto a la Bastilla fueron aproximaciones de ideas en torno al rumbo y los límites de la revolución, la jornada insurreccional del 10 de agosto de 1792 -y sus consecuencias acorto plazo - será precisado y sometido al ensayo práctico.

La sublevación popular de agosto fue producto de una nueva conciencia de la multitud sobre sí misma y su misión revolucionaria, que partiendo de un patriotismo militante atizado por la exasperación del hambre, derivará hacia otras ideas sobre la democracia y el poder, totalmente extrañas a las concepciones de la Gironda y el Partido jacobino.

Entre la noche del 9 de agosto y la madrugada del 10, los pobres de París derrumbaron para siempre una obra de siglos: el estado monárquico absolutista. Otra época histórica se abre a partir de una ruptura tan profunda como nadie la previó. Los sueños más atrevidos parecen a punto de tomar el poder.


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