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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1994 Primavera 1995

3. Educación Superior


En otros países se denomina Tercer Ciclo, Nivel Terciario o Estudios postsecundarios. En México, como en la mayor parte del mundo seguimos llamándola Educación Superior. Educación parece un término usual, aunque de vez en cuando no estorbaria que aparezca entre signos de interrogación. Superior, es igualmente usual, si bien las otras denominaciones parecen advertirnos de un contraste: primaria, secundaria, pero en lugar de terciaria, superior. Básica, media, superior; básica es una valoración, como superior, pero que no decora más al sustantivo educación que la hoy poco recordada calificación de "elemental" (o "primeras letras"). Superior supone inferioridad de los otros "niveles" (otra palanca valorativa, a diferencia de "ciclos"). Superioridad. Algo parecido pasa con las dos parejas que compiten dentro del nivel superior: grado-posgrado (la licenciatura gradúa) y pregrado-grado (la maestría y el doctorado son los que gradúan, con lo que se "degradan" las licenciaturas en su capacidad de "licenciar").

Quizá una de las hominizaciones de Dios le asigna una inteligencia superior, un ser superior. ¿Sería que el calificativo de superior aplicado al tercer ciclo sugiere una deificación de esos estudios?

Son diversas las fuentes que alimentan la superioridad: el hecho de que todavía en ninguna parte se haya decretado la obligatoriedad del tercer ciclo, lo garantiza como nivel electivo, tanto para quienes eligen cursarlo como para que las instituciones que escogen los sujetos a admitir. Mercadeo de los dones. Pero tal vez la más arcaica de las figuras sea la de la superioridad de la teoría sobre la práctica. En la academia de Platón se cultivaba la filosofía. Las primeras universidades enseñaban teología y una de las primeras prácticas reconocida como arte superior: la medicina. El derecho fue acogido tempranamente. Las artes constructivas tardaron más tiempo en superiorizarse y las industriales se fueron filtrando, aunque se las trató de recluir en los institutos tecnológicos. Demás está decir que la pedagogía es desde hace poco una carrera universitaria, tal vez a partir del momento en el que ya no se pudo seguir impidiendo la irrupción femenina en el recinto de los "altos estudios". La teoría corresponde a la cabeza, la parte más "elevada" del cuerpo en posición erecta. La más lejos del suelo, de la madre tierra, de la madre naturaleza, de la mater materia. La más cerca del cielo, donde habita Dios Padre: no deja de ser una señal que las universidades hayan nacido en torno a las catedrales, las más altas campanas, las más altas torres.

En lo que va del siglo que estamos terminando, se consolidó la "elevación" de muchas tecnologías. Se desarrollaron con poderoso brío los institutos tecnológicos, politécnicos, dentro, fuera, y a veces sobre las universidades. Poco a poco se han ido posicionando entre los peldaños selectos del reconocimiento distinguido. La tecné se ha apareado a la episteme en la cima, en tanto la filosofía busca afanosamente amarrarse al remanente de sombras de los punteros, y la sofía, la sabiduría, antigua reina griega, se recluyó desconcertada en algún lugar lejano de las instituciones educativas.

No solamente los tecnológicos disputan la cúspide. Las universidades están siendo trasvertidas con el ethos y el logos de las producción, tanto en su identidad (ahora son una subclase de las "IES" en el idioma burocrático), como en su modo de gestión y en su organización pedagógica. Hasta sus más íntimos modos se registran en la contabilidad que imponen los mecanismos guardianes de la "excelencia" (símil de la empresarial "calidad total", aunque ese ámbito incluye un rescate de los valores convivenciales y la satisfacción de la pertenencia, en tanto que su novedosa pariente académica, quizás porque acaba de nacer, padece del síndrome taylorista).

En fin. Una educación superior que conserva aún su imaginario de superioridad, pero que por otra parte ha tenido que ir incorporando el ethos del trabajo antiguamente definido como manual para mantenerse con los pies en la tierra, es decir, en el presupuesto y en la estima de las nuevas élites. Una educación cuya superioridad debe ser corroborada y probada con evidencias objetivadas por los instrumentos de vigilancia que se van diseñando año a año. Una superioridad a la que se exige "responsabilidad", adaptabilidad, capacidad para responder a las demandas que provienen de los mercados de empleo.


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