©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1994 Primavera 1995

PENSAR LA EDUCACIÓN DESDE LA ÉTICA:EXILIO Y RETORNO DE LA RAZÓN PRÁCTICA

Author: J. Curráis Porrúa[Nota 1] y M. Pérez-Froiz[Nota 2]

La cultura del positivismo y el exilio de la razón práctica
La rehabilitación de la razón práctica y la recuperación de la dimensión ética de la acción educativa
La construcción de normas y valores desde la racionalidad comunicativa: Pensar la educación desde la ética discursiva
Bibliografía

La cultura del positivismo y el exilio de la razón práctica


La cultura del positivismo (Giroux, 1990) ha invadido y colonizado el mundo de la educación y, por ende, el campo del currículum, con sus diversos elementos. La dicotomía entre hechos y valores, entre medios y fines y entre teoría y práctica, propia de la epistemología positivista (Contreras, 1990) ha supuesto el triunfo de la racionalidad instrumental o técnica (Schön, 1992) en la educación.

El positivismo, al identificar la racionalidad con la ciencia, relegó la ética al ámbito de la irracionalidad y de la privacidad. Siguiendo el ideal weberiano de la Wertfreiheit, del conocimiento científico libre de valores, que trata de hechos objetivos, el positivismo realizó una separación radical entre ciencia y ética.

Los mitos de la neutralidad axiológica, de la objetividad absoluta y de la autonomía de la ciencia popularizados por el neopositivismo, configuraron el cientificismo, absolutismo y dogmatismo de la ciencia, haciendo posible la antítesis entre el weberiano politeísmo axiológico (en cuestión de valores cada cual tiene su dios) y el monoteísmo de la razón instrumental. Con ello, la misma ciencia y la técnica cumplen la función ideológica que antaño desempeñaban las consmovisiones religiosas (Hahermas, 1984).

Desde Wittgenstein y el Círculo de Viena la ética quedó reducida, como la metafísica, al silencio y a la Sinnlosigkeit. Pero, a pesar de ello, la tradición analítica siguió hablando de ética. La consecuencia del reductivismo positivista fue el emotivismo moral, para el que los juicios morales son mera expresión de emociones subjetivas; de forma que decir "X es justo" equivale a decir "yo apruebo X, apruébalo tú también".

Ello ha hecho decir recientemente a Mac Intyre (1987) que el emotivismo moral es la moral social de nuestra época, pues usamos el lenguaje moral con la íntima convicción de que expresamos sentimientos subjetivos, de los que podemos persuadir a los demás, pero sin poder llegar a un acuerdo racional. Al constatar el fracaso del proyecto de la modernidad, Mac Intyre acepta el triunfo inevitable de la razón instrumental, cuando afirma que en el reino de la práctica la razón sólo puede hablar de medios, pero sobre los fines, sobre los valores, debe callarse.

La invasión de la racionalidad instrumental, que eliminaba a la racionalidad axiológica, suponía el dominio del modelo tecnológico y eficientista del currículum (Gimeno, 1989). De ello derivaba la consideración de la educación como una acción técnica que, como la poiésis aristotélica, sólo adquiere valor como medio para producir resultados externos a la propia acción. De esta forma, la calidad de la educación se medía por los rendimientos académicos, como cualquier producto del mercado.

La pedagogía por objetivos operativos, apoyada por la psicología conductista (Gimeno, 1988) identificó las metas educativas con los resultados académicos, justificando así la ideología dominante del eficientismo economicista. La positivización y tecnificación de la educación eliminaba toda discusión racional sobre las metas y los fines educativos, que venían decididos de antemano. Al pretender plasmar la neutralidad axiológica en el diseño curricular se expulsaron del currículum formal las normas y los valores, dejándoles un reducto en las clases de religión y de ética, pero éstos seguían transmitiéndose por currículum oculto (Torres, 1991).

Signos de la invasión de la educación por la cultura del positivismo eran también la conversión de la evaluación educativa en una acción técnica, reducida a la medición y cuantificación de resultados, lo que le daba apariencia de objetividad y neutralidad, ocultando los aspectos éticos de la misma; el énfasis excesivo en la metodología y en las técnicas de enseñanza, la prioridad del cómo enseñar sobre el por qué y el para qué de los contenidos y objetivos del currículum.

La propia función docente fue reducida a la dimensión técnica de aplicar métodos o programas diseñados por expertos externos desvinculados de la práctica, síntoma evidente de la alienación docente, que reflejaba la separación de teoría y praxis educativa.


Inicio del artículoRegresosiguiente