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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1994 Primavera 1995

3. Perspectivas actuales


Una vez analizadas las condiciones en que se dieron el surgimiento y las transformaciones más importantes de la institución universitaria, es posible avanzar algunos puntos en torno a la situación contemporánea de la misma e intentar imaginarse algunas encrucijadas que afecten al actuar universitario, aunque sólo sea de manera hipotética.

Bien puede decirse que existe una analogía entre el momento actual y el inicio del siglo pasado, pero una afirmación de este género requiere de mayor puntualización y explicaciones colaterales.

Por lo menos tenemos un rasgo general que presenta muchas semejanzas. Tanto las esferas política y económica, como cultural y educativa, en cuanto que condiciones de contorno del actuar universitario, imponen retos a la universidad desde fuera de sus límites estrictamente académicos, y esto es igual en nuestros días que al inicio del siglo pasado. En ese sentido puede decirse que hoy como ayer persisten las mismas características de contorno.

Se podría pensar que siempre fue así, sin embargo ya hemos podido ver que la universidad medieval no tenía este rasgo, justamente por no ser profesionalizantc. Entonces, si la profesionalización continúa como labor universitaria hasta hoy, se puede decir que el presente tiene ese rasgo en común con el momento en que la labor profesionalizante apareció en el actuar universitario.

Siempre que interviene la analogía es necesario ser sumamente cautos y establecer con claridad el fundamento que la sostiene. En efecto, lo propio de la analogía consiste en establecer una relación comparativa, entre miembros totalmente diversos. Por lo tanto, si comparamos las condiciones de la universidad contemporánea con las que rodearon a la del siglo XIX, lo primero que debemos establecer, de manera enfática, es que en sí mismas las condiciones son totalmente distintas, y sólo en algunos rasgos pueden ser comparables. Pues bien, el primer rasgo común que encontramos entre esas condiciones diversas consiste precisamente en la función universitaria de la docencia profesionalizante.

Sin embargo, creo posible encontrar más rasgos similares entre ambos momentos históricos. Si observamos en perspectiva histórica lo que está sucediendo en la actualidad en torno a la globalización económica por un lado, y a la reafirmación étnica-nacionalista por otro, se puede percibir un cierto rasgo común con lo que sucedía hace ya casi doscientos años. Veámoslo más detenidamente.

En efecto, la globalización económica que está generando amplias zonas interconectadas regionalmente, se asemeja a la expansión territorial napoleónica, que con sus insaciables hazañas de conquista se extendió por una gran parte de Europa centro-oriental e incorporó nuevos territorios coloniales. Por otro lado, la afirmación de los valores étnicoculturales que afectan algunas regiones del mundo contemporáneo incluso de manera violenta, se asemeja a la retracción de Alemania en su afán de llegar a constituirse como nación. Es necesario remarcar que semejanza no es igualdad, por lo que en sí mismas las situaciones son totalmente distintas.

Asentado que el análisis que nos ocupa sólo trata de esclarecer las perspectivas que puedan aguardar a la acción universitaria en las actuales circunstancias, no está de sobra recordar que el análisis de la complejidad del momento presente excede en mucho los límites de este ensayo.

Refiriéndonos pues a nuestro particular objeto de reflexión, se puede decir que en lo general a una estructura universitaria nacida en las turbulentas condiciones del siglo XIX, y afinada durante un poco más de la mitad del presente siglo le aguardan encrucijadas sumamente difíciles de sortear.

No cabe duda que la eficacia de la forma organizacional del trabajo académico, centrada en la formación de profesionales y en el cultivo de la ciencia, ha sido tan contundente que, andando el tiempo, ha rebasado con mucho la capacidad del contenedor universitario. Lo anterior quiere decir que la universidad moderna, tomando el camino francés de facultades, escuelas e institutos; siguiendo el modelo alemán de facultades y departamentos; o bien combinando ambas modalidades, ha cumplido a plena satisfacción su cometido.

No cabe la menor duda que en el momento actual, a pocos años de acabar la década, la centuria y el milenio, existen muchos más núcleos de profesionistas y científicos dedicados a la investigación científica. A estos nuevos núcleos pertenecen los institutos de investigación públicos o privados, a los que se han unido las divisiones de investigación pura y aplicada de no pocas empresas industriales de muy diversas ramas de la producción.

Indudablemente, el florecimiento de escuelas técnicas, politécnicos y tecnológicos, también ha ampliado la capacidad formativa-profesional. De esta forma, la carga de absorber una demanda matricular creciente hoy es compartida por múltiples instituciones educativas.

Frente a este fenómeno, la universidad contemporánea sufre una gran tentación dentro y fuera del campus. En el ámbito educativo, la creciente demanda de saberes aplicados ha incidido de forma tal que no pocas instituciones universitarias, sobre todo las de carácter público (por lo menos en nuestro país), se han visto compelidas a determinar su rumbo por la vía de la absorción de la matrícula en áreas de carácter enfáticamente aplicativo-profesional. Con ello, el cultivo del conocimiento en sí mismo, por su carácter formativo y liberador de la conciencia humana, ha decrecido en forma contundente.

Para sostener un ambiente en el que se cultive la ciencia, la cultura y la conciencia humanas, son necesarias comunidades académicas capaces de generarlo, sin la presión de la mayor o menor aplicabilidad técnica o productiva de lo que se enseñe. Por ello, las universidades se han visto invadidas por un ambiente diverso al descrito. La aplicabilidad y la inmediatez, propias de la inteligencia instrumental, o en la terminología weberiana, la racionalidad instrumental por oposición a la racionalidad formal, se ha enseñoreado de los diversos campos de la educación superior.

Es verdad que no se trata de un fenómeno nuevo en nuestro país, sólo se ha generalizado por vía de la demanda. En efecto, el peso excesivo que la sociedad mexicana otorgó al credencialismo universitario, como factor decisivo en el escalamiento social, no es de ayer. Ahora bien, las exigencias actuales han agravado esta situación, colocando a la institución universitaria en un grave peligro, pues no cuenta con las condiciones óptimas para contribuir a la generación de una masa crítica, científica y creativa.

En la analogía entre el fin del siglo veinte y los inicios del diecinueve, vemos que falta uno de los miembros de la comparación, específicamente aquél que corresponde a lo que Alemania hiciera en cuanto al cultivo de la ciencia pura. Hoy los nacionalismos étnico-culturales están produciendo los mayores núcleos de violencia, y no se ve que a ésta esté correspondiendo una mayor reflexión en las instituciones universitarias de estas regiones.

En cuanto a la educación universitaria, pareciera que el sentido utilitario de la profesión ha desplazado, casi de manera completa, otros sentidos centrados en el ser humano, como el cultivo de la ciencia y del saber en sí mismos, la forja de la propia conciencia, el despliegue de las potencialidades humanas, etc.

En el momento actual no es de extrañar que las posiciones y análisis sobre la educación transiten por otros derroteros, pues asignan a ésta un valor meramente mercantil, basado en el impacto innegable de las nuevas tecnologías en el mercado de trabajo. Por lo mismo, casi todos los autores que han dedicado algún esfuerzo al análisis de la educación contemporánea, de una u otra forma sucumben a la perspectiva económica, aunque ni siquiera ven el enorme costo de la hipoteca que lleva consigo esta prevalencia unilateral.

La economía ha transferido a la transmisión y apropiación delconocimiento un recorte sumamente simple pero de enorme repercusión. Se basa en un razonamiento sencillo y aparentemente inocuo: "Todo conocimiento para que tenga valor debe ser útil". En este caso valor, aplicado al conocimiento significa: "precio con que se puede ofrecer en el mercado", esto quiere decir que el conocimiento es entonces sólo una mercancía, que su ausencia o presencia incidirá, como otras muchas, en el precio final del objeto, de ahí su utilidad.

Pero además, la economía ha transferido al acto cognoscitivo y a su efecto propio un recorte aún más drástico, pues ya ni siquiera se postula la necesidad de ponerse en contacto, de discutir, de ampliar o rechazar el conocimiento existente, sino que sólo aquel tipo de conocimiento aprovechable en el mercado por la producción merece la atención. Saberes de alta eficacia productiva, por los que se hacen bienes (es decir, mercancías que están a la mano para ser consumidas), o se otorgan servicios (que en algunos casos quiere decir dar servicio al servicio previamente otorgado).

Por estos recortes, que asume con toda tranquilidad la sociedad contemporánea, se cometen ilegitimidades, incluso teóricas, al hablar de educación. En efecto, en el saber hacer propio del homo faber, lo mismo se incluyen nociones teórico-abstractas de las ciencias puras, que conocimientos práctico-empíricos o habilidades y destrezas sensoriomotrices. Es verdad que todas estas denominaciones pueden ser conocimiento humano, pero también es verdad que en ellas no se agota el mismo.

Por ello, algunos no dudan en calificar a la educación como una inversión en el capital humano, lo que en realidad es una reducción de la inteligencia a su ámbito meramente instrumental. Estos casos son extremos, pero muy significativos. [Nota 2]

Otros teóricos contemporáneos rehúsan aceptar como válidas la relación directamente proporcional entre educación y producción, para lo que hacen intervenir otros elementos de corte social más amplio, sin que logren escapar al marco mercantilista que ha reducido el carácter propiamente humano de la educación, en tanto que cultivo del propio ser. [Nota 3]

Pero por este tipo de excesos e ilegitimidades, la universidad no puede abdicar de su específica función al interior de la sociedad, pues si lo hiciera todos, y especialmente la sociedad misma, perderíamos. Por ello, la universidad debe seguir siendo el espacio privilegiado donde mediante su interpretación, se recupera el pasado; con la crítica certera y constructiva se analiza el presente; y, por el cultivo de la creatividad, se prefigura el porvenir.

En este sentido es acertada la apreciación de David Noble cuando dice que ninguna institución está equipada como la universidad, pero el problema surge cuando únicamente enfatiza los requerimientos de la industria moderna en ingeniería y en ciencia, [Nota 4]sin considerar el papel formativo que tiene el contacto con el conocimiento por el conocimiento mismo y la incidencia de este factor en la justipreciación de la irrenunciable dignidad humana.

Por cierto, no existe espacio social alguno que posea las características de la universidad. Aun en los peores momentos de ostracismo academicista, cuando por los campus universitarios no pasó la inquietud social o científica, la universidad mantuvo una presencia sin cuyo influjo hasta las academias y las sociedades científicas hubieran sido impensables.

Permitir el paso de las generaciones nuevas por este espacio puede potenciar la reflexión sobre la complejidad de lo humano y evitar reduccionismos fáciles que, en el mejor de los casos, lo son en la perspectiva del conjunto. Reducción irremediablemente implica pérdida.

Sin embargo, a este influjo no escapan ni siquiera los organismos internacionales. En efecto, debido a las evidentes diferencias económicas que hoy existen entre los pueblos y las naciones, la educación tiende a ser considerada como un factor en las estrategias económicas para alcanzar el desarrollo. Así lo manifestó la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) en un documento de 1990.[Nota 5]Pero aún cuando se utiliza un concepto ético como el de equidad, al aplicarlo a la educación en tanto que producción de conocimiento y acumulación de capital humano, reduce el potencial humano a su capacidad fabril, lo que supone un cercenamiento ético que afecta directamente a la acción formativa de la universidad.

Si la universidad sucumbe ante estos embates, la sociedad pierde el único bastión que pudiera, eventualmente por la vía educativa-formativa, cambiar la direccionalidad de un capitalismo materialista galopante, que ante todo avasalla al propio ser humano. El peligro es mayor en casos como el nuestro, en el que está muy arraigada la expectativa de escalamiento social por vía de la educación, que combina muy bien y sirve a los intereses de reducir la función cognoscitiva a una mera aplicación de la racionalidad instrumental.

Sin embargo, para combatir este peligro es necesario un ambiente propicio, formado por las comunidades de académicos que constituyen el alma de la vida universitaria. Por una curiosa paradoja, durante los últimos 18 años en nuestro país las universidades públicas han enfrentado los embates derivados de la reducción en el gasto público sobre educación, que ha imposibilitado la formación y conservación de grupos académicos que pudieran cohesionar la vida universitaria en torno a inquietudes más amplias sobre el hombre, la ciencia y la investigación y su sentido.

Por otro lado las instituciones privadas, presionadas por requerimientos curriculares profesionalizantes de gran especificidad y eficacia, se han visto empujadas a llenar su capacidad matricular, de suyo limitada. En ambos casos el resultado es similar en cuanto al debilitamiento de los grupos académicos y al aumento de profesionales que eventualmente atienden cursos específicos, sin participación enfática en la vida académica.

En estas circunstancias, los peligros para la institución universitaria brotan tanto del exterior como del interior. Del exterior, al exigírsele que centre su atención en la formación técnica-profesional del estudiantado; del interior, por la dificultad de congregar comunidades académicas dedicadas al cultivo del conocimiento por el conocimiento mismo, sin ceder a la tentación de validar únicamente el conocimiento de aplicación inmediata.

Ante lo expuesto, la universidad no puede ni debe comprometer su propia direccionalidad, cediendo indiscriminadamente a las exigencias de un mercantilismo que únicamente ve en el profesional un insumo más de la cadena productiva, que como cualquier otro, puede ser estandarizado y reemplazado.

Es verdad que la universidad no puede abstraerse de los requerimientos del entorno, por lo tanto el reto consiste en responder a ellos sin perder su especificidad y compromiso de formar no sólo profesionales sino seres humanos armónicamente desarrollados.

En la analogía planteada al inicio de este apartado parece que algo le falta a nuestro momento actual. En efecto, a mi juicio la línea francesa de potenciar la profesionalización ha llegado a niveles de una enorme eficacia y trascendencia, sin embargo la línea alemana que propugnó un cultivo de la ciencia y del saber en sí mismos no encuentra su correlato. Como antaño, la educación profesional responde al movimiento expansivo de la economía, pero al retraimiento étnico, cultural y nacional hoy no está respondiendo un movimiento universitario que propugne por una formación integral del ser humano en tanto que tal.

Bien pudiera suceder que si únicamente se enfatizan los elementos profesional-aplicativos sin la necesaria formación en lo humano, lo ético y lo cultural se estén propiciando endurecimientos e intolerancias, que al chocar en el campo de los valores o de las manifestaciones étnico-culturales y nacionales podrían derivar en actitudes violentas, como ha ocurrido en el oriente europeo y en el corazón de África.


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