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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1995

JOAQUÍN XIRAU: LA FILOSOFíA DE LA PLENITUD*

Author: Grabiela Hernández García [Nota 1]


* Homenaje del Centenario del Nacimiento (1895-1995) de Joaquín Xirau (1895-1946), realizado el martes 22 de agosto de 1995, en el Ateneo Español de México, A.C. organizado por el Ateneo y la familia Xirau

Para conmemorar el centenario del nacimiento de un filósofo parece apropiado recordar las obras y las ideas a las que dio origen. En este caso, hablar de los rasgos más importantes de la filosofía de Joaquín Xirau no sólo tiene ese propósito, sino también el de iniciar la recuperación de su obra y de su pensamiento.

La filosofía de Xirau. aunque breve en las obras, es una de las más importantes y radicales que se ha escrito en lengua castellana. Para México, la enseñanza viva de Xirau representa además, una raíz que, a través de varias generaciones, alimenta el oficio filosófico mexicano. Pero hay que decir que su pensamiento no ha sido suficientemente estudiado en nuestras propias universidades. Esto es una injusticia para quien se entregó plenamente a la vocación filosófica. Es preciso recuperar sus ideas leyendo sus obras, y recordar sus enseñanzas escuchando a quienes las recibieron directamente de él.

Joaquín Xirau pertenece a una generación de pensadores españoles que no tiene paralelo en la historia del mundo hispánico, excepto la generación de los filósofos y humanistas de los siglos XVI y XVII, algunos de los cuales también vinieron a México a realizar una gran obra de educación.

La cultura española vivía un momento de renacimiento en los años en que Xirau se formó como profesor, en gran parte, bajo la orientación de la Institución Libre de Enseñanza. En su filosofía están presentes las influencias de la fenomenología de Husserl y de Scheler, y del pensamiento de Bergson, así como también de la tradición del humanismo hispánicocristiano; estas influencias se hacen patentes en su preocupación constante por el significado de los valores y la dignidad de la persona. En lo que sigue, nos propondremos plantear los rasgos generales de su filosofía, centrándonos en su concepción de la conciencia amorosa como una respuesta a la crisis de la filosofía y de la cultura actual.

Después de sus tesis doctorales sobre Leibniz y Rousseau, Xirau escribió en Barcelona El sentido de la verdad (1927), obra que inicia una crítica al relativismo subjetivista y al intelectualismo propios de la época moderna, la cual profundizará en las obras posteriores. Este libro inicia también la exposición de su filosofía de los valores, que continuará en La teoría de los valores en relación con la ética y el derecho (1928) y L'amor i la percepció dels valors (1936), claros antecedentes de sus obras más acabadas e importantes, escritas ya en México: Amor y Mundo (1940) y Lo fugaz y lo eterno (1942). Mencionamos aparte los estudios que Xirau publicó a lo largo de su vida sobre autores modernos como Descartes, Rousseau, Fichte, o sobre Vives y Lull, y especialmente estos dos: La filosofía de Husserl(1941) y Vida, pensamiento y obra de Bergson (1943), en los cuales se manifiesta la posición de Xirau ante los problemas de la filosofía contemporánea en un diálogo constante con los autores que expone.

La situación histórica mundial a la cual se enfrenta la filosofía de Xirau es una época de crisis de la cultura y de los valores. Xirau escribió en 1942 Lo fugaz y lo eterno con la intención de realizar un diagnóstico de esta crisis, en la perspectiva de plantear una nueva respuesta al problema fundamental de la filosofía y de la vida, que diera un nuevo principio al caos en el que vive el hombre contemporáneo. Cito:

Nos hallamos en Plena barbarie. El hombre actual posee medios poderosísimos. Carece de fines claros, de ideales capaces de exigir la su misión incondicional de la vida. Grave error es hablar de "decadencia". ¿Decadencia de qué? Difícilmente en ningún momento de la historia se ha manifestado una vitalidad más vigorosa. Podemos hacerlo casi todo No sabemos, empero, qué hacer.[Nota 1]

En Europa existía un ambiente intelectual de crisis, critica y escepticismo, que se agudizó con los efectos de la Segunda Guerra Mundial sobre el espíritu de la cultura europea. La crisis de valores contemporánea se manifiesta en la filosofía en torno al problema de la verdad. La idea antigua de la verdad como un punto fijo de referencia, se ha pulverizado en una serie de relativismos subjetivistas ante los cuales todas las acciones se justifican,

La respuesta de Xirau ante la crisis no fue circunstancial, pues realizó primero un diagnóstico de los factores desencadenantes de la crisis de los valores, para conformar una concepción más íntegra de la conciencia y de la dimensión espiritual del ser humano, fuertemente arraigada en la tradición humanista cristiana, y que fue totalmente consecuente con su actividad pedagógica.

¿Cómo entendía Joaquín Xirau la crisis de la cultura y la filosofía?

En Lo fugaz y lo eterno, en Amor y mundo y en las introducciones de sus libros sobre autores modernos, encontramos un diagnóstico sistemático, aunque no plenamente desarrollado, de la crisis de la cultura y de la filosofía occidental. El síntoma de la enfermedad de nuestro tiempo es el predominio de un relativismo subjetivista en todos los órdenes de la cultura, que ha reducido el antiguo mundo de los valores eternos y universales, a poco menos que una ficción. Derivadas de esta actitud ante el mundo, surgieron diversas filosofías y doctrinas que de un modo u otro han contribuido a agravar esta crisis: el positivismo, el pragmatismo y diversos tipos de vitalismos. La consecuencia del relativismo filosófico ha sido la des-realización de la verdad. La respuesta de Xirau será una filosofía de los valores centrada en la noción de conciencia amorosa, como fuente de todo valor, que intenta proponer una concepción íntegra y plena de la experiencia subjetiva.

El tema del amor es el núcleo teórico y ético de su filosofía. Pero debemos entender el amor no como un valor entre otros, ni mucho menos como un fenómeno fisiológico. El amor no se reduce a impulso sexual, ni a simpatía sentimental ni a una contemplación desinteresada; cito a Xirau: 'Trente a toda tendencia sentimental o apetitiva, impulso o deseo, delirio o pasión, destacaremos el amor como una actitud radical de la conciencia y la vida". La conciencia amorosa es la fuente viva de los valores, la condición de posibilidad de que el mundo tenga sentido y sea importante o estimable para cada uno de nosotros. Es la conciencia amorosa lo que nos permite distinguir, por una parte, la vida en un nivel puramente biológico, como impulso de supervivencia, y por otra, la vida espiritual que se orienta gracias al mundo ideal de los valores. Por eso la actitud amorosa es una realidad específica e irreductible. La totalidad de la conciencia y de la vida adquieren una orientación única al iluminarse el horizonte mundano con la intencionalidad del amor. Perder la intención amorosa ante el mundo es perder la orientación, la estimación de las cosas y de las personas; así, el mundo se hace indiferente y todo lo reducimos a fenómeno físico, inerte e inexpresivo, Ínsignificante". Xirau lo ha visto bien en Amor y mundo: el nihilismo moderno ha surgido de esta actitud rencorosa ante el mundo, de este desprecio ante el valor que poseen en sí mismos las cosas y las personas.

En esta des-orientación nihilista ante el mundo vivo se desarrolló el positivismo desde fines del siglo pasado. Su doctrina, dogmática, intelectualista y francamente abusiva de los usos de la razón, predominó en la cultura occidental e impregnó rápidamente a las ciencias naturales de una arrogancia y un dogmatismo contra el que tuvieron que enfrentarse tanto Husserl como Scheler, tanto Bergson como Xirau.

Xirau sostuvo su crítica contra el reduccionismo positivista porque éste intentaba suplantar la realidad por un esquema abstracto e hipotético. En elcaso el amor, por ejemplo, la multiplicidad del fenómeno amoroso fue reducida a una serie de mecanismos fisiológicos, mediante los cuales los impulsos naturales se subliman en una ficción amorosa; visto así, el amor no sería más que el resultado de estas pulsiones hormonales, de estas funciones naturales predeterminadas; es aquí donde debe marcarse el límite de la ciencia positiva. Y es precisamente esa obsesión reduccionista de suprimir la realidad espiritual, cultural e histórica, afirmando que ésta no sería más que el resultado de mecanismos fisiológicos. Al pretender explicar toda la realidad desde un principio mecánico, abstracto y estático, la ciencia positiva no hace más que suprimirla.

La verdad de la ciencia positiva encuentra su fundamento en la realidad concreta, en el mundo vivo de la actividad humana. En primer lugar, la ciencia depende de una actitud amorosa y de la orientación hacia la verdad como un valor vital. La verdad como valor sólo se realiza cuando hay personas que dedican su vida a investigar desinteresadamente lo que son las cosas en sí mismas. Pero este ir a las cosas en sí mismas implica abstenerse de las abstracciones y de los reduccionismos iniciales, para arrancar, por así decirlo, desde el mundo vivo. Y esto significa para Xirau, siguiendo la tradición moderna que va de Descartes a Husserl y Bergson, partir de la realidad inmediata y plenaria de la conciencia. La filosofía asume la realidad más concreta, individual y diferenciada que aparece ante la conciencia, y aquí la clave es precisamente el aparecer. Para la experiencia plena e inmediata, la realidad no se bifurca entre el verdadero ser y las puras apariencias, como pensó gran parte de la tradición filosófica occidental. La realidad inmediata de la conciencia, la percepción originaria en el más amplio sentido, coincide con la unidad de lo real en su pura presencia para la conciencia,

Pero, a diferencia de Husserl e incluso de Bergson - como hemos dicho son sus dos principales influencias - la percepción de los "datos inmediatos" incluye tres elementos correlativos: la dimensión múltiple de las cualidades sensibles; la identidad y la diferencia de los conceptos; y la pretensión de realidad que acompaña a toda percepción. Esta tercera dimensión se divide en dos polos en constante tensión: la pretensión de ser y la pretensión de valer. La conciencia percibe sus objetos siempre con una intención de captarlos como son en sí mismos, y con una aspiración de descubrir su valor en el mundo vivo. Así, la conciencia es una manifestación del ser y una aspiración al valor. Ser y valor están en constante referencia.

Los tres objetos de la conciencia sensaciones, ideas y valores - se integran en tres dimensiones de una sola y única experiencia viva. De esta forma, el mundo de cada cual está henchido de realidades y posibilidades, de expectativas e ilusiones. No sólo percibimos entidades sino también valores. En la dinámica de este doble carácter de lo real se mueve la actividad de la conciencia. Querer reducir la realidad a una sola de esas dimensiones es mutilarla y es también empobrecer la plenitud de la experiencia. Por ello la filosofía, al ubicarse desde la perspectiva de la totalidad de la experiencia, puede dar fundamento a la ciencia y a la existencia misma del hombre. Digamos que la aspiración fundamental de la filosofía de Xirau, y ello constituye su aportación más personal, es alcanzar una experiencia íntegra y orgánica que Xirau llama plenitud vital.

Percibimos, amamos, nos consagramos, nos dedicamos, estas son las formas de la entrega amorosa al mundo, por las cuales el mundo se abre para nosotros. Pero los valores no los percibimos ni los pensamos, los intuimos porque las cosas tienen en sí mismas un valor; no se los agregamos, pero sí podemos suprimirlos si nos impedimos a nosotros mismos la capacidad de integrarlos en el mundo vivo y real. Por ello, los valores "no existen" del mismo modo como existen las cosas, sino que se encarnan y se realizan si el hombre los mantiene presentes en su acción. Las cosas valen pero no se asimilan al valor; participan a la manera platónica de los valores universales, pero estos no existen en sí mismos; son siempre correlativos del ser y del hacer humano; son ideales puros que guían los afanes insaciables de los hombres.

Así, la concepción de la persona como ser libre y autónomo es el núcleo ético de la filosofía de Xirau. La conciencia amorosa se convierte en un centro nervioso desde donde irradia el mundo y se despliega la vida de la persona. De esta manera, la conciencia no se encierra en una subjetividad abstracta, sino que está obligada a volcarse por el amor hacia el mundo común y universal de los otros.

El mundo se nos revela en una experiencia plenaria y sintética más profunda, compleja y contradictoria que cualquiera de sus reducciones posibles: reducir la experiencia a la dimensión sensible de la vida - es lo que hace el naturalismo vitalista -; o reducirla a la dimensión puramente ideal, que es lo que hace el intelectualismo, obteniendo con ello un mundo espectral que no tiene correspondencia con el mundo vivo.

La percepción subjetiva del mundo no es un absoluto, sino una experiencia dinámica y en constante evolución. El relativismo subjetivista concibe al mundo y a la conciencia como realidades estáticas. El reduccionismo intelectualista, como hemos visto, es una consecuencia de suprimir la realidad del mundo del valor y de empobrecer con ello la experiencia del hombre. Para la filosofía de Xirau, es preciso recobrar la experiencia plenaria en un mundo vivo y no suprimir la realidad de los valores. Logos y eros, amor e intelecto se complementan y se integran en la filosofía de la plenitud de Xirau. En sus escritos se manifiesta de una forma clara y sencilla la aspiración perenne de la filosofía por una plenitud vital. Sus ideas pervivirán si nosotros tenemos la audacia de mantener una actitud similar en un mundo que está sumido en una verdadera vorágine de desorientaciones y de carencia de principios éticos. Xirau concibió una filosofía para un mundo en el que las aspiraciones más altas del género humano tenían cabida. Hace mucho tiempo, quizá desde hace dos mil quinientos años, que hemos estado renunciando continuamente a percibirlo y experimentarlo.


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