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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1995

TRES VISIONES DE AMÉRICA

Author: Eduardo Subirats[Nota 1]

Uno
Dos
Tres

Uno


Quiero describir en breves trazos tres concepciones del mundo que han definido de manera elemental otras tantas miradas modernas sobre América, desde el siglo XVI hasta el día de hoy. Tres cosmovisiones que atraviesan de una manera desigual la historia de la conciencia española y de su identidad nacional. Y tres filosofías que siguen manteniendo inquebrantablemente su vigencia también en el mundo contemporáneo.

La primera de ellas está profundamente ligada a la España imperial y cristiana. Alentó los valores éticos formados a lo largo de la cruzada española contra el Islam, atravesó agriamente la expulsión de los judíos, e instauró el Estado católico español. Es el ideario de la conquista como lo formularon los primeros cronistas de América, pero sobre todo, como lo expresó la Iglesia romana a través de sus bulas y sus estrategias de propaganda de la fe.

El centro de esta comprensión de la realidad americana lo constituye la idea de un plan providencial de la historia, en cuyo centro se hallaba precisamente la corona española. El Estado católico desempeñaba el papel de pueblo elegido de la Cristiandad para imponer por la fuerza su sistema de valores sobre el orbe entero. Ya en la bula de Alejandro VI, Intercoetera, de 1493, se aludía a esta dimensión histórico-teológica que los Reyes Católicos habían hecho suya. Su sentido último era la posesión territorial del Nuevo Mundo y la explotación de sus inmensas riquezas, pero sólo como instrumento de la conversión forzada de la población americana y de la construcción política del orbe cristiano, la primera utopía moderna de un orden internacional.

Semejante vínculo providencial de España con América cristalizó como sistema de dominio colonial, en lo político y como lazo de subordinación teológico-lingüística en lo espiritual. América se definía, de acuerdo con este principio, como vasalla. La palabra que la bula de Alejandro VI empleaba para esclarecer este nexo era precisamente "deprimir". Esta sujeción del americano a la corona española, al principio cristiano de vasallaje y a la racionalidad occidental, fue elevado a principio de salvación

Ginés de Sepúlveda formuló esta libertad del indio a través de su esclavización cristiana como destrucción de las potencias infernales que lo dominaban, esto es, la destrucción de su memoria y su civilización física. Este era también uno de los motivos que esgrimía la letra de los requerimientos que la soldadesca cristiana leía a los pueblos americanos inmediatamente antes de su saqueo y su sujeción. Bajo estos términos precisamente se legitimaba eclesiásticamente la colonización americana como Guerra Justa contra Indios.

El significado espiritual de esta dependencia colonial se expresaba en el predominio lingüístico del castellano sobre las lenguas clásicas de América. Este predominio, que Nebrija formuló funcional yamaticalmente, no se fundaba solamente en una relación fáctica de dominación, ni como el resultado simple de la prohibición y destrucción de las lenguas originarias del continente. Más bien se fundó o pretendió fundarse en un axioma metafísico Joseph de Acosta lo formulaba drásticamente en su tratado de propaganda De Procuranda Indorum Salute: las lenguas americanas, en tanto que lenguas gentiles, no eran capaces por sí mismas de expresar las categorías metafísicas de los dogmas fundamentales de la teología cristiana. Solamente la lengua de Castilla era capaz de expresar el concepto de un Dios único y creador, causa de sí mismo y ser absoluto...

Este vínculo unidireccional entre el amo cristiano, virtuoso y heroico, y, al otro lado, el indio como estado de naturaleza y pecado, y por consiguiente, pasible de esclavización como única vía de emancipación, se rompe, en provecho de una relación dialéctica. De acuerdo con esta revisión dialéctica, el vasallo americano no solamente se sometía al cristiano-español, y lo reconocía como su expresión universal o como su verdad absoluta, en un sentido teológico y político. Además, lo deseaba, aspiraba a ser y sentirse como su señor. Tal fue la posición teológica y política de Las Casas. Era un punto de vista anticipado a su tiempo, y sin duda alguna revolucionario; un principio estrictamente moderno porque suponía una estrategia de seducción propagandística en el lugar de la guerra santa de exterminio y las prácticas de conversión compulsiva ligada a aquélla. la revisión dialéctica de la servidumbre americana por Las Casas era moderna porque llevaba implícito el ideal de una subjetividad abstracta, vacía e infinita.

La relación de España con las Américas ha estado señalada predominantemente por este principio teológico-político de hegemonía espiritual. Quiero subrayar asimismo que semejante principio teológico no ha sufrido sustanciales modificaciones a lo largo de la historia moderna. En particular me parece importante señalar que el derrumbe final del imperio colonial español, en 1898, supuso, ciertamente, la conciencia de un desastre a la vez político y moral, y toda una crisis y hasta un trauma de la identidad imperial española, pero de ningún modo la revisión de aquellas categorías metafísicas, heroicas y trascendentes bajo las que se había comprendido la realidad americana. Simplemente, en el contexto postcolonial, aquel principio de hegemonía teológico-política abandonó sus significados administrativos, para conservar el sentido de una hegemonía puramente espiritual.

"Si no hemos sabido decir 'sí' a la vida, sepamos decírselo a la muerte, haciéndola gloriosa, digna de España" -había escrito Maeztu la mañana siguiente de la destrucción de la flota española frente a La Habana. Esta reivindicación de la muerte, profundamente arraigada en el concepto cristiano de heroísmo, ponía de manifiesto lo que estaba llamado a convertirse en el punto de partida de toda una filosofía y una literatura de la identidad española. Bajo las condiciones de la bancarrota política y militar de 1898, y de la crisis de los valores históricos que habían definido la mítica grandeza de la España cristiana, intelectuales como Ganivet, Unamuno, Azorín y Maeztu elevaron una identidad nacional capaz de superar el conflicto con las ex-colonias en nombre de una espiritualidad trascendente, de un nihilismo heroico, del mito quijotista. Bajo su postulado, la perdida grandeza colonial española se reformulaba en términos trágico-existencialistas.

Valera se consolaba del desastre: se ha perdido el poderío imperial, escribía, pero la raza española es la más numerosa del siglo. Menéndez Pelayo estilizaba los valores más o menos quiméricos de la lengua española como principio de cohesión política del vasto territorio ex-colonial, ni más ni menos que en los planes un día dirigidos por Isabel la Católica. Su autoridad, otrora confundida con el poder providencial del Imperio, se sublimaba ahora en algo más que precavidos "principios del buen gusto", en cuyo nombre, sin embargo, el erudito español pretendía nada menos que asentar las jerarquías estéticas del mundo americano.

Un caso si no importante, al menos sintomático y curioso de esta redefinición espiritual de la hegemonía imperial española lo debemos a la novela de Angel Ganivet La conquista del reino de maya. En esta novela el fracasado imperialismo español se proyectaba épicamente en los cielos de delirantes conquistas en ignotos territorios africanos por mor de la gloria y la virtud, que despreciaba heroicamente cualquier objetivo pragmático o productivo del colonialismo moderno. El nuevo sentido de un imperio español se elevaba éticamente a través de sacrificios virtuosos en aras de la fidelidad conyugal, o bien se celebraba estéticamente bajo la pura belleza de las gestas sublimes, el espíritu de conquista como guerra y destrucción regeneradoras, y un tedioso etcétera.

El héroe, la horda, la destrucción, el sacrificio, la muerte, la gloria, estos mitos exaltados por Ganivet no hacían más que participar literariamente la utopía fascista española. Su descripción se cerraba, en la mencionada novela, precisamente con el programa de "otra civilización más perfecta", basada en la "superioridad de sangre" y el "mejoramiento de la raza por el sistema más recomendado de los antropólogos", según sus propias palabras.

La glorificación fascista de un heroico pasado espiritual, al mismo tiempo universalista y nacionalista coronaba, unas décadas más tarde, este renacimiento del pensamiento español en el extenso ensayo Defensa de la Hispanidad, de Ramiro de Maeztu. Allí se trazaba con mano segura la solución: restaurar los valores del universalismo cristiano de la Contrareforma como punto de partida de la redefinición espiritual de la patria regenerada, o sea, el ideario de la Hispanidad.


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