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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1995

Tres


Existe una tercera mirada de América. Ella es reflexiva. Se basa en una restauración hermenéutica de las lenguas y culturas históricas, destruidas en nombre del universalismo moderno. Mirada singular, sin duda. Y visión marginal también. Es la perspectiva intelectual de un filósofo, descendiente de la aristocracia Inca que conoció tempranamente la obra filosófica de un tratadista hispano-judió, expulsado a Italia, y a través de ella, la tradición del humanismo latino. Es la obra que traza, a partir de esta tradición crítica del humanismo europeo y de la antigua espiritualidad inca, una compleja utopía de diálogo entre culturas y religiones plurales y diversas, bajo el principio panteísta de la unidad del "mundo todo y uno". Me refiero al Inca Garcilaso.

En su crónica, los Comentarios reales, Garcilaso comenta una curiosa situación dialógica y lingüística. El asunto en cuestión luce un título pomposamente filosófico: Deducción del nombre de Perú. El cronista cuenta cómo llegaron por vez primera los barbudos a las costas del antiguo reino de Tawantinsuyu, "Las cuatro partes del universo" de acuerdo con el significado etimológico de esta palabra. Los aventureros, según narra el Inca, encontraron a un humilde pescador junto a la orilla de un río. Le dieron voces. El pescador, temeroso, pronunció primero su nombre propio: Berú. Los españoles volvieron a inquirir. El pescador profirió entonces el nombre del río en el que estaba pescando: Pelú. Los descubridores hicieron el resto. Sumaron Berú a Pelú y dedujeron que Perú era el nombre verdadero de aquella inmensa extensión cuya población, lengua, historia y civilización desconocían. Como dice Garcilaso a renglón seguido de su Deducción: "Los cristianos entendieron conforme a su deseo".

La violencia y la arbitrariedad de este nombre impuesto, que no es más que la metáfora del nombre impuesto por el bautismo compulsivo de quienes sólo elípticamente reconocemos con el nombre de indios, inaugura precisamente el falso dilema de la identidad americana. Frente a la irrealidad de la identidad impuesta, Garcilaso propone la restauración hermenéutica de la comunidad destruida a través de la recuperación de los nombres propios y de los nombres de los dioses, y con ellos la reconstrucción de la memoria.

La narración garcilasiana cumple esta exigencia a través de una articulación original de lo épico, lo mítico, la crónica y la poesía en sus Comentarios reales. Es esta obra, según sus propios palabras, "noticia", "fábula", y relato de las "historias" de la civilización inca. Su narrador es por ello, al mismo tiempo, un Yo intelectual y la voz colectiva que se configura como memoria histórica a lo largo de la crónica narrativa.

Es esta, a su vez, una memoria del "corazón" y una memoria del "parentesco", según las propias palabras de Garcilaso. Es la recuperación de una voz remota y profunda. Su significado escapa a la lógica de la dominación formulada bajo el principio teológico de la conversión universal, o bajo el principio empírico-inductivo de las ciencias productivas que le sucedió. Fue y es una voz poética. Tiene que ver con el valor evocativo de esta palabra y su relación secreta con una experiencia al mismo tiempo íntima y comunitaria. Como dice Garcilaso, una voz "oída y guardada en el corazón".[Nota 1]


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