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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1994

REPRESENTAR A LA SOCIEDAD COMO UN CUERPO

Author: Beatriz Urías[Nota 1]


Pensar las formas de la vida social a través de la imagen de un ser viviente, es una de las representaciones políticas más utilizadas desde tiempos remotos hasta hoy para conceptualizar diversas formas de organización social y política. Examinaremos el sentido de algunas de estas figuras, partiendo de la consideración de que la representación de lo social orgánico es producto de la dimensión simbólica a través de la cual la autoridad y el orden social adquieren legititnidad. En otras palabras, a través del examen de algunas figuras de lo social orgánico se intenta mostrar que éstas no son meros recursos retóricos, sino que en ciertos momentos han jugado un papel deternúnante en la institución del orden social y político. Desde esta perspectiva, este ensayo propone una interpretación acerca del sentido de la simbología de lo social orgánico a fines del siglo diecinueve en relación al desarrollo del pensamiento y de las instituciones liberales en el México moderno.

Quizá una de las más antiguas representaciones de la sociedad como un cuerpo es la que instituyó el orden social en las grandes civilizaciones asiáticas que provenían del grupo lingüístico ario. En efecto, el común denominador de todas ellas fue el desarrollo de un orden social basado en una jerarquía de castas, a través de la referencia a una imagen antropomórfica. En la India védica, la conceptualización de esta forma de organización social y política tomó como punto de partida un modelo cosmogónico, expresado por primera vez en el Rig Veda durante la segunda mitad del segundo milenio A.C. En el Himno del hombre cósmico (Purusasutka), el Rig Veda establece que en el sacrificio de desmembramiento del gigante Purusa estuvo el origen de la creación del mundo.[Nota 1] Del caos que se produjo con el desmembramiento del gigante surgió el orden y la jerarquía social, pues de las diferentes partes de su cuerpo se formaron las cuatro castas en las que estaba dividida la humanidad: el brahaman en la boca, el guerrero en los brazos, el Vaicya en los muslos y el Cudra en los pies. El orientalista P. Mus ha señalado que la división social expresada a través de esta imagen constituyó una de las más antiguas formas de derecho que se conocen, pues el nombre y la función que se le asignó a cada uno de estos cuatro grupos quedó inscrita por vez primera y en forma definitiva en el sagrado Rig Veda, que legitimó y dio sentido a todo lo que nombró. [Nota 2]

Dentro de la tradición occidental, la representación de la sociedad como un cuerpo fue una de las referencias clave en el marco de la reflexión teológico-política a través de la cual las monarquías medievales adquirieron legitirnidad. Esta representación, cuya génesis y evolución ha sido estudiada por el historiador alemán E. Kantorowicz, retoma los elementos fundamentales de la concepción cristiana del cuerpo místico y establece que, además de su cuerpo humano y perecedero, el monarca poseía un segundo cuerpo inmortal y de naturaleza divina que reagrupaba a la sociedad, de la misma manera que el cuerpo místico de Cristo representaba a la Iglesia y unía indivisiblemente a todos los cristianos"[Nota 3]En el doble cuerpo del rey los diversos órdenes y estamentos que integraban la sociedad política quedaban orgánicamente vinculados entre sí mediante una jerarquía naturaL El hecho de que la figura del monarca se desdo blara en un segundo cuerpo que determinaba la continuidad del reino de Dios sobre la tierra se reflejaba en algunos de los atributos de este cuerpo imaginario. Entre ellos, la capacidad de hacer milagros que ha sido estudiada por M. Bloch en su libro Los reyes taumaturgos. [Nota 4]

De acuerdo con el estudio de E. Kantorowicz, la representación del doble cuerpo del rey se transformó a lo largo de la Edad Media, reflejando y dando sentido al proceso de secularización del orden soda] y político. En un principio, la figura estuvo remitida a un lenguaje litúrgico y al pensamiento teológico derivado de la concepción del cuerpo místico de Cristo, y posteriormente se convirtió en una figura jurídico-política que proponía al monarca ya no como imagen sino como vicario de Dios. La figura del rey como vicario definió la investidura real por derecho divino en relación a la figura de Dios padre más que en relación a la figura de Cristo en el altar y, a diferencia de la representación inicial, obedeció a una racionalidad centrada en la filosofía de la Ley. Esta transformación en la representación del cuerpo político tradujo el proceso a través del cual el Papa transfirió a los monarcas de diversos reinos el poder de intervenir en los asuntos temporales en representación de la divinidad; proceso que puede ser claramente apreciado en la evolución del pensamiento jurídico de Francia y de Inglaterra, que a lo largo de la Edad Media delimitó el ámbito del poder temporal fuera de la esfera del papado.

En sus estudios acerca de los fundamentos del poder real en la España medieval, la historiadora francesa A. Rucquoi advierte que los problemas estudiados por Kantorowicz no pueden ser identificados en la historia de la Península ibérica durante el mismo período, En efecto, a diferencia de los reinos del norte de Europa - Inglaterra, Francia y Alemania - en España los reyes medievales gozaron de gran autonomía frente al papado y la Iglesia. El hecho de que en la península ibérica el poder temporal de los monarcas fuera incontestable, en la medida en que su vínculo con la divinidad se definía independientemente de la intervención papal o eclesiástica, explica Rucquoi, dio lugar a que en España la representación del cuerpornisticono constituyera un instrumento para sacralizar el poder del monarca. Por consiguiente, en España no fue necesario reforzar el vínculo entre el monarca y la divinidad mediante una serie de ritos relacionados con la idea de que el monarca encarnaba el reino en su cuerpo divino; y de hecho, no existieron ritos de unción, de consagración, de coronación o de poderes milagrosos de curación como en el norte de Europa. [Nota 5]

La figura del corpus politicum mysticum en la España medieval tuvo una significación específica. El historiador J. A. Maravall advierte que esta representación fue utilizada fundamentalmente para significar que la unidad debía prevalecer sobre una multiplicidad de partes, en la medida en que de esa unidad nacía el orden. La imagen del monarca y de sus súbditos unidos en un mismo cuerpo constituyó el fundamento de una concepción política que imponía límites al poder del monarca, y que atribuía a los súbditos funciones específicas a desempeñar dentro de un modelo corporativista de la sociedad política. Esta idea de unidad política se expresa claramente en las Siete Partidas (Partida II, tit.I, ley V): "E naturalmente dixeron los sabios que el Rey es cabeca del Reyno ca assi como de la cabeca nascen los sentidos porque se mandan todos los miembros del cuerpo, bien assi por el mandamiento que nasce del Rey que es señor e cabeca de todos los del Reyno se deven mandar e guiar e aver un acuerdo con el, para obedescerle e amaparar e guardar e acrescentar el Reyno: onde el es alma e cabeca e ellos miembros."[Nota 6]

Después de la Edad Media se vuelve a encontrar en Europa la idea de que el monarca encarnaba el reino en su cuerpo divino. No obstante, la figura original sufrió transformaciones sucesivas relacionadas con el lugar y el proceso histórico a que correspondía. En su reflexión acerca de la constitución política de¡ Estado absolutista, los pensadores españoles de los siglos XVI y XVII vincularon el sentido de esta representación a la necesidad de conciliar la permanencia de un orden jerárquico, que hacía de Dios la causa última de una racionalidad natural que pre-existía a la sociedad misma, y el surgimiento de un poder estrictamente humano. La legitimidad de este Estado libre de una determinación trascendentalista descansaba en una disciplina científica, que analizaba las relaciones causales entre los fenómenos sociales que se producían en el seno del cuerpo social. El proceso de modernización de¡ Estado español se apoyó en una cultura jurídica que había conceptualizado las nociones de soberanía y de opinión, así como en la existencia de una economía monetaria. En este contexto, la figura del cuerpo político hizo inteligibles una serie de fuerzas, de estructuras y de funciones políticas remitidas a la esfera de lo humano, legitimando también un poder que comenzó a ser pensado y ejercido en términos racionales.

La representación del cuerpo político durante la época barroca reagrupó a los diversos órdenes, mas no a los individuos, que pertenecían a un pueblo ya diferenciado. Su función principal fue definir el papel del príncipe en la constitución del nuevo Estado. Pues, como lo ha señalado Maravall, para los teóricos españoles de la monarquía absolutista, sólo la república en la que gobierna un príncipe puede ser considerada como un "cuerpo público."[Nota 7] Si bien quedó establecido que la Península y sus habitantes eran la cabeza" de la monarquía, la representación del cuerpo político no estuvo enfocada hacia la conceptualización del vínculo que existía entre la metrópoli y las colonias, o entre el monarca y sus súbditos en el Nuevo Mundo. De hecho, los pensadores políticos españoles del siglo XVII no elaboraron un concepto de nación que reflejara la problemática colonia]. En esta época los grupos humanos diferenciados eran considerados como pueblos; sin embargo, su especificidad era interpretada como una manifestación del proyecto divino que se expresaba en la naturaleza (las razas, la geografía) y como el producto del poder del príncipe. En la historia de los hechos y de las ideas, advierte también Maravall, estos pueblos no llegaron a convertirse en Estados-nación sino hasta la Revolución Francesa.

Recapitulando, la formación y el desarrollo del Estado absolutista español estuvo referida a una representación del cuerpo político que expresaba la existencia de una serie de fuerzas, de estructuras y de funciones políticas que remitían a la esfera de lo humano. Desde el siglo XVII hasta la Revolución Francesa la figura del cuerpo social legitimó un poder que comenzó a ser pensado y ejercido en términos racionales. Esta figura sirvió para conceptualizar una nueva práctica política, que consideró el arte de gobernar como una técnica susceptible de ofrecer una solución a problemas sociales, habiendo sido la piedra angular de la monarquía medieval.

A partir de la Revolución Francesa, la imagen del cuerpo social que legitimó el Antiguo Régimen perdió validez. La idea (¡e que el monarca encarnaba al reino dejó, en efecto, de tener sentido cuando éste fue decapitado. En su exelente trabajo acerca de la significación del regicidio en la Revolución Francesa, M. Walzer establece que si bien a lo largo de la historia del período medieval y absolutista muchos monarcas fueron asesinados sin que por ello perdiera legitimidad la institución de la monarquía, un cambio irreversible se produjo cuando el rey fue enjuiciado y ejecutado. La gran innovación de los revolucionarios fue, en este sentido, considerar que el rey era un ciudadano más cuyos errores podían ser juzgados y castigados con la pena capital. Al transgredir el orden simbólico que instituyó la monarquía, el regicidio abrió la posibilidad de que los intentos de transformación social y política dejaran de ser considerados como un atentado a la legalidad establecida, y marcaran el inicio de una nueva época.[Nota 8]

En sus trabajos acerca de la génesis de la democracia moderna, C. Lefort advierte que después de la Revolución Francesa los liberales temieron que la sociedad perdería cohesión al desaparecer la representación del cuerpo político que instituyó el orden monárquico. En otras palabras, los liberales franceses de la primera parte del siglo diecinueve interpretaron la desaparición del símbolo del doble cuerpo del rey como un indicio de lo incierto de la transformación política y social que estaba llevándose a cabo. Esta transformación encubria, a sus ojos, una amenaza de desintegración social, manifiesta en una serie de fenómenos que podían ser relacionados con el hecho de que la sociedad hubiera dejado de conformar un cuerpo político. Entre estos fenómenos, C. Lefort señala que el poder dejó de estar "localizado" en la persona del monarca y comenzó a constituir un lugar vacío" susceptible de ser ocupado (en principio) por cualquier miembro de la sociedad. Segundo, que entre el Estado y la sociedad civil pudo establecerse una clara diferenciación, en la medida en que dejaron de estar incorporados en un mismo cuerpo. Tercero, que en el seno mismo de la sociedad surgieron las clases sociales libres de la determinación de la jerarquía natural inherente a la concepción orgánica de lo social. Cuarto, que las esferas de lo económico, lo jurídico y lo científico - íntimamente ligadas a la religión en el contexto de la representación del doble cuerpo del rey comenzaron a definirse de manera autónoma y en función de normas y de fines específicos.[Nota 9]

Temiendo los efectos de estas transformaciones, los liberales franceses de la primera parte del siglo diecinueve retrocedieron ante las implicaciones de los nuevos derechos políticos, y en particular ante la institución del sufragio universal.[Nota 10]En efecto, para los primeros liberales era inaceptable que, a través de mecanismos como el sufragio, individuos de diversa condición participaran activamente en la vida pública. El argumento que utilizaron para justificar su rechazo fue que la posibilidad de que el pueblo (entendido como plebe o populacho) eligiera a sus representantes a través del voto podía llevar a la nación al caos y la anarquía, pues no todos los miembros de la sociedad estaban igualmente capacitados para ejercer los nuevos derechos políticos. Simbólicamente, la aceptación del sufragio implicaba reconocer el poder que encerraba una multiplicidad de voluntades individuales en detrimento de la unidad de una sociedad, cuya unidad se había representado a través de la imagen de un cuerpo.[Nota 11]

Al igual que en Europa, la transición del orden monárquico al republicano suscitó en México una importante polémica en torno al derecho de participación política de las mayorías. Para la élite liberal, heredera de la tradición ilustrada de transformar a la sociedad "desde arriba" era, en efecto, inconcebible generalizar el derecho de ciudadanía aun cuando el rompimiento con España hubiera implicado establecer este principio en la Constitución de 1824. El rechazo hacia la universalización de los derechos políticos modernos adquirió proporciones tales que, de acuerdo con la interpretación que he propuesto, [Nota 12] hacia fines del siglo diecinueve una nueva concepción política retomó los planteamientos liberales para darles una nueva formulación. Esta nueva concepción política, inspirada en la corriente positivista europea, subrayó la importancia de concebir a la sociedad como un sistema en el que los elementos singulares no tenían sentido más que en relación con la totalidad. En este contexto, la representación del organismo social volvió a ser utilizada como una referencia esencial en la institución del orden social.

En efecto, a través de la representación de lo social orgánico los positivistas articularon un planteamiento político en torno al problema de legitimar un orden social mejor, adaptado a la realidad mexicana después de un largo período de anarquía. La figura del organismo social permitió conceptualiza lapráctica de una "democracia restringida" en la que, para llevar a cabo el proyecto de paz y prosperidad, la participación de los individuos en la vida pública estaría sujeta a una serie de limitaciones y el poder se ejercería en treminos absolutos. En la obra de J. Sierra, la figura del organismo positivista conceptualizó la noción de un centro o cabeza al que quedaban supeditados diversos grupos unidos entre sí por un orden jerárquico natural, cuyo lugar se determinaba en relación con la función que cada cual desempeñaba en el aparato productivo. Al establecer las funciones diversas y complementarias desempeñadas por los diferentes órganos del cuerpo social, los positivistas mexicanos atribuyeron un lugar a cada elemento y a cada relación en el seno de la totalidad social. Los individuos dejaron de tener sentido en cuanto tales, en la medida en que su posición en la sociedad quedó determinada a través de su inserción en grandes agregados. Esto permitió considerar desde una nueva perspectiva el derecho de ciudadania que la legislaciones liberales habían conferido a todos los hombres.

Además de conceptualizar la jerarquización de los diferentes grupos étnicos y sociales en función de su participación en el aparato productivo, la representación de la sociedad como un organismo legitimó una forma de organización política en que la minoría ilustrada asumió las funciones públicas, hasta que el pueblo estuviera preparado para hacer un uso responsable de sus derechos. Desde esta perspectiva, la función del órgano central fue controlar el efecto desestabilizador que produjo el espíritu liberal mediante un Estado fuerte que, reintroduciendo un nuevo principio unificador, impulsaría la paz y la prosperidad. La necesidad de mantener la unidad en el contexto de fuertes desigualdades que impedían que la sociedad en su conjunto pudiera acceder a la democracia en el corto plazo, dio fundamentos al poder del hombre providencial que literalmente se encontró ,la la cabeza" del cuerpo social en las últimas décadas del siglo diecinueve.

Lo anterior recuerda otra muy antigua representación del cuerpo social, formulada en el siglo xv por el pensador francés E. de La Boétie en una obra acerca del sometimiento voluntario de los hombres a la tiranía, donde considera que la servidumbre voluntaria podía ser entendida en terminos de una identificación entre el Pueblo y el Tirano. Esta identificación se producía en el seno de un cuerpo imaginario a través del cual una sociedad desprovista de referencias cobraba sentido y coherencia internas. En esta perspectiva, la sujeción del Pueblo no se explicaba como el producto de la dominación del Tirano sino como el resultado de una cadena de servidumbre que todos los hombres habían contribuido a construir, creyendo encontrar en la figura del hombre que concentraba el poder la identidad que habían perdido. Si bien la identidad así obtenida proporcionaba a la sociedad cohesión y representación de unidad, en sus orígenes se encontraba el desinterés de unos hombres por otros. El desconocimiento que prevalecía entre los miembros de la sociedad y la referencia esencial a la figura del tirano abría la posibilidad de que el poder que éste ejercía en nombre del Pueblo al que encarnaba, pudiera imponerse por encima de la ley. [Nota 13]

Conocer la significación que en determinados tiempos y lugares ha tenido la representación de la sociedad como un cuerpo, nos hace concientes de la necesidad de examinar las manifestaciones de la dimensión simbólica de los hechos sociales, que lamentablemente ha sido relegada por las ciencias sociales de hoy. Estas últimas tienden, en efecto, a privilegiar un enfoque marcado por la cuantificación y el estudio empírico, dejando de lado el estudio de fenómenos que tienen lugar en el registro de lo simbólico y de lo imaginario. Ahora bien, aunque estos fenómenos no sean cuantificables es necesario subrayar que sus efectos sí pueden llegar a afectar concreta y profundamente la vida social. Desvincular los hechos sociales y políticos de la manera en que han sido concebidos empobrece nuestra percepción de la realidad histórica y, sobre todo, nos deja a merced de procesos que de no ser expficitados pueden llegar a ser incontrolables. La reflexión acerca de estas cuestiones no hace desaparecer la complejidad de la realidad histórica, pero sí nos la revela y nos la vuelve más explícita. Este trabajo de explicitación, como lo señala J. SchIanger en la introducción a su libro sobre las metáforas organicistas, es lo que transforma en poder lo que fue trampa.[Nota 14]


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