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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1995

Capítulo II Arrepentimiento de Teófilo. Esperanza de perdón obtenida de la virgen madre de Dios.


(6) Y cuando hubo permanecido breve tiempo en tal jactancia y en el foso profundo de su negación, el creador de todo y redentor nuestro, Dios, quien no quiere la muerte de los pecadores sino su conversión y vida, recordando su anterior manera de vivir y el modo como administrar la santa iglesia de Dios y que a las viudas, a los huérfanos y a los indigentes abasteciera óptimamente, no despreció a su creatura sino le dio la conversión del arrepentimiento. Y vuelto en sí de arrogancia y negación tan grandes, recuperada la mesura comenzó a hacer humildes sus propios pensamientos y a afligirse por los actos que había ejecutado, dedicándose a los ayunos y oraciones y noches de vela y revisando muchas cosas en su mente. Y considerándose privado de la salvación, atormentado, meditando en el suplicio del eterno incendio y en la muerte eterna del alma, en el fuego inextinguible, en el crujir de dientes y en el gusano que no muere, con temor poniendo ante sí mismo todas esas cosas, aterrado y con gemido y amargas lágrimas dijo: "Oh, miserable de mí, ¿qué hice y qué he realizado? ¿A dónde me dirigiré ahora, colmado de suntuosidad, para hacer salvar mi alma? ¿A dónde iré yo, infeliz pecador, que negué a mi Cristo y a su santa madre y me hice siervo del Diablo mediante la nefanda garantía de un pacto autógrafo? ¿Qué hombre piensas que lo pueda sustraer de la mano del Diablo devastador y, así, ayudarme? ¿Qué necesidad tuve de conocer a ese nefando e incinerable hebreo?..." (En verdad, poco tiempo antes el hebreo había sido condenado por la ley y por el juez) "...¿Qué, entonces? Así son recompensados quienes, abandonando al Dios y señor, acuden al Diablo. ¿De qué me aprovechan lo temporalmente ventajoso y la altivez de este vano mundo? Ay de mí, miserable y presuntuoso pecador, ¿de qué modo he sido atrapado? Ay de mí, miserable pecador, ¿de qué modo he perdido la luz e ingresado a las tinieblas? Me hallaba bien mientras fui apartado de la administración; ¿por qué deseé, a causa de una gloria vana y una vacua reputación, entregar mi alma miserable a la gehena? ¿Qué auxilio pediré, yo que de cualquier auxilio he sido defraudado por el Diablo? Yo soy el culpable de este asunto, yo soy el autor de la perdición de mi alma, yo soy quien he traicionado mi propia salvación. Ay de mí, ignoro de qué manera he sido arrebatado de mí mismo. Ay de mí, ¿qué haré; a quién iré; qué responderé en el día del juicio, cuando todas las cosas aparecerán abiertas y desnudas? ¿Qué diré en aquella hora en que los justos serán coronados y, en cambio, seré condenado yo? ¿O con qué seguridad compareceré ante el tribunal regio y terrible? ¿A quién rogaré, a quién imploraré en esa tribulación? ¿O a quién llamaré en aquella necesidad, cuando todos estarán ocupados de lo suyo y no de lo de otros? ¿Quién tendrá misericordia de mí? ¿Quién vendrá en mi socorro, quién me protegerá, quien me dará su patrocinio? Nadie, ciertamente; ahí nadie ayuda sino todos dan cuenta de sí mismos. ¡Ay, miserable alma mía, de qué manera fuiste aprisionada, de qué manera has sido deshecha, de qué manera has sido engañada y demolida, en qué clase de ruina te has derrumbado, en qué naufragio te has sumergido, por qué lodo has sido envuelta! ¿En qué puerto te refugiarás ahora? ¿A qué remedio has de acudir? ¡Ay de mí, miserable, que, atrapado y sumergido en el abismo, no me puedo levantar!

(7) Y mientras durante largo tiempo dentro de sí debatía con su alma estas cosas y tales simientes de salvación eterna estaban siendo sembradas en su ánimo, Dios, único misericordioso y compasivo, que no desprecia a su creatura sino la sostiene, lo cercó con otro pensamiento. Dijo el vicario: "Aun cuando sé que al Hijo de Dios, nacido de la santa e inmaculada siempre virgen madre María, señor nuestro Jesucristo, y a ella, los he negado por mediación de aquel hebreo que conocí en mala hora, iré, no obstante, a esa misma santa y gloriosa, resplandeciente madre de Dios, a ella sola recurriré con toda mi alma y corazón y haré sin cesar oraciones y ayunos en su venerable templo, hasta que mediante ella encuentre misericordia para el día del juicio." Y a continuación decía: "Pero ignoro con qué labios intentaré impetrar su benignidad, pues sé ciertamente que he pecado contra ella. ¿Y con que preámbulo iniciaré mi confesión? ¿Confiando en qué estado de mi corazón y en qué condición de mi conciencia intentaré mover mi lengua impía y mis mancillados labios? ¿Y por cuáles pecados, miserable yo, en primer término buscaré remisión? Que si osare hacer esto con imprudencia, un fuego descendido del cielo me consumirá, porque ya no soporta el mundo los males que yo, miserabilísimo, he obrado. Ay, miserable alma, levántate de las tinieblas que te han envuelto, invoca, prosternándote, a la madre de nuestro señor Jesucristo, porque verdaderamente ella tiene potestad para imponer a esta culpa una penitencia saludable."

(8) Y pensando esto dentro de sí, vigorosamente animado y dejados los abrumadores tropiezos de este mundo, con toda diligencia y resuelta voluntad delante de todos se prosternó en el santo y venerable templo de la inmaculada y gloriosa siempre virgen María, de día y de noche, presentándole sin cesar peticiones y plegarias y pasando el tiempo en ayunos y noches de vela con el fin de, retirado ya de tantos crímenes, ser redimido de ellos y liberado del pernicioso engañador y dragón maligno así como de la negación que había hecho, practicando durante cuarenta días con sus noches ayunos y oraciones en solicitud de perdón a nuestra protectora, la madre del Señor salvador nuestro.

(9) Y, en verdad, después del cumplimiento de esos días, en medio de la noche claramente apareció el universal auxilio y dispuesta protección de los cristianos que están atentos a ella, verdadero refugio de quienes a ella se acogen, senda de los extraviados y redención de los cautivos, verdadera luz para quienes minan en las tinieblas, refugio de los afligidos y consuelo de los atribulados, la señora nuestra y verdadera madre de Dios, diciéndole: "¿Por qué así, hombre, sin razón y fastidiosamente persistes en suplicar que te ayude, hombre que has negado a mi Hijo, salvador del mundo, y a mí? ¿O de qué modo puedo proponer a Él que te perdone las malas acciones que has cometido? ¿Con qué ojos miraré al rostro a ese misericordiosísimo Hijo mío, a quien tú has negado, y me atreveré a rogarle por ti? ¿Con qué confianza puedo suplicarle cuando tú has apostatado de Él? ¿O de qué manera me presentaré ante el terrible tribunal y osaré abrir mi boca y solicitar su benevolencia clementísima? Y, en verdad, no soporto ver que mi Hijo sea denigrado injuriosamente. Concedo, hombre, que los pecados que cometiste contra mí puedan encontrar cierta indulgencia por cuanto que amo piadosamente a la estirpe de los cristianos y más aún a aquellos que con recta fe y conciencia limpia acuden a mi templo. A éstos de todas las maneras posibles los acepto y los ayudo y los estrecho entre mis brazos y los abrigo entrañablemente. Mas no soporto ni oír ni ver a quienes vilipendian a mi Hijo, porque necesitan de muchos combates y trabajos y arrepentimientos de corazón para poder alcanzar su benignidad. Pues en verdad es misericordioso, pero extremadamente justo y santo juez."

(10) Ahora bien, el varón, respondiéndole, le dijo: "Sí, Señora mía siempre bendita, sí, Señora que eres protección del género humano, sí, Señora que eres puerto y sostén de quienes se refugian en ti, sé, Señora, sé que mucho he pecado contra ti y contra Aquél que nació de ti, nuestro Señor, y que no soy digno de obtener misericordia. Pero tomo ejemplo de quienes anteriormente pecaron contra tu Hijo, señor nuestro, y mediante arrepentimiento merecieron el perdón de sus pecados, y por eso me atrevo a acercarme a ti. En verdad, si no fue por el arrepentimiento, ¿cómo los ninivitas fueron salvados? De no ser por el arrepentimiento, Rahab, la prostituta, no hubiese alcanzado salvación. Si no fue por el arrepentimiento, ¿cómo David, habiendo caído en el abismo de la fornicación y del homicidio tras de obtener el don de la profecía y de recibir el testimonio del Señor y el reino, al manifestar su arrepentimiento con su palabra mereció no sólo el perdón de sus grandes pecados sino asimismo de nuevo el don de la profecía? Si no fue por el arrepentimiento, ¿cómo el bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, primero entre los discípulos, columna de la Iglesia, quien recibió de Dios las llaves del reino de los cielos, habiendo negado al señor Cristo no una ni dos sino tres veces, llorando amargamente después de ello obtuvo el perdón de tan graves pecados y, adquiriendo más grande honor, fue hecho pastor del divino y racional aprisco? Si no fue por el arrepentimiento, ¿cómo Él acogió a Zaqueo, preeminente entre los publicanos y los calumniadores? Si no fue por el arrepentimiento, ¿cómo el bienaventurado Pablo se convirtió de perseguidor en vaso de elección? Si no fue por el arrepentimiento, ¿cómo este apóstol hubiera ordenado perdonar a aquel corintio que fornicó, diciendo: 'No sea que lo atrape Satanás'? Si no fue por el arrepentimiento, ¿cómo aquél que tantas maldades cometía, Cipriano, quien en verdad hendía a las preñadas y se implicaba en ignominias de toda clase, con vigor fortalecido por santa Justina, acogiéndose al arrepentimiento no sólo recibió la remisión de tantas perversidades sino también fue agraciado con la palma del martirio? Por lo que asimismo yo, pecador, confiado en el indicio de tantos, me acerco, suplicando a tu benigna misericordia, para que me tiendas tu protectora mano derecha y te dignes concederme el perdón de mis pecados. Por tu hijo, el señor nuestro Jesucristo, contra quien yo, miserable, pequé."

(11) Y cuando de este modo él declaraba, la santa y venerable señora nuestra, madre de Dios, única casta, única santa en alma y en cuerpo, única en tener facultad para hablar delante de Aquél a quien ella engendró, delante de Cristo, consolación de los atribulados, compasión para los afligidos, vestimenta para los desnudos, báculo de la ancianidad, sólida protección de quienes acuden a ella, quien con sus santas entrañas da calor a todos los cristianos, le dijo: "Confiesa ante mí, hombre, que aquél Hijo a quien yo di a luz y negaste tú es el Cristo, hijo del Dios viviente, que ha venido a juzgar a los vivos y a los muertos, y yo rogaré por ti y te apoyaré." Y respondió el vicario: "¿Y cómo me atreveré, Señora mía siempre bendita, yo, infeliz e indigno y que tengo la boca mancillada y sucia, que negué a tu Hijo, señor nuestro, y que he sido atrapado por los vanos deseos de este mundo? Y no eso únicamente, sino que lo que tenía para remedio de mi alma, quiero decir la venerable cruz y el santo bautismo que recibí, lo manché mediante el acta de amarguisima negación que he firmado." Y le dijo la santa e inmaculada madre de Dios siempre virgen María: "Tú solamente acércate a Él y confiésalo, porque Él es misericordioso y aceptará las lágrimas de tu arrepentimiento y de] de aquellos que limpia y sinceramente se acerquen a Él. En verdad a causa de eso El, siendo Dios, se dignó tomar carne de mi, sin mengua de su deidad; para hacer salvo al género humano."

(12) Entonces el bienaventurado varón, con reverencia y palabra adecuadas, inclinado el rostro y gimiendo confesó: "Creo en el señor nuestro Jesucristo y lo adoro y enaltezco, persona de la Santa Trinidad, hijo del viviente Dios, inefablemente nacido del Padre antes de los siglos y, verdadero Dios, en tiempos muy recientes descendido del cielo y por el Espíritu Santo encarnado en ti, santa e inmaculada virgen María, y que vino al mundo para salvación del género humano. Confieso que Él es el verdadero Dios y verdadero hombre que a causa de nosotros pecadores se dignó sufrir y ser escupido y abofeteado y extendió los brazos sobre el madero vivificante, entregando su vida, como buen pastor, por nosotros pecadores. Y que fue sepultado y resucitó y ascendió al cielo en la carne que recibió de ti, Castísima, y en su santa gloria ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, sin necesidad de acusador sino acusándonos o excusándonos nuestra conciencia de las mismas obras que serán juzgadas, y poniendo el fuego a prueba cuál haya sido la obra de cada uno. Estas realidades las confieso con mi alma, mi cuerpo y mi corazón, las profeso, les doy culto y las adoro. Y con esta mi impetratoria garantía, dada con todo el esfuerzo de mi mente, preséntame, santa e inmaculada virgen madre de Dios, ante tu Hijo el señor nuestro, y no rechaces ni desprecies mi plegaria por haber sido arrebatado, abatido y atrapado, sino líbrame de las iniquidades que me aprisionan y de la tempestuosa turbulencia que me posee, pues me hallo despojado de la gracia del Espíritu Santo." Y cuando hubo dicho esto, la santa madre de Dios, esperanza y sostén de los cristianos, redención de los extraviados y senda verdadera de quienes a ella acuden, manantial para los indecisos, la que intercede por los pecadores, alivio de los pobres y mediadora entre los hombres y Dios, admitiendo eso como suficiente disculpa de él, le dijo: "He aquí que yo, creyéndote a causa del bautismo que recibiste mediante mi hijo Jesucristo y a causa de la excesiva compasión que hacia vosotros los cristianos tengo, me acercaré a Él y arrojada a sus pies le rogaré por ti, en la medida en que él te acepte."


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