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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1994

El contrato social


La corte de Luis Xv se caracterizó por un libertinaje público y espectacular. La influencia ejercida por su favorita, madame Pompadour, en todos los asuntos del gobierno francés, fue condenada y detestada. Pero las aventuras galantes no fueron exclusivas de la corte de este rey, pues antes y después se dieron ejemplos igualmente memorables. Lo especial en la corte de Luis XV fue el exagerado libertinaje y la influencia perniciosa de su amante.

En el siglo XVIII las aventuras amorosas de príncipes, duques, condes y marqueses eran un alimento común de las conversaciones en las tertulias nobles y plebeyas. La misma literatura del período eligió este tema como su preferido, y pronto las aventuras galantes de algunos personajes se volvieron legendarias, como las del Conde de Valmont o las del mismo Giacomo Casanova.

Pero éste es un libertinaje público, aceptado, y, de alguna manera, grato a la sociedad. La corte o el pueblo llano se complacía al observar el acecho a la virtud de una jovencita o una gran dama, siendo muchas veces recompensados con el espectáculo de la seducción y caída.

El Marqués de Sade hereda algunos rasgos de este tipo de literatura y de sus temas recurrentes, pero les da un giro brusco y sólido: el libertinaje pasa de la esfera social a la privada, deja de formar parte de la celebración pública y se circunscribe a un ámbito privado, subterráneo, oculto.

El claustro, el encierro, la mazmorra, son elementos imprescindibles de la literatura sadiana. Los libertinos se ocupan muy bien de practicar sus fechorías en sitios alejados de la luz y el bullicio, con lo que no sólo se sustraen del ambiente común, sino que convierten su sitio en uno totalmente diferenciado del exterior. En él cambian todas las normas y leyes sociales; se suprime todo lo que se asemeje a una convención social, pues ahora impera una tiranía libertina, con un código de leyes y preceptos que, tal como lo plantea Didier, hace pensar en un Estado dentro de otro Estado.[Nota 10]

Dentro del palacio, sótano o calabozo se ordena una sociedad nueva, una sociedad secreta, formada por libertinos que llevan una doble vida, pues en el exterior son ciudadanos respetables, cubiertos de distinciones honoríficas; son altos financieros, distinguidos nobles o influyentes prelados. Sus inclinaciones perversas no dañan su posición social porque no trascienden el estrecho recinto donde se manifiestan. Muy probablemente sea sólo en Alina y Valcour donde los hábitos depravados de los libertinos son conocidos más allá de los límites de su estrecha sociedad.

Más tarde, este tipo de asociaciones clandestinas fueron el fundamento de novelas como La histotia de O, donde se da una mezcla por demás inquietante de elementos sádicos con algunos ingredientes kafkianos. Pero en esta historia, la sociedad secreta es una especie de sustrato social, una especie de red que extensiva, territorialmente, abarca toda la sociedad, sin saber nunca si la persona que cruza por la calle, el chofer del taxi o el amigo entrañable forma o no parte de ésta. Las víctimas sádicas, en contraste, se liberan si logran trasponer el encierro al que se hallan sometidas, una vez fuera pueden dejar de temer, a menos que caigan nuevamente en los embustes de libertinos inconfesos, quienes valiéndose de mil engaños las reintegren a su coto de dominio.

Barthes alude a esta microsociedad sadiana concibiéndola como una agrupación altamente diversificada y estratificada, donde coexisten al menos "5 clases sociales".[Nota 11]Su aserto está fundado en el análisis de Las 120 jomadas de Sodoma, pero es difícil encontrar su reproduccion en otras obras. Es mucho más apropiado distinguir sólo dos tipos de individuos: los libertinos y las víctimas.

Este esquema no hace sino reproducir el sistema de la sociedad exterior, donde existen señores y sirvientes; amos y esclavos. A diferencia de aquél, no se disfraza con una máscara igualitaria; reconoce que siendo los hombres naturalmente diferentes es un contrasentido igualarlos mediante la ley. Debido precisamente a que esta igualación es superficial, tarde o temprano resurge dentro de la sociedad la diferencia entre individuos, todos intentando imponerse sobre los demás, de donde nuevamente nace la primacía del fuerte sobre el débil. El egoísmo es esencial en el individuo, no se elimina sencillamente con la simple convivencia humana o la instauración de leyes igualitarias: "Todos los hombres han nacido aislados, envidiosos, crueles y déspotas; deseando tenerlo todo y no dar nada luchan incesantemente para mantener sus ambiciones o sus derechos. El legislador llega y dice' dejad de luchar así, cediendo un poco cada uno la tranquilidad renacerá'. No tengo nada contra este punto, pero sostengo que dos clases de hombres no debieron haberse sometido a él: los que se mantienen los más fuertes y no tienen necesidad de ceder nada para ser felices, y los que por ser los más débiles se encontraban con que tenían que ceder infinitamente más que lo que se les había asegurado."[Nota 12]

El egoísmo es el fundamento del hombre, su comportamiento natural; la asociación humana busca restarle fuerza para imponer un espíritu comunitario, a costa de ceder en las aspiraciones individuales. Lo que Sade proclama es que nunca se liquida ese impulso natural. El egoísmo resurge interminablemente manifestándose en una oposición eterna entre el interés particular y el interés general: aquellos que se guíen por el primero tenderán a inclinarse hacia el vicio, serán viciosos, y los que se guíen por el segundo serán virtuosos.

La virtud o el vicio que se aprecia en los hombres corresponde a su disposición para sacrificar o privilegiar su disfrute personal en el medio social. Esta temprana formulación de un malestar en la cultura es solucionada por el surgimiento del sadismo, el cual se explica socialmente por la imborrable desigualdad de los hombres y su eterna persistencia.

En la microsociedad sadiana el libertino no busca convencer o persuadir a sus víctimas, pues éstas se hallan en un estado de dependencia que no les permite elegir; las reflexiones sádicas se dirigen más bien al lector o al mismo protagonista. Al lector porque no bastando el placer que el libertino obtiene de los sentidos, quiere extraer más de la repulsa y el temor que se manifiestan en aquél; confirma así su imperio sobre el cuerpo de la víctima y el alma de los lectores. Al protagonista porque además de la satisfacción carnal se deleita también con la que le brinda saberse dueño de la palabra, la reflexión y el pensamiento.

El sadismo implica relaciones de dominio absoluto, no sólo de la imposición de un individuo sobre otro, sino de su afirmación sobre toda la sociedad. Por este motivo el libertino no puede reconocer un individuo con su mismo estatuto, solamente acepta su asociación con otros libertinos en tanto ésta le permite realizar mejor sus fines particulares.

El egoísmo que se encuentra en el fondo del sadismo hace imposible su formulación utópica, al menos a la manera en que se encuentra en La historía de Julieta y La filosofía en el tocador. En estas obras se propone una sociedad armoniosa, fundada en las antípodas del antiguo régimen, pues debe asegurar la comunidad de mujeres para con los hombres, la desintegración de la familia, la adopción y educación pública de los niños y la comunidad de las riquezas.

No obstante, esta sociedad utópica pretende ofrecer la felicidad a todos los hombres, algo contrario al sadismo, que no sólo busca la propia antes que la ajena, sino que la obtiene mediante la infelicidad generalizada. De ahí que Klossowski explique la manera en la que el libertino se serviría del nuevo orden social: Instituid la comunidad de las mujeres para los hombres y de éstos para las mujeres, pero que sea para llenar los palacios públicos de la prostitución nacional. ¿Y la comunidad de los niños? Desde luego, para hacerlos más accesibles a la sodomía. ¿La supresión de la familia? Ciertamente, pero que una excepción confirme la regla: el incesto. ¿La comunidad de las riquezas? Para el robo..."[Nota 13]

El libertino sería feliz en la sociedad utópica si toda mujer fuese su víctima, todo niño su Ganímedes, su madre y hermana sus amantes y toda riqueza susceptible de apropiación. No obstante, a pesar de la singular interpretación que el sadismo podría dar a la sociedad utópica, tampoco en ésta quedarían satisfechas sus aspiraciones, pues dado que su carácter está fundado en la comisión de crímenes y la transgresión de las leyes en general, el cambio de unas leyes por otras no hace sino trasladar la contradicción, cambiar unos delitos por otros.

Una sociedad utópica libertina más coherente es la que se describe en Alina y Valcour: ubica en el ficticio país africano de Butúa un régimen autocrático y falocrático, donde el rey dispone de mujeres agrupadas en estamentos, cada uno destinado a cumplir una función dentro del reino: uno se encarga de las labores domésticas; otro de la custodia del palacio; otro de ofrecerse en los sacrificios; y el restante de complacer al rey.

No cabe duda de que se trata de una utopía muy especial, pues no busca la felicidad de los hombres sino la de uno solo, no se da un verdadero ideal social, lo que se aprecia es la formulación del sueño egoísta más absoluto.

Sin embargo, más allá de la utopía, el sadismo puede sobrevivir perfectamente en el antiguo o en el nuevo régimen, prescinde de toda convención social puesto que ninguna respeta, persuade a los demás de seguir su comportamiento no por filantropía ni para guiarlos al bienestar, sino para ser auxiliado en la satisfacción de sus pasiones por cómplices útiles.


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