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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1994 Primavera 1995

La construcción de normas y valores desde la racionalidad comunicativa: Pensar la educación desde la ética discursiva


Tanto Piaget como Kohlberg (Cfr. Hersch, Reimer Y Paolitto, 1984), siguiendo la tradición kantiana de la razón práctica, nos enseñaron que el desarrollo moral es paralelo al intelectual y que la autonomía moral no le viene dada al sujeto moral, sino que éste ha de construirla. Pero ambos añaden a Kant la perspectiva de la interacción y la cooperación social.

Desde un enfoque cognitivista y constructivista del aprendizaje, para Piaget (1984) la formación de la conciencia moral no se explica por la simple influencia del medio ambiente ni por procesos innatos, sino por la construcción activa del sujeto moral a través de la interacción social con otras personas. Las relaciones de presión adulta, de autoridad y de respeto unilateral hacia las normas crean heteronomía, mientras que las relaciones de cooperación entre iguales y de respeto mutuo crean autonomía moral. La cooperación estimula tanto el crecimiento intelectual como el moral.

L. Kohlberg completa la investigación piagetiana con la teoría de los estadios de la evolución de la conciencia moral, elaborando una interesante aplicación pedagógica. Utilizando una metodología interactiva de discusión de dilemas morales, el juicio moral es construido intersubjetivamente a través del diálogo socrático y del procedimiento de la asunción ideal de rol, que produce desequilibrios cognitivos y hace posible el paso de un estado inferior a otro superior. Kohlberg además concibe la vida del aula como una democracia participativa y persigue el ideal de hacer de la escuela una "comunidad justa".

La teoría ética cognitivista y constructivista de Piaget, y especialmente de Kohlberg, es continuada y completada por la ética discursiva de J. Habermas (199la) y K.O. Apel (1991). La ética discursiva, también denominada ética comunicativa y ética dialógica es, como la kantiana (Habermas, 1991b), deontológica y congnitivista; en oposición a todo emotivismo; universalista en oposición al relativismo; y procedimental por proponer el diálogo o el discurso como el procedimiento para construir y legitimar las normas correctas. En cuanto ética universal de principios, corresponde al nivel post-convencional de Kohlberg.

Pero lo que añade la ética discursiva a Kant, es la dimensión lingüística de la comunicación discursiva. Hay un paso del monólogo al diálogo, del "yo pienso" al "nosotros argumentamos", del solipsismo de la conciencia a la comunidad de diálogo -en Habermas- o comunidad de argumentación -en Apel. La ética discursiva, siguiendo la herencia socrática, ha mostrado que la razón es esencialmente dialógica. "El gran acierto de la ética comunicativa ha sido descubrir que la ética es comunicación, diálogo" (Camps, 1991, p. 250).

El principio específico de la ética discursiva, que reformula dialógicamente el imperativo categórico kantiano, afirma que sólo pueden pretender validez las normas que sean aceptadas por todos los afectados tras un diálogo celebrado en condiciones de simetría (Habermas, 199la), y que tenga en cuenta los intereses de todos. Por eso es una ética de responsabilidad solidaria (Cortina, 1985) e implica la idea de una dernocracia participativa (Cortina, 1990/92), que si es aplicable al campo de la política (Rubio, 1992) no lo es menos al campo de la educación, como pretendía Kohlberg.

La acción comunicativa, que busca el entendimiento intersubjetivo y el consenso racional a través del mejor argumento, es axiológicamente superior a la acción estratégica, que sólo busca el éxito a través del argumento más persuasivo. El ethos dialógico de la ética discursiva bien puede servirnos de modelo para superar el ethos individualista y monológico de nuestros centros educativos, siendo la "comunidad ideal de diálogo" una idea regulativa a la que deben aproximarse nuestros diálogos reales y nuestros acuerdos fácticos en la educación.

El sujeto autónomo y solidario de la ética dialógica, dotado de competencia comunicativa, supera al yo narcisista de la posmodernidad y al yo comunitarista de la premodernidad. Más allá del cientificismo y del emotivismo, la ética discursiva se alía con una pedagogía crítica (Giroux, 1990) y liberadora y se compromete con valores como el diálogo, la colaboración, la autonomía, la democracia, la justicia o la solidaridad, que pueden servir de norte a los currícula y a la práctica de nuestros centros educativos. Desde la ética dialógica ya no se puede decir que en cuestión de normas y valores cada cual tiene su dios.


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