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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1994

Libertad ¿Igualdad?


Un detalle verdaderamente sutil descubre cómo, a raíz del levantamiento de agosto, se precisaron dos interpretaciones divergentes que van al fondo de la disputa acerca de las posibilidades de la revolución:

El gobierno republicano que toma el poder, la convención, fecha sus actas de este modo: "Año IV de la libertad, I de la República." Paralelamente, el gobierno municipal de París, fuertemente influido por el movimiento popular, fecha las suyas de esta otra forma: "Año IV de la libertad, y de la igualdad."

El cenit de la revolución estará cruzado por esta diferencia que marca programa y caminos opuestos. Las ideas de los protagonistas que llevaran la revolución a su punto más alto, se anuncian sin ambigüedades desde el momento de la insurrección.

La noche del 9 de agosto una comisión electa por las secciones parisinas se presenta ante el gobierno municipal, la comuna, a informarle que el pueblo ha decidido sublevarse y necesita organizar una dirección. Acto seguido se declara comuna insurreccional, desplazando a la comuna legal y asumiendo los poderes de ésta. No es dificil adivinar en esta acción la influencia de los agitadores enragés, que se mueven como peces en el agua.

Este levantamiento se organizó y ejecutó desde abajo, a niveles donde ni los más prestigiados caudillos jacobinos tuvieron algo que hacer. No existe ningún testimonio de que alguien haya visto a Marat o Robespierre en esa noche histórica. ¿Qué principios enarbolaba y en dónde se apoyaba ese gran ascenso popular que en el año II querrá implantar la República de la igualdad?

Con el exclusivo fin de elegir representantes a la asamblea de estados generales, cuya apertura debía tener lugar el primero de mayo de 1789, París fue dividido en 60 distritos electorales (los "pasivos", esto es, los no propietarios, sólo podían nombrar electores; éstos eran los "activos", gente que tenía rentas, de entre quienes se elegían, y sólo entre iguales, los diputados del Tercer Estado), que debían disolverse una vez terminada la elección. Sin embargo, las asambleas continuaron reuniéndose, y al calor de la agitación, de forma por demás audaz, comenzaron a atribuirse funciones que legalmente correspondían a las instancias del aparato administrativo gubernamental. A la organización de los distritos se debió el armamento y la ejecución del asalto a la Bastilla.

Hacia mediados de 1790 la fuerza del Tercer Estado era ya una realidad incuestionable. La asamblea nacional configura un auténtico poder paralelo. Consciente de que ha iniciado una carrera ascendente, la burguesía quiere manos libres; su vocación de poder no es compatible con esa iniciativa popular de autoorganización que, después de todo, se desarrolla al margen de su voluntad de control. Con el fin de neutralizarla, la asamblea nacional entre mayo y junio de 1790 vota una ley municipal que, disolviendo los distritos, crea una nueva subdivisión de París en 48 secciones. La creatividad popular, acrecentada con la carga de la experiencia, acepta el decreto, pero traslada a las secciones las funciones que antes ejercían los desaparecidos distritos, y en adelante actuarán como organismos del gobierno municipal, coordinadas en la comuna mediante una especie de centro de correspondencia.

A partir de ahí se habrá de entablar una batalla permanente entre el poder estatal y las secciones; aquél empeñado en controlar y someter, y éstas en actuar como organismos autónomos, donde los sans culott discuten y votan sin intermediaciones. Como lo señalamos, serían las secciones las únicas protagonistas del levantamiento de agosto.

Si después de junio de 1789 se creó una dualidad de poderes entre la monarquía y la asamblea nacional, luego de agosto del 92 esa misma dualidad se instalará entre el gobierno de la convención y las secciones agrupadas en comuna. Una experiencia inédita de autogobierno, fundado en la democracia directa y el control riguroso de los dirigentes seccionales, se confrontará con un proyecto estatal centralizado. Tras estas diferencias se mueven fuerzas sociales muy concretas.

Las jornadas del año IV echaron por tierra todas las barreras legales con que el antiguo régimen mantuvo a las masas populares al margen de toda actividad política, y que la burguesía conservó de buen grado para hacer las cosas a su manera, sin la participación de sus auxiliares comprometedores.

Se anuló la distinción entre ciudadanos pasivos y activos. La guardia nacional se abrió al ingreso de los plebeyos, y aun cuando el gobierno convencionista fue todavía electo a dos niveles, se aceptó como principio el sufragio universal.

Por derecho y méritos propios, ganados en el campo de batalla, los sans culott ingresan masivamente a la política con una visión que concibe a ésta no como una colección de ideas abstractas, sino como un medio práctico para realizar los más altos fines de la revolución que, en su idea, son eminentemente sociales. Querrán pues, que la democracia sea realmente igualdad.

Y es que cuando las multitudes deciden tornar por propia cuenta la solución de sus problemas, al formular las aspiraciones de lo que deben cambiar, tienden siempre a una interpretación literal. Para la masa, a diferencia de las reglas de la política como profesión o negocio, no existe contradicción entre las palabras y los actos.

En la cúspide del poder los dirigentes de la convención hablan a nombre del pueblo y juran que la voluntad de éste ha encarnado en el flamante estado republicano. La democracia sólo les es imaginable literalmente también - a través del estado y el centralismo; sólo en ese marco se les revela como una realidad aceptable.

Robespierre y el Partido jacobino, lo mismo que la Gironda, asomados a un momento de relativo desconcierto, admiten estar ante una experiencia inédita, para la cual no ofrecen respuesta los ejemplos de la República Romana o de las revoluciones inglesa y norteamericana. Pero sí tienen muy claro lo que la democracia no debe ser y los límites que no debe traspasar en un proyecto de poder que, para existir como reafidad estable, necesita someter al orden la actividad de las secciones.

Dice Robespierre en un discurso de febrero del 94, "la democracia no es un estado en que el pueblo - constantemente reunido regula por sí mismo los asuntos públicos y todavía menos es un estado en el que cien mil fracciones del pueblo, con medidas aisladas, precipitadas y contradictorias, deciden la suerte de la sociedad entera.... La democracia es un estado en que el pueblo soberano, guiado por leyes que son el fruto de su obra, lleva a cabo por sí mismo todo lo que está en sus manos hacer y por medio de sus delegados todo aquello que no puede hacer por sí mismo" (subrayados nuestros).

La idea de los sans culott es completamente distinta. En noviembre del 92 la Sección de la Cité, emite una proclama en la cual, de pronto, suelta un juicio sin concesiones: "La soberanía popular es imprescriptible, inalienable e indelegable."

Más adelante, en agosto del 93, Leclerc, uno de los más destacados dirigentes enragés, aprovecha la tribuna del Ami de Peuple para precisar - parafraseando a Rousseau- cómo se entiende la democracia en las secciones y cómo la entiende él mismo: "Un pueblo representado no es libre.... no prodigues este epíteto de representantes, .... tus magistrados, cualquiera que sean, no son otra cosa que tus mandatarios."

Seguramente que a los tribunos y funcionarios de la convención no les haría mucha gracia el recibir documentos enviados por los sans culott, donde éstos firmaban al final: "tu igual en derecho".

1793: La revolución ha llegado a su punto más alto. Los plebeyos hablan de una República popular y comienzan a conducirse como si ésta ya fuese una realidad. La convención emite decretos, lanza furibundas condenas a la anarquía y exige disciplina. No tiene los medios para imponerla, pero pretende gobernar como si realmente existiese un estado fuerte.

Tras la caída absolutismo, el calendario de la revolución -otra de sus innovaciones- marca a 1793 como el año II, que unos quieren sea solamente el de la República y otros, el de la Igualdad.

Entre ambas concepciones no cabe más que la confrontación, y ésta se desarrollará como causa y efecto al mismo tiempo de un grave cisma en las filas de la burguesía. Girondinos y jacobinos chocarán a muerte por diferencias en torno al curso que ha tomado la revolución, que no son sino diferencias sobre cómo frenar al desbordado movimiento popular.

El hecho de dirigir el movimiento revolucionario y compartir, en lo general, una misma idea acerca del poder y la revolución, los afirma como élite del liderazgo, pero no los hace idénticos. Lo que verdaderamente los diferencia, es el lugar donde cada uno tiene colocado el bolsillo.

Los girondinos preferentemente representan los intereses de la burguesía manufacturera y comerciante de los puertos, donde también se alinean los grandes plantadores esclavistas de las colonias americanas. En conjunto integran una corriente que busca transformarse en una gran potencia del mercado mundial, para lo cual les es imprescindible liquidar un añejo conflicto marítimo comercial con Inglaterra. Por eso los girondinos son entusiastas partidarios de la guerra, y a veces hacen gala de un nacionalismo exaltado.

Por otra parte, los jacobinos son más bien expresión de los nuevos ricos que han amasado respetables fortunas comprando bienes nacionalizados que fueron de la nobleza emigrada, pagándolos con asignados, papel moneda en veloz depreciación. Además, son éstos quienes por encima de los acaudalados girondinos, obtienen los más importantes contratos del estado para abastecimiento del equipo militar.

La fortuna le había sonreído a la Gironda. Durante ese período de inestable transición, que va del asalto de la Bastilla hasta las jornadas de agosto, sus exportaciones aumentaron y se benefició con la inflación provocada por la incontrolable emisión de asignados para financiar la guerra y los gastos del aparato estatal. Todo parecía marchar más o menos bien, hasta que la insurrección popular de agosto del 92 coincidió con el agotamiento de la bonanza, tan fugaz como artificial, y las utilidades comenzaron a descender al mismo tiempo que la disciplina y el respeto a las propiedades.

Es demostrable que la guerra, al prolongarse, incidió directamente sobre la revolución, acentuando su radicalismo. Nadie mejor que la Gironda comprendió esta relación. Eso ya no era negocio, y comenzó a clamar en voz alta por el retorno del orden y la disciplina necesarios para la reactivación de sus tasas de ganancia; pero el signo del año 11 era justamente el opuesto. Con ganancias prácticamente en cero, se negaba a que los enormes gastos de una guerra ya no deseada recayeran sobre los poseedores. Alguien debía pagar la cuenta, y quiénes sino los sans culott. Harta de revoluciones, la Gironda se decidió por la línea dura: ninguna concesión a las masas.

La pieza maestra de la política económica de la convención, fue la venta de bienes nacionales. Quienes se beneficiaron con éstos, - en la compra y la especulación no podían considerarlos como presa segura hasta no ganarle la guerra al enemigo exterior, aliado a la nobleza expropiada, y para eso necesitaban a las masas populares de su lado.

Este sector - identificado con el partido jacobino - entendió las concesiones como sacrificios inevitables para garantizar lo medular de sus intereses, amenazados por la reacción. Éste es el fondo real que animaba la sentencia de Saintandre y Lacoste: «Es absolutamente necesario que permitáis vivir al pueblo, si queréis que os ayude a consumar la revolución». En sus "Notas históricas de la convención Baudot es más que explícito: "Solamente las masas podían rechazar las hordas extranjeras. Por consiguiente, había que sublevarlas e interesarlas por el éxito. La burguesía es pacífica por naturaleza y por lo demás, poco numerosa para movimientos de esa envergadura." Luis xvi había sido guillotinado en enero del 93. Este hecho, de incalculables consecuencias por sus implicaciones simbólicas y materiales, marcó el punto de no retorno. Imposible el retroceso, quedaba solamente avanzar. La fracción jacobina lo asumió así y con esa lógica abordó el enfrentamiento con la Gironda. Para deshacerse de ésta, no existía más que un medio: la fuerza plebeya, que sólo resultaría efectiva a través de una alianza donde explícitamente se contemplara dejar vivir al pueblo, como dirían Saintandre y Lacoste.

Se necesitaba tener mucha audacia para ejecutar este golpe. Robespierre y los jacobinos demostraron poseerla, tanto como la firme convicción de que éstas eran medidas excepcionales y no un sistema de hacer política.

Los límites de la audacia jacobina se encontraban en su propio programa: Como revolucionarios fueron capaces de bajarle la cabeza a un rey, pero como propietarios por encima de todo valoraban el orden y la disciplina. No eran ningunos ingenuos quienes sopesaron fríamente los riesgos de hacer intervenir a los sans culott en una disputa entre familias, logrando canalizar y controlar el levantamiento popular del 31 de mayo de 1793, que derribó del poder al partido girondino.

Como en agosto de 1792, las secciones eligieron un comité insurreccional que debía desplazar a la comuna legal y tomar la dirección del levantamiento. Los jacobinos habían aprendido demasiado bien la lección del 92 como para dejarles las manos libres a las secciones influidas por los enragés. Dobsen, un agente de los jacobinos, consiguió hacerse elegir como el décimo miembro del comité insurreccional, y mediante una hábil maniobra logró que este comité, junto con la comuna y los comisarios oficiales de la entidad departamental donde se encuadraba París, formaran un comité central revolucionario con el que la burocracia neutralizó la energía plebeya. Los enragés sufrieron un duro golpe y su estrella comenzó a declinar. Robespierre no olvidaría esta valiosísima experiencia; había encontrado la vía para desmontar otro poder: el de los sans culott.

Los jacobinos emergen de la contienda M 31 de mayo como vencedores, pero no como dominadores absolutos de la escena. Junto a ellos están las masas populares, conscientes de su protagonismo y convencidas de que ha caído el último obstáculo que impedía la proclamación de la república popular, o social, como otros comenzaron a llamarla. Del hambre brotarán ahora sueños y esperanzas.

En uno de sus más famosos discursos pronunciados en 1792, Robespierre había afirmado que el primer derecho al que deben subordinarse los demás, es el de la existencia. En el París M 93 ese derecho tiene un nombre muy concreto: pan.

En el fondo de todas las agitaciones y levantamientos que marcan el curso de la revolución, se encontrará siempre el fantasma del hambre.

Desde antes de la caída de la Gironda, el acaparamiento y la especulación se ejercían prácticamente sin freno. Las harinas no llegaban a París, y cuando entraban eran ocultadas en las bodegas del comercio especulador. El precio del pan se disparaba, y para comprar una pieza racionada y de mala calidad debía permanecerse por horas formando fila. Nada más normal que los sans culott dirigieran su odio contra el comercio de mayoreo - esencialmente el de artículos de subsistencia - que aparecía a sus ojos como el causante del hambre y la miseria.

Estaban en lo cierto, pero sólo en la superficie de las leyes que rigen el mercado libre: Los sans culott no alcanzaban a comprender la naturaleza del fenómeno inflacionario; no encontraban la razón de porqué podían comprar menos cuanto mayor era el número y la denominación de los asignados que percibían por su trabajo. Esto explica la extrema violencia que ejercieron contra los comerciantes y que, en consecuencia, actuaran mucho más como consumidores, exigiendo una ley de tope a los precios, que como asalariados luchando por alzas en los sueldos.

La lucha por la subsistencia no deja lugar a la especulación teórica o la oratoria. En este contexto, las ideas políticas valen y sirven sólo en cuanto encuentran una traducción práctica.

Libertad, Igualdad, Democracia. Todo esto sonaba muy bien, y hasta la turba de especuladores recitaba estas palabras temblando de emoción en las ceremonias cívicas. Pero de pronto en el año II, cuando las masas exasperadas por el hambre y la pasividad de la convención las bajaron a tierra dándoles un rostro preciso, adquirieron un tono muy plebeyo.

Para los sans culott - cuya mayoría era analfabeta - aquellas palabras no eran los lemas que los burócratas estampaban obligadamente en la papelería oficial del estado, sino sencillamente una cuestión de control social sobre la producción y distribución de los bienes de subsistencia. Esta concepción debía entrar en franca pugna con los principios de la economía liberal que inspiraban el programa jacobino.

Es comprensible entonces, que la convención interrumpiera a gritos y silbidos la intervención del enragé Jaques Roux, cuando éste puso el dedo en la llaga: "La libertad no es otra cosa que un fantasma inútil, cuando una clase de hombres puede reducir al hambre impunemente a la otra. La igualdad no es otra cosa que un fantasma inútil, cuando el rico, mediante el monopolio, ejerce el derecho de vida y muerte sobre sus semejantes. La República es un fantasma inútil, cuando la contrarrevolución se asienta día a día en el precio de los productos que las tres cuartas partes de los ciudadanos no pueden conseguir sin derramar lágrimas."

La democracia -agregaríamostambién es un fantasma, una farsa, cuando el representante existe gracias a que el representado sólo puede emplear su esfuerzo y tiempo en procurar la subsistencia.

A otro enragé, el genial Leclerc se le ocurrió pedir a los diputados de la convención levantarse a las tres de la madrugada y formarse ante una panadería, para que experimentasen la dura vida de ese pueblo que decían representar. "Tres horas pasadas a la puerta de una panadería -les dijo formarían más a un legislador que cuatro años de ocupar los bancos de la convención."

En el año II, conseguir el pan se tornó una cuestión de democracia directa.

En las asambleas populares concurridas como nunca - se instituyó el sufragio por aclamación y abierto, es decir, todos los asambleístas tenían que identificarse al momento de ernitir su voto y expresar el sentido de éste. En ocasiones esto se hacía sentándose o poniéndose de pie para aprobar o desaprobar. Los sans culott no gustaban del voto secreto en razón de una sencilla lógica: el revolucionario no debe temer expresar públicamente su opinión, Para los militantes de la democracia en abstracto, esta actitud debía ser condenada como intolerante, y efectivamente lo era, sólo que dirigida contra un sector muy específico: el de los especuladores y monopolistas, cuyos agentes, muy activos en algunas secciones, se dedicaban a sabotear - a veces mediante la compra de votos las iniciativas contra la ocultación de harinas y el monopolio. Al final, el voto abierto resultó muy eficaz para deshacerse de ellos.

Toda la vitalidad de la revolución brotó de estas asambleas, donde se organizó la requisa de víveres y la batida contra los especuladores. Las secciones pusieron en vigor lo que hoy llamaríamos un seguro social, que se hacía cargo de las viudas y huérfanos de los combatientes, y aún de los desempicados. Llegaron incluso a organizar cooperativas de vestuario militar para dar ocupación a los sin trabajo, tratando de competir con los grandes contratistas del ramo, de los que no pocos se alineaban con el partido de Robespierre.

Los jacobinos, ni duda cabe, ejercían un poder real que, sin embargo, de julio a diciembre de 1793, fue claramente contrapesado por el de las secciones y sociedades populares. Su fuerza y acción determinaron la promulgación de la ley de precio máximo en los granos, la del máximo general y la abolición definitiva de los derechos feudales sin indemnización, instaurando en suma una economía dirigida.

Durante un breve período la República igualitaria sería una realidad que la historia escrita marginó hasta oscurecerla, para centrarse en las memorias del terror decretado por la dictadura del comité de salud pública. Sería un error confundir o identificar estos dos fenómenos paralelos, pero muy diferentes: El terrorismo robespierista fue una medida puramente de estado, fundada en intereses del poder del estado, que terminaría guillotinando a la democracia popular del año II.

Aquella inestable situación, jalonada por la existencia de dos poderes antagónicos, no podía sostenerse por más tiempo. El desenlace se produjo al estallar las contradicciones internas que arrastraban cada uno de los protagonistas.

El primer atentado al sagrado derecho de propiedad - el calificativo "sagrado" lo empleaba la doctrina liberal, no la plebe lo cometió la burguesía al expropiar y adjudicarse los bienes de la nobleza emigrada. No quería predicar con el ejemplo y calificó su acción como patriotismo, y los actos de la plebe que ahora amenazaban sus propiedades, como bandidaje anarquista. Lo pasado fue virtud; lo presente un atentado a los derechos naturales.

Empujado por la marea popular en ascenso y por su misma audacia, Robespierre traspasó los límites de su programa burgués al proponer para la constitución de 1793, unas definiciones del derecho de propiedad que parecieron escandalosas y violatorias a la burguesía.

"El derecho de propiedad está limitado, como cualquier otro, por la obligación de respetar los derechos de los demás. El derecho de propiedad no puede perjudicar ni la seguridad, ni la libertad, ni la existencia ni la propiedad de nuestros semejantes. Cualquier posesión o comercio que viole este principio es ¡lícito e inmoral."

Bien entendido, esto significa condicionar y limitar un derecho que la doctrina del Laisez faire considera ilimitado e incondicional. Y, más aún, como dijera el socialista Jaurés analizando el texto, era hacer de la propiedad un sujeto sospechoso que puede «justificar jurídicamente las enormes expropiaciones que las alteraciones de la vida económica pueden hacer necesarias después".

Esto fue justamente lo que hicieron los sans culott, aunque para ello no necesitaron de constituciones. El 2 de septiembre del 93, la sección Jardin des plantes, envió una resolución a la convención, exigiéndole fijar el máximo de fortunas. ¿Qué querían decir con esto? Definir el límite de lo máximo que un individuo puede poseer", "que nadie tenga más de un taller y una tienda". Esta medida haría "desaparecer poco a poco la desigualdad demasiado grande de las fortunas y crecer el número de propietarios".

Naturalmente la moción no fue aprobada. Lo interesante es que esa petición expresa la más sentida aspiración de los sans culott, y el nudo de su contradicción como grupo social.

Yerran quienes ven en el movimiento sans culott, un antecedente del socialismo marxista: esta masa de artesanos y comerciantes de menudeo no luchaba para liquidar la propiedad privada, sino para generalizarla. Sin embargo, esa democratización radical de la propiedad con la que soñaban, los oponía irremisiblemente con el capitalismo de la época, esencialmente mercantil y monopólico.

La paradoja es que la revolución hecha por ellos, no podía marchar en lo económico a otra realidad que la concentración de los medios de producción, es decir, al pleno capitalismo industrial, que terminaría transformándolos en masa proletaria.

La trágica ironía fue que estos pequeños productores que se formaron y crecieron a la sombra del antiguo régimen, nunca imaginaron que acabado éste, el tiempo también había terminado para ellos. El ángel de la historia les había encomendado una misión: destruir el viejo orden feudal aristocrático, y una vez cumplida, ese mismo ángel se volvió contra ellos.

El año III de la igualdad ya no llegaría. Durante cinco años la burguesía impacientada preguntó hasta cuándo terminaría la revolución. Ahora llegaba el momento de pasar a señalar culpables. Saint´ André, el jacobino que había pedido "dejar vivir al pueblo" para consumar la revolución, encontró que el enemigo estaba justamente ahí: "Nuestros mayores enemigos no están fuera; están a nuestra vista, en medio de nosotros; quieren llevar más lejos que nosotros las medidas revolucionarias."

La última solución que restaba para hacer saltar este nudo era encontrar la forma práctica de despejar una u otra de las incógnitas que Barnave había planteado en 1791 tras la fuga del rey: "¿Terminaremos la revolución? ¿la volveremos a comenzar Los jacobinos, adelantándose, hallaron respuesta afirmativa a la primera interrogante. Su genio encontró la forma de terminar la revolución, y de liquidarse ellos mismos: estatizarla.

Cuando las facciones ya habían caído, la ofensiva jacobiría se enfiló contra las sociedades seccionarias y los clubes revolucionarios, acusándolos de federalismo. El cargo era que resultaban incompatibles con el poder centralizado. Confesadamente, losjacobinos buscaban forjar de modo autoritario y burocrático una unidad de ideas y acción en torno a su partido.

Mediante un decreto, la convención facultó al poder para destituir a los delegados de las secciones en el consejo general de la comuna, considerándolos en lo sucesivo como funcionarios públicos.

Los representantes ya no serían más los "mandatarios" elegibles y destituibles a voluntad de las asambleas soberanas, sino simples burócratas asalariados por el poder y adictos a éste. La comuna terminó como un engranaje más de la maquinaria estatal. En toda Francia se prohibió a las comunas, así como a sus sociedades populares y comités revolucionarios, mantener relaciones directas entre sí. Los sans culott ya no lograron reconocerse en esos organismos enteramente burocratizados.

Robespierre había golpeado a izquierda y derecha. Hizo pasar por la guillotina a los enragés, a Danton, a los cordeleros y a los Hebertistas, y cuando llegó el golpe M Thermidor se encontró colgado del vacío, sin fuerza para resistir. Desmoralizados y desorganizados, los sans culott vieron impotentes como Robespierre era arrastrado a la guillotina. El engendro burocrático que había creado para poner freno a la revolución terminó devorándolo. La burguesía pudo al fin respirar tranquila y afirmar, con la seguridad del triunfo: La nación somos los propietarios.

El año de 1795 será realmente el año 1 de la desigualdad constitucionalmente sancionada. Boissy d'Anglas redactó el discurso preliminar al proyecto de constitución donde se declararon proscritos todos los sueños.

Finalmente debéis garantizar la propiedad del rico... la igualdad civil es todo lo que el hombre razonable puede exigir... un país gobernado por los propietarios tiene orden social; aquel en que gobiernan los no propietarios se halla en estado salvaje.... Si a los hombres sin propiedad otorgáis derechos políticos sin reservas.... establecerán o dejarán establecer funestas limitaciones al comercio y a la industria, porque no temerán ni habrán previsto sus deplorables consecuencias."

El espíritu de éste puede escucharse hoy como un eco, en el discurso del neoliberalismo.


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