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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1995

La identidad norteamericana


Las formaciones históricas de Estados Unidos y Canadá están muy relacionadas; de hecho, ambos países se constituyeron a partir de un mismo proceso histórico: la independencia de los Estados Unidos. Dicho acontecimiento no sólo dio origen a este país, sino que también provocó el nacimiento de lo que ahora es Canadá, el cual se formó a partir de las colonias inglesas que prefirieron seguir unidas a la corona británica y de las colonias francesas-norteamericanas que permanecieron apartadas del proceso revolucionario que se vivía en Francia por aquellos años.

Este solo hecho, la independencia de los Estados Unidos, determinó que la construcción de uno y otro país avanzara por rutas muy distintas: en tanto Estados Unidos afirmaba con su independencia una filosofía profundamente liberal, manifestada en el rechazo a la intervención estatal británica sobre la actividad privada de los colonizadores norteamericanos, Canadá avanzaba por una ruta donde el Estado tendría una fuerte participación, primero en la defensa imperial británica de las colonias frente a las vecinas independentistas, y luego como un activo promotor del desarrollo y el bienestar social.

Este libro de Lipset, La división continental. Los valores e instituciones de Estados Unidos y Canadá, tiene por objeto una exploración histórica y sociológica de las diferencias culturales e institucionales existentes entre ambos países. Pero este propósito se logra sólo parcialmente, pues considero que, lamentablemente, el esfuerzo de Lipset está inspirado más por una tentativa apologética de las instituciones estadounidenses que por un análisis comparativo de éstas y las que existen al otro lado de su frontera norte.

Es por demás curioso que Lipset, quien junto con Daniel Bell y Edward Shils fuera uno de los teóricos más sobresalientes del fin de las ideologías, allá por los años sesenta, defina la identidad estadounidense precisamente como una ideología. Es evidente que en el caso de este país no se puede apelar a la tradición para sustentar su identidad nacional, como sucede en la mayor parte de los países del mundo occidental, pero tampoco se justifica que alguien que postula el fin de la confrontación de las ideologías dominantes desde el siglo XIX, defina la identidad de un país por el apego a una de ellas. Así, para Lipset, ser estadounidense significa, más que compartir un pasado y una tradición comunes, abrazar una ideología liberal extrema, definitoria, donde el antiestatismo y el dogma igualitario constituyen los pilares fundamentales.

Lipset considera que la mayor virtud de Estados Unidos es precisamente su ideología liberal, a la cual se deben sus triunfos y éxitos más importantes. En contraste, atribuye a la cultura conservadora de los canadienses los logros más limitados que se han obtenido ahí, lo que les ha llevado a considerarse menos exitosos o afortunados que los estadounidenses.

En el plano político, esta diferencia hace que los estadounidenses rechacen por definición cualquier tipo de intervención estatal, en tanto que los canadienses la pueden tolerar y aceptar en muchos aspectos, e incluso lo hagan con gran beneplácito en algunos casos. Esta actitud diferente hace que el ciudadano estadounidense sea mucho más independiente, audaz y emprendedor que el canadiense, quien en todos estos aspectos depende más de la iniciativa estatal que de la individual.

Por esta misma razón, Lípset considera que el éxito estadounidense está condicionado por el acento puesto en la igualdad de oportunidades más que en la igualdad de resultados, alentando así la competencia personal que se obtiene con la primera por sobre la protección colectiva que asegura la segunda.

De esta forma, en su formación histórica-social, el dogma igualitario de los estadounidenses hizo que se recibiera a los extraños con la condición de unirse a ese gran crisol cultural, renunciando a todas las características distintivas que los recién llegados pudieran haber tenido. En cambio, los canadienses, conscientes de las diferencias culturales que confluyeron en su formación, reconocieron y respetaron los distintivos lingüísticos y étnicos de los grupos que se incorporaron a esa nación. Usando la metáfora de Lipset, se podría decir que en tanto los estadounidenses se esmeraron en la construcción de un gran crisol cultural, los canadienses optaron por un gran mosaico distintivo.

En relación a esto último, parece pertinente poner en duda la validez y aplicación del dogma igualitario estadounidense que tanto pondera Lipset, pues un examen de la historia y actualidad de ese país muestra abiertamente la dificultad para aceptar la veracidad, así sea en términos generales, de esa supuesta práctica.

Puede observarse hasta dónde llega el afán exculpádor de Lipset sobre la cultura estadounidense en la justificación que hace de los altos índices de violencia que se registran en ese país: dice que la perseverancia del ciudadano estadounidense en la consecución de sus fines lo lleva a utilizar todos los medios a su alcance, incluso la violencia y el asesinato. ¡Vaya justificación!, pues al amparo de ella puede hacerse aceptable y acorde al espíritu individualista la paranoia de aquellos que utilizan hasta la agresión para alcanzar sus objetivos, sin que los detenga ley, costumbre o derechos legítimos de otros ciudadanos.

Pero la glorificación no para ahí, pues presenta con la faz más engañosa del maniqueísmo lo que bien observado no es más que despotismo o tiranía. Me refiero a la política exterior, otra de las instituciones y prácticas de ese país que Lipset encuentra dignas de alabanza, la cual, en las palabras de él mismo, se sustenta así: Los estadounidense han sido excepcionales en su hincapié en el no reconocimiento de los regímenes extranjeros 'malvados. El principio se relaciona con la insistencia de que las guerras deben terminar con el rendimiento incondicional del enemigo satánico. Los Estados Unidos raras veces se reconocen asi mismos como defensores de sus intereses nacionales exclusivamente. Los conflictos extranjeros implican invariablemente una batalla del bien contra el mal. p. 103.

Lo peor de todo es que Lipset cree sinceramente que esta política exterior se funda en el moralismo utópico de los estadounidenses, el cual los impele a luchar siempre por la institucionalización de la virtud en contra de las prácticas perversas.

No me cabe la menor duda de que el sistema político y social estadounidense tiene virtudes admirables, pero estoy seguro de que la política exterior; el desprecio de las minorías; el abierto racismo y el individualismo paranoico que llega hasta la agresión no se encuentran dentro de éstas. Así, el texto de Lipset constituye un excelente ejemplo de lo que muchos de los estadounidense piensan de sí mismos y de los canadienses, pero es indiscutible también que un análisis profundo y crítico de sus instituciones políticas y culturales debe buscarse en otro lugar.

ROBERTO GARCÍA JURADO

UAM-Xochimilco.


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