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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1994

La conciencia libertina


Cuando alguien comete una falta a sabiendas de que es algo prohibido por la sociedad, por lo cual se siente able al incurrir en ella, hace suyo el fundamento ético que justifica la restricción del caso. Sin embargo, consciente de ello, incurrió en la falta y muy probablemente lo hará otras veces, contraviniendo la ley o el código ético aceptado, de donde se concluye que estos mecanismos normativos no han sido lo suficientemente firmes como para instituir una autocensura en el individuo. Existe otra posibilidad: que la comisión de un delito no esté acompañada del sentimiento de culpa del caso anterior. En tal situación, el delincuente se siente capaz de justificar su actitud y considerarla legítima. En esta versión se aprecia no sólo un distanciamiento entre los factores de cohesión de la comunidad y el individuo, sino se observa una total ruptura y diferenciación. Este segundo caso es el de la conciencia libertina.

¿De qué manera se justifica la actitud del libertino sádico? Son varios los medios que se utilizan con tal finalidad; el primero que salta a la vista es el de la impotencia humana ante los designios de la naturaleza; después el de la conciencia racional y por último el de la retórica, entendida a la manera de Gorgias.

Para ilustrar la primera modalidad debe considerarse que, para el libertino, la conciencia humana tiene dos niveles: el primero de ellos es el de una conciencia moral, construida y soportada por la tradición y la costumbre, censora de la actividad y del mismo pensamiento, al que jamás abandona, pues está construida de tal manera que aparenta ser su origen, instrumento y fin. Sin embargo, es susceptible de superación: se le puede suprimir y liquidar: "...esta conciencia no es obra sino del prejuicio engendrado por la educación, de tal modo que cuando prohibe al niño le causa remordimientos que el niño conserva hasta que el prejuicio vencido le haya demostrado que no había ningún mal en la cosa prohibida."[Nota 1]

La conciencia moral no sólo puede ser superada y destruida, sino que además es completamente inútil, pues siendo contraria y enemiga de la naturaleza, de los impulsos que ésta inserta en el hombre, tarde o temprano sucumbe ante ellos. El orden natural impide el orden ético, lo sepulta bajo sus requerimientos funcionales; desaparece la conexión entre voluntad humana y finalidad social, todo queda reducido al impenetrable curso natural: "Determinadas disposiciones de nuestros órganos, el fluido nervioso más o menos irritado por la naturaleza de los átomos que respiramos ... por la cantidad y calidad de partículas nitrogenadas contenidas en nuestros alimentos, por el curso de los humores y por mil otras causas externas, son los que inducen al hombre al crimen o a la virtud, y en ocasiones en el mismo día a una y a otra."2[Nota 2]

De este modo, no sólo el clima, los instintos o los apetitos determinan el curso de la actividad humana, sino también el alimento que se consume o el aire que se respira, esto es, la materia inanimada transmite animación y contenido. Así, desaparecen las fronteras entre lo orgánico y lo inorgánico, entre los objetos y los sujetos; ahora todo forma parte de un orden cosmológico mecánico y continuo, el cual posee una densidad compresiva y una trayectoria inalterable.

La conciencia moral ha quedado borrada en favor de una conciencia reflejo, un intelecto humano que únicamente tiene permitido convencerse de que es objeto de fuerzas superiores a la suya, a las que, desde luego, no puede controlar, y ante las que es tan impotente que ni siquiera puede modular los impulsos naturales que emanan de su propio organismo, esto es, sin que su voluntad intervenga en su inspiración o conducción.

Puesto que el hombre no puede conocer y mucho menos impedir los designios de la naturaleza, es insensato culparlo de sus actos; no los gobierna, obedecen a motivos fuera de su control. El libertino resulta entonces tan inocente o disculpado de sus apetitos como el hombre más piadoso: la única diferencia entre ambos radica en que tienen diferentes gustos y aficiones, satisfechos con medios y objetos también distintos.

Ésta es la manera "naturalista" a través de la cual se justifican las ideas y perversiones de los libertinos; nada daña a la naturaleza puesto que es imposible actuar contra ella: la sodomía, el asesinato, la tortura, en fin, todo tipo de supuesta destrucción no es más que generación infinita, punto intermedio en un ciclo natural ajeno a las nociones de vida o muerte. Lo que hoy son cuerpos mañana serán gusanos, luego serán flores; nada hay de horrendo en ello. La naturaleza no necesita del hombre más que de los otros animales, como algunos piensan, pues es tan perfecta que en el momento que necesite de ellos podrá generarlos a su antojo y en la medida que los requiera, por lo tanto, el sádico puede asesinar impunemente, esto no perjudica a la naturaleza y ella misma impulsa esa conducta.

El materialismo mecanicista de la filosofía de las luces dotó de todos estos argumentos e ideas al sadismo. Hollbach y La Mettrie son sus inspiradores y guías, de ahí es de donde nace la concepción que parece privar de voluntad a los hombres, sometiéndolos a una dinámica natural y necesaria que los obliga a actuar de una u otra manera, siempre imprevisible e irregulable. Mediante esta doctrina se arrebata incluso lo más preciado para el libertino: sus pasiones. No le pertenecen, no puede ufanarse de poseerlas porque la naturaleza misma se las ha inyectado y, por lo tanto, sólo es un accidente que él las posea y los otros no.

Las proposiciones materialistas son las que aparecen con mayor claridad en las reflexiones del sadismo, lo que ha permitido identificarlo como un producto auténtico de la filosofía de las luces, al menos en su versión mecanicista. Sin embargo, sus extensas argumentaciones están sazonadas con llamativos pasajes contradictorios, en los cuales reaparece una voluntad humana que se muestra independiente del sistema mecánico de la naturaleza; puede contravenirlo, incluso burlarlo: "Cambiamos a cada momento de papel, unas veces éramos las esposas que reciben al marido y otras veces las esposas mismas, y así, engañando a la naturaleza, pasamos un día entero coronando con las voluptuosidades más dulces los ultrajes que cometimos con ella".[Nota 3]

Si el libertino puede engañar y ultrajar a la naturaleza queda claro que posee una voluntad autónoma, capaz de apartarse del sentido y dirección que ésta le impone. Así como Sade se empeña en construir y proponer un sistema filosófico que soporte los excesos del libertinaje, igualmente lo invalida, pues termina negándolo y acepta que es posible actuar no sólo al margen de la naturaleza, sino también muy a su pesar. Su voluntad de destrucción ya no se traduce directamente en generación y regeneración interminable, sino que ahora, imponiéndole un sentido propio, puede aniquilar y destruir irreparablemente.

Al retomar el control de su voluntad, el libertino recobra también su calidad culpable y reprensible, la cual necesita nuevamente ser justificada: ¿cómo hacerlo?

Aparece entonces la segunda forma de justificación: la conciencia racional. Su primer cometido es suprimir o sojuzgar a la conciencia moral, pues no basta que los propios impulsos naturales la avasallen; es preciso que sea también destruida por medio de un ejercicio racional. Para hacer esto debe erigirse en una conciencia objetiva, capaz de distinguir lo real de lo ficticio, pues de otra manera no podría combatir la superstición de la conciencia moral: "El primer efecto de esta razón es, tú sientes una diferencia esencial entre la apariencia del objeto y el objeto real. Las percepciones representativas de un objeto son de diferentes clases. Si nos muestran los objetos como ausentes y como habiendo estado anteriormente presentes, se trata de lo que llamamos memoria, recuerdo. Si nos presentan los objetos sin advertirnos de su ausencia, se trata de lo que denominamos imaginación, y esta imaginación es la verdadera causa de los errores.[Nota 4]

Con esto queda tendido un puente directo y confiable entre conciencia y realidad, que debe afirmarse permitiendo una doble circulación de ideas: las que corresponden directamente a la realidad, y las que corresponden a la imaginación, por tanto, irreales.

El ejercicio racional posibilita la correcta ubicación y valoración de la realidad, pero al mismo tiempo dota al individuo de parámetros de actuación. Por medio de la razón no sólo se abstrae., sino también se sustenta la acción y el juicio, permitiendo construir o destruir, aprobar o reprobar.

En el plano de las instituciones sociales el ejercicio racional de los personajes libertinos les permite distinguir que todas ellas han sido creadas por convención, costumbre o idolatría. Las que han sido creadas por la convención han estado inspiradas en la voluntad de un tirano, de un grupo de privilegiados o de una turba intempestiva. De estas tres posibilidades, ninguna garantiza que la convención favorezca a todos los miembros de la sociedad, motivo por el cual quienes han sido perjudicados podrán contravenirla cuando lo consideren necesario. Las creadas por la costumbre son puramente artificiales, pues cambian de tiempo en tiempo y de un lugar a otro, por lo tanto son más endebles y susceptibles de transformación que las anteriores. Las otras, creadas por idolatría y por los dogmas religiosos que de ahí nacen, son producto de la superstición y la ignorancia de los pueblos, no resisten el más mínimo cuestionamiento, se sostienen en la fe y no en el entendimiento, en la ceguera y no en la observación.

Ahora bien, ya que se ha usado la conciencia racional para cuestionar las instituciones sociales, ¿cómo podrá usarse para no solamente destruir instituciones sino guiar y dirigir la conducta humana? En este punto es conveniente preguntarse por el significado de la razón para el sadismo, y este pasaje resulta bastante apropiado: "¿Qué es la razón? Es la facultad que me ha dado la naturaleza para aceptar un objeto y huir de otro en función del placer o dolor que de ellos puedo recibir."[Nota 5]Reveladora definición, pues la razón conduce al hombre por el camino de la vida que le otorgue más placer; no observa entonces otras consideraciones que las que nacen de los sentidos, lo que resuelve el problema de la contradicción entre ambas instancias, entre el equilibrio y el exceso: ahora ninguna desproporción, perversión o desmesura tendrá lugar, no adquirirá estatuto irracional, puesto que la razón podrá recorrer toda la escala del placer sin que pierda su categoría.

Debido a que los razonamientos del libertino le impulsan a privilegiar su pasión por sobre todas las cosas, llegando a un desenfreno que la sociedad no puede ver más que como maldad intencional, el razonamiento, el conocimiento y la filosofía que sustentan esa actitud no pueden identificarse más que con la malignidad congénita y la perversión de la conducta humana.

El libertino sádico utiliza su razón para aleccionar, instruir y educar, lo hace a sabiendas de que esto conduce a la maldad, pues para él el conocimiento no puede tener otro fin.

La filosofía es patrimonio de los libertinos sádicos, ellos son conscientes de esto y también de que una filosofía que sustente el bien, la virtud, no sólo es falsa sino imposible. El raciocinio, la reflexión y el conocimiento conducen unívocamente a la maldad libertina.

Sin embargo, Sade no es capaz de mantener siempre unidas la razón y la pasión, hay pasajes donde se oponen claramente y la primera es forzada a cometer y justificar excesos: "Si la fría razón nos aleja un momento de esa perversidad, la mano de las voluptuosidades nos lleva a ella, y no podemos abandonarla."[Nota 6]Bataille ubica aquí la contradicción fundamental e irresoluble del sadismo; desear conservar la claridad de conciencia hasta en los furores del frenesí y hacer ue éste sea aceptado en el reino de la razón, convertirlo en razonable.[Nota 7] Si el delirio sexual perturba la percepción de los sentidos y aniquila la conciencia razonable, hay que llegar a introducirlo en el reino de lo racional y lograr que se anule la mutua exclusión; es necesario llegar a fundirlos. De este modo el delirio pasa de excitar los sentidos a la excitación de la conciencia, y el disfrute y satisfacción de los sentidos dejarán de ser desenfrenados e intempestivos para convertirse en un ejercicio metódico y ordenado. De ahí que la repetición y reiteración del acto libertino sea, más que un acto sensual, un acto racional. No obstante, Sade es consciente de la imposibilidad de esta coincidencia, de los impedimentos que existen al tratar de establecer esa fusión.

En el pasaje citado resurge la oposición entre conciencia y pasión; razón ysentidos. Si en la mayor partede su obra Sade se ocupa de intentar unir el razonamiento y la sensibilidad, no es menos claro que igualmente resalta la imposibilidad de lograrlo y llega a convencerse de que no hay tal fusión: la razón sádica se torna así en una actitud sustentada por una pasión intensa, esto es, sólo revestida de una superficie racional.

Si no ha sido posible reconciliar la razón y la pasión de manera que ninguna domine a la otra y se expulsen alternativamente del centro de la motilidad, no hay otra opción que volver al esquema original, pero ahora el relevo es sustituido por un dominio continuo de la pasión sobre la razón.

Como puede observarse, la razón perversa no es el instrumento para conducir la actividad del individuo, pues aunque intenta hacerlo, inexorablemente queda supeditada a la potencia de las pasiones.

Ni el materialismo mecanicista ni la conciencia racional han podido sustentar la legitimidad de la perversión sádica, pues aunque Sade se mostró muy prolijo en las reflexiones que debían dar validez a uno y otro recurso, igualmente se ocupó en desintegrar y derribar ambos aparatos conceptuales, desamparando nuevamente al libertinaje. De este modo, la perversión queda sin nada que la legitime frente a la sociedad, lo que provoca que el libertino se vea una vez más sin mayor justificación que la intensidad de sus pasiones.

Queda finalmente el tercer recurso de legitimación, el menos denotado por los críticos del Marqués y el cual, a diferencia de los primeros, no está formulado explícitamente.

Después de exponer los razonamientos del Duque de Blanguis, uno de los cuatro libertinos de Las 120 jornadas de Sodoma, Sade dice de él: "Mediante razonamientos de esta especie el duque legitimaba todos sus defectos, y como tenía todo el ingenio posible, sus argumentos parecían decisivos. Amoldando, pues, su conducta a su filosofía, el duque, desde su más tierna juventud, se había abandonado sin freno a los extravíos más vergonzosos y más extraordinarios. "[Nota 8]

Aquí es donde se encuentra la clave de la dificultad para identificar, ordenar y comunicar un sistema filosófico del Marqués. En sus obras se utiliza la filosofía, la política, la historia, la física, etc., para legitimarvicios y perversiones. Los libertinos no profesan un apego a ningún sistema filosófico, se sirven de ellos de la manera y en el momento que más les convenga. Por este motivo se encuentran tantos pasajes contradictorios y confusos, pues su ideal no es el de construir un esquema rigurosamente lógico, sino un andamiaje verbal que perturbe y obnubile la conciencia de la víctima y del lector, que se extienda como una telaraña formando una trampa difícil de evadir.

En este sentido podría decirse que Sade es un sofista: mediante argucias, retrueques, argumentos falsos o conclusiones infundadas pretende justificar la intensidad de la pasión y arrastrar a sus víctimas hasta la confusión, tal como lo hacía el padre de Eugenia de Franval: "El ardiente Franval, quien, de acuerdo con su carácter, se había armado de tanta delicadeza para seducir con más fineza, pronto aprovechó la credulidad de su hija, y con todos los obstáculos puestos de lado, tanto por los principios que había nutrido a esa alma abierta a todo tipo de imprecisiones, como por el arte con el que la había cautivado en el último momento, completó su pérfida conquista, e impunemente destruyó la virginidad que por naturaleza y derecho, era su responsabilidad defender."[Nota 9]

Si no hay filosofía, moral o fuerza natural capaz de disculpar las inclinaciones del libertino, éste pareciera quedar sin legitimación alguna, pero, y es pertinente conceder atención a esto, la retórica misma es justificación, pues, utilizada a la manera de los sofistas, sirve no para encontrar los argumentos más útiles en la demostración de una tesis, sino los recursos discursivos más eficaces para convencer e instaurar la opinión propia por sobre las demás, sin que importe mucho si ésta se nutre o no de la verdad.

La conclusión que de lo expuesto se extrae es que el Marqués estaba consciente de las limitaciones del materialismo mecanicista, del racionalismo como acto de fe y de la imposibilidad de hacer coincidir simultáneamente la razón y la pasión en el centro de la motilidad humana. Pero estaba consciente también de que el hombre capaz de legitimar sus actos frente a los demás tenía todo el derecho de reiterarlos, aún si esta legitimación se consiguiera más por la incapacidad de la sociedad para refutarla que por su aceptación complaciente.

La tercera fuente de legitimación sádica expuesta, que aparece como la primera en importancia en el momento de justificar la perversión libertina, es la que menos espacio ocupa en las novelas de Sade y a la que explícitamente se le confiere menor importancia. No obstante, es la decisiva, aunque para percatarse de ello sea necesario primero aplicar estrictamente las proposiciones y reflexiones de los dos primeros recursos expuestos, llevarlos al extremo para así mostrar sus limitaciones.


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