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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1994

Javier Echeverría, Telépolis

Author: María Teresa de Zubiaurre


Javier Echeverría, Telépolis, 1994, Barcelona, Destino, 188 p. ISBN 84-233-2366-8

Telépolis (¿cuento, ensayo, utopía, relato realista o de ciencia-ficción?) es, a la postmoderna manera y escritura de nuestros días, todo eso que apuntamos, con independencia de que el autor guste de llamarlo sencillamente "un ensayo". Consta, pues, este ensayo, cuanto menos "heterodoxo", de un prólogo (en el que se ofrece una sucinta explicación del proyecto y de su génesis), de tres capítulos, y de un apéndice. El primer capítulo es, a la vez que punto de partida de todas las reflexiones posteriores, pasaporte internacional que nos abre, generoso, las puertas de "una nueva ciudad" llamada 'Telépolis". Telépolis es, al decir del propio Echeverría, una "ficción (parcial)", una "utopía" -bizarra mezcla de ciencia-ficción y realismo cuasi costumbrista- construida alrededor de "los medios de comunicación, especialmente la televisión y otras tecnologías de teleconexión" interactiva. El imparable proceso de globalización informática en la segunda mitad del siglo xx "está dando lugar a la aparición de una nueva forma de coexistencia entre los seres humanos, que ya no está basada en la concentración de grandes masas de población en un territorio más o menos extenso, sino en su dispersión geográfica. A pesar de esta diseminación territorial, los lazos ciudadanos van siendo lo suficientemente estrechos para que se pueda hablar de un nueva forma de 'polis', la ciudad a distancia, a la que podemos llamar 'Telépolis- (18). Esta ciudad, sita en la etérea región del ciberespacio, que no puede localizarse en ningún punto del planeta, que defrauda todas las perspectivas del turista, del flaneur - el cual quisiera verla desde arriba, en su totalidad, o adentrarse, al menos, por sus laberintos- es, a la postre, ciudad que se acomoda, aunque sólo sea metafóricamente, a la más ortodoxa estructuración urbana: ilustre heredera de Londres, París, Nueva York, con trazos visibles de la antigua Babilonia, de la Roma clásica, de la Pekín legendaria, Telépolis se agrupa por barrios, y estos barrios contienen plazas, y mercados, y cementerios, y los surcan calles bordeadas de edificios. En la ciudad a distancia, "esa gran ciudad de forma esférica ( ... ) sin perspectiva visual ni geografía urbana dibujable sobre un plano", las regiones geográficas clásicas quedan reducidas a simples manzanas de casas, los países se convierten en barrios, y las cordilleras, ríos, océanos y restantes fronteras naturales pasan a ser simples líneas divisorias entre unos barrios y otros. En virtud de la misma transformación topológico, "un vuelo transoceánico equivale a pasar un puente sobre un río caudaloso; recorrer un desierto, una selva o una cordillera es como atravesar un solar no edificado, un parque o una muralla medieval" (20-1). En esta "megageografia" de la metrópolis informática, las plazas -centro de la polis o ágora clásica - son, claro, las pantallas de la televisión, y en general, los mass-media, que constituyen, nadie lo duda, "el escenario por antonomasia de la cosa pública" (23). Los mercados, por otra parte, rápidamente se hacen móviles, y abandonan las viejas naves - el vientre de la ciudad, tal y como quedó inmortalizado en la novela decimonónica- que los albergaron desde principios de siglo. Ahora, los comercios se transforman en asépticas "teletiendas" y los escaparates "son, por supuesto, los medios de comunicación, y por lo tanto están en todas y cada una de las casas" (31). Telépolis también entierra a sus muertos: la naturaleza, ilustre finada, "ha sido adecuadamente embalsamada y maquillada para ´dar bien'ante las cámaras". Las reliquias de la antigua Naturaleza "son sacadas frecuentemente en procesión por las calles y plazas, y siempre ante la devoción de los creyentes: piénsese en la renombrada cofradía de Cousteau" (36-7).

La nueva ciudad, la Telépolis telemática, se manifiesta con especial elocuencia en la radical transformación del espacio doméstico. Éste, en principio, se sirve de artilugios perfectamente ortodoxos para mirar al exterior: conserva las ventanas, aunque se metamorfoseen en pantalla televisiva que garantiza un paisaje siempre cambiante. Las vistas - de picos nevados, de playas tropicales, del fondo del mar, de un estadio de fútbol - fácilmente se adaptan al gusto del consumidor, a sus intereses y su variable estado de ánimo. Lo más notable, sin embargo, es que el espacio doméstico funciona, ya no como refugio del hombre y último reducto de la intimidad, sino como activa prolongación del espacio público: "el Ágora es inseparable de las casas. 0, dicho de otra manera: la otra cara del Ágora, su cara oculta, son las casas ( ... ) Conviene que las ventanas de las fachadas estén abiertas el máximo tiempo posible, tanto para que los ciudadanos ventilen sus mentes con el aire electrónico como para que la propia Telépolis prospere y vaya ampliando sus zonas de influencia y diversificación" (43-4). Y, por fin, las calles, que, al igual que el Ágora, se cuelan, impertinentes, en el ámbito doméstico. Según Echeverría Ias tres funciones que Lefébvre asignaba a la calle - funciones informativa, simbólica y de esparcimiento - son cumplidas hoy por los medios de comunicación; por consiguiente, se puede ser ciudadano activo estando en casa, sin salir a la calle" (54). Es la consecuencia, según Virilio [Nota 1] de "esa última mutación que anuncia el fin de siglo: con la próxima llegada del vehículo audiovisual, vehículo estático, sustituto de nuestros desplazamientos físicos y prolongación de la inercia domiciliara, (se impondrá), al final, el triunfo del sedentarismo, de un sedentarismo, esta vez, definitivo" (39).

A esta "utopía" tan peligrosamente cercana a la realidad, y por ello mismo, tan sugestiva, le sigue un segundo capítulo, "dedicado íntegramente a estudiar los fundamentos de la economía en que se sustenta Telépolis y a ejemplificar su funcionamiento en una serie de ejemplos: el consumo productivo de los medios de comunicación, el turismo, las votaciones, el nuevo tipo de'cuerpo'que tiende a crear Telépolis" (12-3). Llegados a este punto - el de la economía y la ética telepolitanas el mismo autor reconoce que "el recurso metafórico utilizado en el primer capítulo se ¡nuestra inadecuado, además de deformante. Tarde o temprano habrá que introducir nuevas categorías para analizar Telépolis" (51). Aunque el volumen incluye un apéndice (en el que se clarifican las diferencias que separan la propuesta de Telépolis "de esa otra propuesta anterior que es la 'Aldea global' de Mcluhan") el tema en realidad se clausura con el tercer y último capítulo. Aquí, Echeverría, complaciente con la actual tendencia "moralizadora" de Filósofos y sociólogos de la comunicación, esboza "algunos problemas de Telépolis" (así se titula el apartado) y defiende - eso sí que es nuevo en un ambiente intelectual generalmente derrotista lo que él considera sus virtudes, por ejemplo, ese carácter "desterritorializado" de Telépolis (ciudad cibernética, a distancia, etérea y sin fronteras) que permite "una mayor mixtura de las culturas y una internacionalización de los ámbitos dornésticos". Gracias a los medios de comunicación, "así como a la emigración y al turismo, cada telepolita puede acceder a una mayor pluralidad de diferencias que sus antecesores, y la nueva ciudad, hablando en términos generales, produce formas de mestizaje más variadas, precisamente por la interrelación que comienzan a tener culturas antes separadas y ajenas las unas a las otras" (143).

La perspectiva deontológica "optimista", de Echeverría lo convierte en "integrado" y lo aleja definitivamente de los pensadores "apocalípticos", distinción ésta -entre a ocalípticos e integrados - acuñada, como se recordará, por Umberto Eco,[Nota 2] allá por los años setenta, y todavía de gran utilidad y pertinencia. En todo caso, queda clara la hermandad espiritual del filósofo español con el también "integrado" y sonriente filósofo italiano Gianni Vattimo. Varias veces a lo largo de sus escritos Vattimo sostendrá que así como la "era Gutenberg" efectivamente contribuyó a uniformar la cultura, la "era McLuhan", en cambio y en contra de las predicciones más extendidas, ha hecho mucho por diversificarla.[Nota 3]

Entre Virilio y Echeverría, por otra parte, se descubren otras afinidades, más de pensamiento que de temperatura afectiva. Ambos filósofos buscan siempre la manera de garantizar la conexión entre el presente cibernético y un pasado todavía desinformatizado. Así, Virilio al resaltar ese "advenimiento de una última generación de vehículos, medios de comunicación a distancia, sin medida común con los de la revolución de los transporte? concluye que---ala transparencia del espacio, transparencia del horizonte de nuestros viajes, de nuestros recorridos, sucederá entonces esta 'transparencia catódica', que no es más que la conclusión perfecta de la invención del vidrio, hace cuatro mil años, del espejo, hace dos mil años, y del 'escaparate', objeto enigmático que marca también la historia de la arquitectura urbana, desde la Edad Media hasta nuestros días; del escaparate tradicional, pues, a "ese escaparte 'electrónico', último horizonte de nuestros trayectos" (38). A Echeverría, por otra parte, esa convicción en las raíces históricas le sirve para instilar nueva savia a las viejas imágenes, y construir con ese barro nuevamente dúctil, una nueva ciudad, Telépolis, y una iconografía cibernéticourbana de gran audacia, y poderosamente sugestiva, materia prima a su vez para futuras hazañas de la imaginación.

Está, pues, ese paralelismo "visible" (entre lo viejo y lo novísimo, la realidad del pasado y la "hiperrealidad" del presente, en donde la imagen informatizada sustituye, y hasta constituye, lo real) que se refleja hasta en el mismo modo (comparativo) de redacción y composición del texto y con el cual Echeverría va apuntalando hábilmente la tradición: "las parcelaciones del territorio, la distinción entre interior, frontera y exterior" de las viejas ciudades, frente a las ,,estructuras reticulares, arborescentes e incluso selvática? de la nueva ciudad y sus cables de fibra óptica; las modestas naves comerciales de principios de siglo" frente a las teleempresas de la última década; "el boulevard de las metrópolis clásicas" frente a la red Internet, ejemplo de telecalle" o "calle pública en Telépolis", etc.

Pero hay otro paralelismo, esta vez "invisible" entre la ciudad de Telépolis, y tantas otras ciudades que pueblan no el territorio "de verdad", sino el territorio de la ficción. El antecedente es, como casi siempre, la sólida e inmortal novela decimonónica, el realismo de sus ciudades hechas de piedra y de nostalgia, el nítido trazado de sus calles, sus plazas, sus casas, sus mercados, etc. Pero Telépolis, que calladamente nos trae al recuerdo reminiscencias del paisaje urbano del xix, no se identifica con el diseño del genial arquitecto que fuera Balzac: el gran artífice de Telépolis es, en realidad, Calvino, que, en Las ciudades invisibles[Nota 4] no construye con piedra, ni con acero, sino que en el aire teje ciudades (ciudades a distancia) de leve filigrana ("filigrana tan sutil que escapa a la mordedura de las termita? -16), calles, como dice Echeverría, sin suelo, e interiores que de tanto transparentarse hacia el exterior (a través de la fantasía, o de la pantalla de la computadora y de la televisión), se hacen públicos, y desguarecidos.

Las piruetas intertextuales de Telépolis son muchas. Tras sus paredes -tan inminentemente reales, tan ajenas, de pronto, a la ciencia-ficción - se dibuja la silueta de utopías que lo fueron de verdad, que con orgullo se sabían muy lejanas del mundo real e hijas legítimas de la imaginación. A sus ventanas se asoman personajes cenizos, se asoman Simmel, Rilke, Dóblin, Dreiser, atónitos y desolados ante el inhumano espectáculo de la gran ciudad, pero también vemos sonreírse a Baudelaire, a Benjamin, a Ramón Gómez de la Serna, flaneurs impenitentes; y hasta al propio Echeverría se le escapa una amplia sonrisa, porque de entre estas dos arraigadas tradiciones -la antiurbana, y la prourbana - Telépolis sin duda se apresura a escoger la última.

MARIA TERESA DE ZUBIAURRE

Depto. Académico de

Estudios Generales, ITAM


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