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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1994

SADE: EL IMPERIO DE LAS PASIONES

Author: Roberto García Jurado[Nota 1]


Hace algún tiempo tuve acceso a un volumen de los grabados que ilustraron la edición original de La nueva Justine, o las desdichas de la virtud, seguida de La historia de Julieta, su hermana, publicada en 1797. Las imágenes fueron diseñadas a partir de las escenas eróticas en cuya descripción Sade se deleita durante toda la narración. No obstante, si en la novela muchos de esos pasajes provocan escozor, repugnancia o terror, los grabados sólo parecen describir situaciones grotescas. La razón de ello no creo que pueda ser la impericia del grabador, pues si se cotejan las imágenes con el relato, podrá observarse cómo aquéllas se apegan a éste hasta en los más ínfimos detalles. ¿Dónde encontrar la diferencia entonces?

Los suplicios a los que los personajes sádicos sometían a sus víctimas pueden quedar muy devaluados si se prescinde de las exclamaciones de júbilo o éxtasis y las de dolor o súplica de unos y otras. Más todavía, cometer un acto perverso o criminal es algo relativamente sencillo y común, pero algo muy distinto, que incluso cambia su sentido, es justificarlo mediante una -serie de digresiones filosóficas y sociológicas, tal como lo hace Sade, lo que interpone una enorme distancia entre la imagen plástica y la literaria.

Ésa es la particularidad de Sade; darle voz y palabra a la lubricidad y al deseo; hacer coincidir la gesticulación y la reflexión del éxtasis; describir la voluptuosidad que el cuerpo transmite al pensamiento.

Por ese motivo ocupa un lugar privilegiado entre los libertinos, pues es de sobra conocido que no fue el primero en referir orgías tumultuosas y báquicas; perversiones de jovencitas; placeres sexuales obtenidos mediante el tormento físico aplicado a otra persona o la descripción de múltiples formas de realizar la cópula, temas de los cuales tenemos ejemplos destacados en Bocaccio, Margarita de Navarra y Aretino. Sin embargo, nunca antes se había intentado justificar y legitimar el libertinaje, ni provocar la repulsa y el horror públicos ante el espectáculo de perversiones torturantes.

Más aún, mediante su obra cambia el significado del propio libertinaje, pues si antes era sólo un desenfreno de la conducta sexual, una afición desproporcionada por los placeres de la carne, ahora, además de su contenido habitual, designa no sólo una conducta, sino también una concepción distinta del mundo, la sociedad y el individuo. El libertino ya no es ese elemento social que se sabe distinto y reconoce su separación de la comunidad, el nuevo libertino sabe que es diferente pero no reconoce la validez o aceptabilidad de su opuesto, no reconoce su propia marginalidad.

Así, la conciencia libertina se sabe diferente; contrapuesta a la conciencia común, no sólo es particular en tanto miembro de la generalidad, sino es peculiar, especial.

La conciencia libertina
El contrato social
El Terror y la piedad

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