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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1995

1. La ética civil


La ética civil es el conjunto moral mínimo aceptado por una determinada sociedad donde se salvaguarda el pluralismo de proyectos humanos, la no confesionalidad de la vida social y la posibilidad de una reflexión ética racional. Así entendida, la ética civil señala una instancia normativa social, más allá o por encima de los usos convencionales, de la compulsión institucional o de la normatividad jurídica positiva. Indica el grado de maduración ética de una sociedad, o si se prefiere, el nivel ético alcanzado por una sociedad. Apunta en su dinamismo hacia un ideal ético universal capaz de acoger a todos los hombres de una época determinada; esta transida, por consiguiente, de un impulso ético universalista, que vendría dado por una moral pública universal. Dicho de otra manera, la ética civil marca el nivel ético de una sociedad y la sensibilidad moral que impulsa a la humanidad en un momento histórico determinado. [Nota 1]

La ética civil, en cuanto conjunto de valores y orientaciones morales compartidas en un momento histórico social, tiene el carácter de un cierto precipitado moral: un proceso de decantación efectuado a través de vicisitudes y confrontaciones sociales. Tiene razón J. Rawls cuando ve en la ética civil un solapamiento de valores y normas morales. [Nota 2]No proceden de un ejercicio académico y lógico puro sino de la vida social misma, con sus complejidades, acuerdos, desacuerdos y negociaciones. Es un consenso solapante.

Este consenso solapante posee valores compartidos, pero ofrece frecuentemente, en las sociedades plurales, una variedad de teorías, intentos o referentes fundantes. Es decir, según el punto de vista de: 1) la concepción de lo que desde Aristóteles llamamos la "vida buena", la ética civil no presenta ninguna unidad, sino una pluralidad de cosmovisiones, concepciones del hombre, del mundo y la felicidad; se comparten únicamente una serie de valores y de orientaciones morales que se deducen o concluyen de dicha diversidad de modelos de la "vida buena"; 2) los referentes justificadores de dicha "vida buena" o felicidad, remiten a tradiciones diversas, con visiones del hombre y del mundo imposibles de reducir a unidad y menos de justificar racionalmente por igual. 3) la justificación racional afectará sólo al conjunto de valores y normas morales básicos compartidos.

Por lo que venimos diciendo, se advierte que la ética civil se sitúa más acá de las éticas de la felicidad o de la vida buena. Éticas del ser humano en sus aspiraciones personales de estilo de vida y de concepción de la misma, compartidas con otros muchos quizá, a través de las creencias religiosas, las tradiciones y la cultura fraguada y vivida en común. Este tipo de éticas, son éticas de máximos o "éticas densas" ("thick") para expresarnos como lo hace M. Walzer.[Nota 3] Incorporan a sus contenidos no sólo los elementos fundamentales capaces de ser compartidos o consensuados por todos, sino los aptos para vivir plenamente un estilo de vida humano definido, según un proyecto de vida tendiente a la realización y la felicidad.

La ética civil, tal como la concebimos, se sitúa más allá, sin embargo, del mero relativismo, contextualismo o localismo. Acepta, contra las posturas de los denominados postmodernos,[Nota 4]que se puede acordar un mínimo de orientaciones y normas morales en nuestras sociedades democráticas y plurales. Será una ética mínima, en el sentido del conjunto de normas morales que, en este momento, se pueden defender argumentativamente para todos. Es una ética, según la terminología de H. Habermas y Apel, sujeta al principio de la universalización y por tanto de la justicia. No alcanza -no puede hacerlo- la extensión de las éticas de la felicidad o de la vida buena, pero es suficientemente amplia para garantizar la vida pública en común. Es una ética del ciudadano.

La ética civil se convierte así en la expresión -ética de la conciencia del hombre situado en un momento histórico determinado y rodeado de una serie de desafíos o problemas comunes. La ética cívica es la antropología social del ser humano, en un momento histórico social, hecha normatividad moral. Una normatividad necesariamente abierta en la búsqueda de respuesta a la circunstancia socio-histórica de vulnerabilidad del ser humano y de profundización moral.

La reflexión de la ética civil se alimenta, como fácilmente se deduce de lo que venimos insinuando, del acervo moral de las grandes tradiciones morales, de las corrientes de pensamiento y de las instancias éticas de la humanidad. Dentro de las grandes fuentes de sentido y de orientación moral y de valores están las tradiciones religiosas. La religión, advertimos así, constituye una de las grandes corrientes que alimenta la ética civil. Claro que no sin ambigüedades y problemas, como ya sabemos por la historia, incluso la de nuestros días. Pero la problematicidad y ambigüedad que recorren a todo lo humano no empequeñece la significatividad de la religión para la ética civil. Al menos, no parece superfluo reflexionar sobre esta cuestión, en un momento de declarada necesidad y urgencia de un impulso moral público ante los desafíos que nos cercan a los ciudadanos del Noratlántico desarrollado y amenazado por una crisis civilizacional


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