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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1995

Capítulo I Alejamiento de Teófilo de la vida virtuosa. Cristo y Santa María negados con juramento.


(1) Sucedió que, antes de que se realizase la incursión de la execrable raza de los persas en el estado romano, en una ciudad denominada Adana, perteneciente al segundo distrito de Cilicia, vivía un vicario de la santa iglesia de Dios, de nombre Teófilo, sobresaliente por sus costumbres y modo de vida, quien con serenidad y absoluta moderación razonablemente gobernaba tanto los asuntos atañederos a la iglesia como el propio redil de Cristo, de modo tal que a causa de ésa su afortunada mesura el obispo descansaba en él para cualquier acto administrativo relacionado con la iglesia o con la totalidad del pueblo. Por lo que todos, desde el más grande hasta el más pequeño, dábanle gracias y lo amaban. Pues a los huérfanos, a los desnudos y a los indigentes con pertinencia suministraba lo adecuado.

(2) Ocurrió entonces que, habiéndolo llamado Dios, el obispo de dicha ciudad llegó al fin de su vida, e inmediatamente todos los eclesiásticos y el pueblo entero, profesando afecto al vicario y reconociendo su diligencia, de común acuerdo decretaron que fuera hecho obispo y dirigieron sin demora el solemne decreto al obispo metropolitano. Éste, recibido aquél y reconocidas las virtudes del varón designado, asintió a lo decidido por los solicitantes y ordenó compareciese el vicario. Éste, sin embargo, tras de recibida la carta del obispo metropolitano, de inmediato rehusó a viajar, rogando a todos que no lo compelieran a ser hecho obispo sino que les bastara con que fuese vicario, y afirmando y declarando solemnemente no ser merecedor de un cargo de tan gran honra. No obstante, como el pueblo lo apremiara, tomado por debajo del brazo fue conducido hasta el obispo metropolitano y recibido con gozo. La consagración era inminente. Pero él entonces, postrado en el suelo, abrazando los pies del obispo suplicaba que nada de eso se ejecutase en él, proclamándose completamente inmerecedor del rango episcopal y consciente sin reservas de sus propios pecados. Y luego de que durante mucho tiempo estuvo inmóvil en el suelo y humillado así a los pies del obispo, se le concedió un lapso de tres días para que reflexionara. Ahora bien, después del tercer día, llamándolo ante sí el obispo comenzó a exhortarlo y a elogiar su pericia. Pero él se declaraba indigno de ascender los peldaños de sitial tan eminente. Por lo cual, viendo tal persistencia suya en la obstinación y que de ninguna manera quería dar su consentimiento, el obispo lo despidió y promovió a otro hombre, digno, para que ejerciera el cargo episcopal de aquella iglesia.

(3) Más tarde, consagrado ya el obispo y cuando hubieron retornado a su propia ciudad, algunos clérigos lo incitaron a que, removiendo al anterior, nombrase vicario a otro miembro de la iglesia. Hecho lo cual, el que había sido separado de su cargo precedente sólo se ocupaba de la atención de su casa. Ahora bien, el astuto adversario y envidioso enemigo del género humano, al ver a ese varón vivir modestamente y dedicarse a ejecutar buenas acciones, comenzó a hacer latir su corazón con pensamientos depravados, haciendo entrar en él los celos por el vicariato y la envidia de la ambición, y lo encaminó hacia esas abominables e inicuas deliberaciones con la que no la divina sino la humana gloria deseara y, más que la celeste, apeteciera una transitoria dignidad, todo ello a grado tal que demandase los auxilios de los hechiceros.

(4) Residía por entonces en la misma ciudad cierto nefandísimo hebreo, operador de todo tipo de artes diabólicas, quien, con sus artificios para hacer negar la fe, a muchos había ya sumergido en el foso infernal de la perdición. En tanto, encendido de inane gloria, el infelicísimo vicario había caído en revolver dentro de sí, confusa y obstinadamente, la avidez por este mundo, y ardía con el deseo de la ambición. Por lo cual con rapidez acudió de noche al susodicho hebreo y, llamando a su puerta, solicitaba acceso. En consecuencia, viéndolo abatido así, aquel hebreo odioso a Dios lo invitó al interior de la casa y le dijo: "¿A causa de qué has venido a mí?" Y él, cayendo humillado ante sus pies, decía "Te lo ruego, ayúdame, porque mi obispo ha ejercido injuria contra mí y me ha llevado a la ruina con eso." Le respondió el execrable hebreo: "Mañana por la noche, a esta hora, ven a mí, y te conduciré a mi señor y él te ayudará en lo que quieras." Aquél entonces, oyendo esto con alegría, actuó así y a media noche vino a él. El nefando hebreo, por su parte, lo condujo al circo de la ciudad y le dijo: "De cualquier cosa que vieres u oyeres no te horrorices, y no hagas para ti el signo de la cruz." Habiéndolo prometido él solemnemente, de pronto le mostró unos entes vestidos de blanco, con una multitud de candelabros y dando grandes gritos, y su príncipe sentado en medio de ellos: eran en verdad el Diablo y sus ministros. Ahora bien, sujetando el desdichado judío la mano del vicario, lo condujo a la infame asamblea. Y el Diablo le dijo: "¿Por qué has traído hasta nosotros a este hombre? " Respondió: "Juzgado sin justicia por su obispo, y habiéndome solicitado vuestra ayuda, señor mío, lo he traído." Dijo entonces aquél: "¿Qué clase de ayuda he de prestar a un hombre que sirve a su Dios? Más si desea ser mi siervo y ser contado entre nuestros militantes, lo auxiliaré de tal modo que pueda hacer más que anteriormente e imperar sobre todos, el obispo inclusive." Vuelto hacia él, dijo el hebreo al infeliz vicario: "¿Oíste lo que te dijo ? " Él respondió: "Lo he oído, y cualquier cosa que me pida la haré en tanto que me auxilie." Y comenzó a besar los pies del príncipe y a rogarle. Dijo el Diablo al hebreo: "Que niegue al hijo de María y a ella misma, porque me son odiosos, y que ponga por escrito que los niega absolutamente, y cualquier cosa que quisiere la obtendrá en tanto que los siga negando." Entonces Satanás se introdujo en el vicario y éste dijo: "Niego a Cristo y a su madre." Y haciendo un pacto autógrafo puso cera en él y lo selló con su propio anillo, y se retiraron ambos con gran gozo por su perdición.

(5) Ahora bien, al día siguiente, con todo honor vuelto a llamar de su retiro el vicario, el obispo -movido, pienso, por la Divina Providencia-, expulsado vergonzosamente aquél a quien él mismo promoviera, otra vez instituyó al primero como vicario y delante de todo el clero y del pueblo le confirió autoridad para la administración de la santa iglesia y sobre las posesiones que le correspondían así como sobre la multitud entera. Y fue privilegiado doblemente de cuanto lo fuese antes y de nuevo sublimado en honor, a grado tal que el obispo en voz alta declaró que había pecado al rebajar a tan idónea y perfecta persona y promover a un inútil y menos idóneo. Nuevamente provisto de poder, comenzó a dar órdenes y a enaltecerse por encima de todos el propio vicario, obedeciéndolo todos con miedo y temblor y sirviéndolo durante poco tiempo. Mas con frecuencia el execrable hebreo se dirigía ocultamente al vicario y le decía: "¿Has visto de qué modo de mí y de mi señor obtuviste beneficio y rápido remedio en lo que impetraste?" Y él: "Lo confieso y en verdad doy gracias por tu cooperación."


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