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La esencia humana la integran dos elementos: la materia o cuerpo y la forma o espíritu. Beuchot, defendiendo una de las interpretaciones de Santo Tomás, dice que ambas son substancias incompletas de cuya unión resulta la persona humana.
No obstante, para él, la forma es más perfecta porque la materia es potencia, por ende, imperfecta; y la forma es acto, por tanto, perfecta. La forma o alma es más perfecta porque sigue existiendo aún después de que el cuerpo se corrompió. Así, el alma es incompleta en cuanto a su esencia, no en cuanto a su sustancialidad, porque tiene que estar unida al cuerpo para prefeccionarse obteniendo conocimiento, virtudes, etc. Pero es completa en cuanto a su existencia porque es inmortal. De aquí que la forma le confiera al hombre (y a cualquier ser finito corpóreo) su dignidad; "el hombre tiene la gran dignidad que le da el espíritu".
La existencia es la que actúa y manifiesta la esencia; es el acto de ser de la esencia.
Ahora bien, la esencia humana, dice nuestro pensador, no cambia. Trátese de un feto, o de un niño..., o de un anciano, la esencia humana: cuerpo y alma, siempre será la misma. Lo que varía en el hombre es, por un lado, la existencia:
como feto, niño ... ; y por otro, añadamos nosotros, los accidentes: del cuerpo: tamaño, peso, volumen ... ; del espíritu: los diversos
aspectos del conocimiento, diferentes tipos de hábitos, etc.
En virtud de que la esencia humana, desde que se unen óvulo y esperma, siempre es la misma, Beuchot dice, en primer lugar, que el aborto es un asesinato; y, en segundo término, el hombre siempre será sujeto de todos "sus derechos dondequiera que se encuentre". ![[Nota 6]](../../imagenes/footnote.gif)