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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1995

Gloria y fortuna de las haciendas mexicanas: remembranzas de una época dorada


Reseña leída en la presentación del libro Haciendas de México, el 9 de mayo de 1995

Siempre es grato comentar la edición de un nuevo libro. La experiencia es mucho más agradable, a la vez que comprometida, cuando su edición conjunta el esfuerzo creativo de dos saberes y lenguajes que siempre he considerado mágicos: la escritura y la fotografía. La combinación de estas dos formas de expresión artística, la palabra escrita y la imagen magistralmente captada en las fotografías desplegadas en el libro que se comenta, Haciendas de México, descubren y revelan el esplendor y poderío propio de un sistema productivo, económico y social que fue hegemónico en nuestro país desde finales del siglo XVII hasta bien entrado el XX: el mundo de la hacienda mexicana.

Por esos elementos, la tarea de comentar esta obra, diseñada para llegar a un público numeroso y diverso, resulta sumamente atractiva. Más aún, porque suma, compendia y presenta, por primera vez, una muestra global de imágenes de haciendas mexicanas según su especialización productiva regional (mixtas, cerealeras ganaderas, azucareras, mineras o de beneficio, pulqueras y mezcaleras, henequeneras, algodoneras, tropicales y forestales). La estructura y contenido del texto histórico y la distribución de las fotografías de acuerdo con los paisajes contrastantes de nuestra geografía, amén del despliegue de los modelos arquitectónicos y el señorío de las casas grandes, trojes, capillas, calpanerías y eras sembrados por todo el país, constituyen un discurso articulado, que va mostrando la rica y compleja diversidad regional y productiva del sistema de la hacienda.

La suma histórica realizada por Ricardo Rendón a fin de dar cuenta del origen social de los señores hacendados y sus privilegios señoriales y del sistema productivo y laboral que fue impuesto y conservado, casi inmutable, desde el siglo XVII hasta 1940 al menos, se lee con prontitud, asombro y deleite. No menos impactante es el relato que registra los conflictos sistemáticos y recurrentes de la hacienda con los otros regímenes de propiedad (el rancho y la propiedad comunal). Sugerentes son aquellos fragmentos que refieren las disputas sostenidas por las fronteras limítrofes de la hacienda da, siempre flexibles a costa de las tierras y fundos de los ayuntamientos, los pueblos libres e indios y hasta de los mismos terrenos de los hacendados con escasa fuerza política y militar. Esa expansión territorial de la hacienda, sistemáticamente practicada desde el inicio de la propiedad particular en los tiempos coloniales, es una de las bases del poderío político y social que a lo largo del siglo XIX y los primeros cuarenta años del XX ejercieron los hacendados.

En razón de que el territorio de las fincas rústicas rebasaba los límites estatales y municipales establecidos a lo largo del siglo XIX y el XX, la hacienda tendió a conformar una unidad territorial y política, autónoma e independiente del poder político local, regional y nacional. Esa libertad y autonomía territorial, los sistemas de trabajo practicados - mismos que iban desde la esclavitud al peonaje acasillado o apadronado, amén del empleo de trabajadores libres o eventuales y los diversos contratos establecidos en la aparcería agrícola (a medias, al quinto y al rajar como los más comunes), sin desdeñar el arrendamiento de las labores y los ranchos a fin de organizar los trabajos de la hacienda en función de la calidad del suelo y el recurso agua- y la diversidad productiva, convirtieron a las haciendas en feudos señoriales: nada de cuanto acontecía en el territorio de las fincas rústicas escapaba al control y mando ejercido por el señor propietario.

No obstante, dichos feudos, cuyas pretensiones señoriales todavía son visibles en algunas de las casas grandes mostradas en el libro, como Jaral de Berrio (Gto.), San Francisco Soltepec (Tlax.), La Llave (Qro.), San Pedro Gogorrón (SLP), San José Ozumba (Pue.), San José Carpizo (Campeche), Tabi (Yucatán), El Lencero (Veracruz), por mencionar algunas, rebasaron con mucho las limitaciones propias de los feudos medievales en razón de que muchos hacendados desarrollaron una racionalidad comercial de tipo capitalista: había que invertir en infraestructura de riego y para la producción a fin de incrementar los rendimientos productivos. Sistemas de trabajo e infraestructura para la produccción ción que Ricardo Rendón no deja de mencionar con detalle: eras y molinos en las cerealeras, trapiches e ingenios en las azucareras, patios empedrados para la amalgama de los metales en las mineras o de beneficio, el muy conocido y famoso tinacal de las pulqueras, el patio de secado en las cafetaleras y cacaoteras.

Ciertamente, Fomento Cultural Banamex, A.C., ha editado una obra magnífica que muchos estudiosos del tema esperábamos. Particularmente, porque compendia y resume los resultados de muchos trabajos de investigación que, si bien numerosos, estaban dispersos. También el cine y la literatura han recogido los mitos y las leyendas que sobre el poderío de la hacienda y sus propietarios se fueron construyendo en el imaginario colectivo. ¿Cómo no traer a la memoria los trabajos de Mauricio Magdaleno, las noveles de José López Portillo y Rojas o las ediciones sobre el tema de la Revista Artes de México? ¿Cómo olvidar las películas de los cuarenta con sus temas campiranos y revolucionarios que fueron la delicia de nuestros mayores, y de nosotros mismos, y base de la época dorada del cine mexicano?

La tarea de recuperar ese gran número de estudios y obras literarias que dan cuenta del mundo de la hacienda y de sus actores fundamentales, los hacendados y los trabajadores rurales, amén de las distintas modalidades organizacionales que el sistema involucraba según su especificidad regional y su vocación productiva, ha sido llevado a cabo, con maestría, por Ricardo Rendón. En el sustrato de la narración histórica de Haciendas de México, se pueden seguir aquellos resultados de investigación que se han concentrado en mostrar el desarrollo y evolución de la tenencia de la tierra en el país, ya sea bajo el análisis de las legislaciones emitidas desde el período colonial hasta nuestros días con la reforma, en 1992, al artículo 27 constitucional, o bajo las transformaciones que se fueron conformando y auspiciando a la sombra de la actividad política y las relaciones sociales propias de los periodos históricos que se significan, en nuestro devenir nacional, por su empeño en modernizar las actividades productivas y la sociedad política y civil.

En ese tenor, en el texto se otorga especial atención al periodo colonial cuando, a través de los sistemas de la encomienda civil y religiosa y el repartimiento, se van sentando las bases para el surgimiento del sistema de la hacienda. También se atiende a la época de las Reformas borbónicas, cuando el sistema de la hacienda se encontraba ya claramente caracterizado por los elementos que lo singularizaron: gran propiedad, diversificada en ranchos y labores agrícolas o ganaderas, con población trabajadora jerarquizada de acuerdo con los vínculos establecidos con la gran propiedad, y una administración única, centralizada, que permitía la organización de las labores agropecuarias de acuerdo con la calidad del suelo y la disposición del recurso agua. Administración que permitía, según las remembranzas de los antiguos peones y medieros de las haciendas porfirianas, "mantener llenas hasta arriba las trojes de la hacienda".

La borbónica es, por otra parte, la época de las grandes inversiones hidráulicas, presas, acueductos, aguajes, aljibes, jagüeyes, bordos, pozos, solamente superados por la inversión que fue característica del porfiriato. Infraestructura que aún hoy día es parte del escenario geográfico y también productivo de nuestro país. Paradójicamente, durante esos años de expansión y consolidación de sistema de la hacienda en su carácter productivo y comercial se introdujo, con energía inusitada, la crítica al sistema de la gran propiedad. Crítica que sostenía que la concentración de la propiedad en pocas manos no sólo inhibía el desarrollo de nuevos sectores económicos sino que generaba una profunda desigualdad social, motivo y origen de inconformidad y malestar políticos. Además, se aseguraba que la hacienda era altamente improductiva.

Estas denuncias, claramente vinculadas con la doctrina de Melchor de Jovellanos, se entrecruzó con la reclamación de los viejos pueblos indios de recuperar las tierras comunales que habían sido usurpadas por los señores hacendados "desde tiempos inmemoriales". Reclamos, denuncias y críticas que constituyeron uno de los ejes político-sociales de la lucha independentista y, años más tarde, del pensamiento agrario sostenido en el Plan de Ayala de Emiliano Zapata.

No poca importancia concede Ricardo Rendón a los estudios que se han preocupado por desentrañar el proceso histórico que permitió la diversificación de la conformación social de los propietarios rurales a lo largo del siglo XIX, tanto como producto de la ley que declaraba la disolución de los mayorazgos (1823), como por el resultado de las conocidas Leyes de Reforma que buscaban fraccionar las fincas rústicas para dar lugar a la formación de la pequeña propiedad. Proyecto de fragmentación de la hacienda, en el sentido de la pequeña propiedad, que fue retomado en la última etapa del porfiriato (de 1902 a 1910), en el artículo 27 de la Constitución de 1917, y en las leyes agrarias emitidas por Francisco Villa (1915), Álvaro Obregón (1922) y Plutarco Elías Calles (1926). Particular atención se ha dado a la reforma agraria que, normada por el Código Agrario de 1934, fue llevada a cabo por el general Lázaro Cárdenas hasta 1937, cuando, en un viraje todavía no suficientemente estudiado por la historiografía nacional, recuperó la tradición agraria que desde finales del siglo XVIII buscaba la fragmentación de la hacienda, no para dar lugar al ejido, sino a la pequeña propiedad.

Pero esas eran, ciertamente, las voces disidentes. Estaba la otra corriente, fortalecida y avalada en los notables rendimientos productivos de la hacienda y en su capacidad instalada, que destacaba las bondades del sistema, su economía generosa que sostenía a los trabajadores en bueno y malo temporal y aportaba el excedente que, de acuerdo con las pretensiones de los propietarios, se encontraba invertido en los obrajes, la industria textil, la minería, el comercio, y la actividad financiera en su primera etapa.

Al leer y disfrutar las imágenes del libro Haciendas de México, no queda la menor duda de que la hacienda, multiplicada en el paisaje nacional, es parte esencial de nuestro devenir histórico. Los diversos sectores sociales mexicanos contemporáneos mantienen alguna reminiscencia cultural, política y económica con las fincas rústicas. ya sea que se trate de los grupos poblacionales asentados en los pueblos y en algunas cabeceras municipales que en otros tiempos fueron ranchos y labores de la gran propiedad, o de los ejidatarios dotados con las tierras de las haciendas en los años de la revolufia agraria. De otro tenor, no menos significativas, son las remembranzas de aquellos cuyos antepasados fueron propietarios de haciendas y de algunos con amigos hacendados cuya infancia tuvo como escenario ese mundo mágico preñado de consejas y leyendas acerca de tesoros enterrados, almas en pena y propietarios siempre presentes para cuidar su señorío.

Por todas esas razones, por la calidad de la narración histórica, y por la belleza de las imágenes fotográficas, la edición del libro Haciendas de México es un acierto: es una obra largamente esperada. Pero es, ante todo, un libro que nos muestra, de manera independiente a que sus casas grandes se encuentran en ruinas o bellamente construidas, con usos y fines diferentes al pasado, la connotación originaria del sistema de la hacienda: lugar de vida y trabajo, fuente de poder político, social y económico; expresión nítida de las aspiraciones de sus fundadores y herederos, a lo largo de la historia, por construir una economía diversificada.

MARTA GARCÍA UGARTE

Departamento Académico de

Estudios Generales, ITAM


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