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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1995

5. ¿Cómo dominar la contingencia en la sociedad del riesgo?


Una aportación indiscutible de la modernidad es el haber mostrado cómo aspectos de la vida humana y social tenidos como inamovibles, se mostraban disponibles a la decisión y acción humanas. Pero, también ha mostrado una faz nueva de la incontrolabilidad: la que procede de la misma dinámica desatada por las fuerzas que han configurado los rasgos más sobresalientes de la misma modernidad. Los límites del conocimiento y del manejo de los sistemas y procesos de modernización, nos han puesto de nuevo de cara a la indisponibilidad. Vivimos, en este momento de la modernidad, la experiencia de la contingencia y de la dependencia del destino. Una especie de amenaza del no-ser, traducida en miedo al futuro y en desconfianza ante el llamado progreso.

De esta situación han deducido algunos, como H. Lubbe[Nota 24], la necesidad antropológica de la religión. La religión es la praxis humana destinada precisamente a conferir sentido a la vida interpelada por lo indisponible: "La experiencia de los límites de la capacidad de transformación de la realidad vital en sentido de la acción es la experiencia permanente, tan irritante como insoslayable, de realidad, hacia la cual ni técnica, ni moral ni políticamente, sino sólo religiosamente, se puede uno comportar con racionalidad". [Nota 25]

La religión nos pone ante lo indisponible no para manipularlo, sino para transformar su relación con nosotros: nos permite aceptar con sentido mayores cuotas de indisponibilidad.

Ha acontecido un desplazamiento del ámbito de las experiencias de contingencia. Hasta nuestros días han predominando las contingencias referidas a la esfera de lo privado: problemas de identidad, existenciales, de culpa, muerte, etc. Cada vez más, vemos que estos problemas están insertos en marcos sociales más amplios, han sido subsumidos por dimensiones sociales que los determinan. De aquí que los planteamientos puramente personales no valen. Tampoco las soluciones religiosas personales e intimistas --como el del re-encantamiento esotérico, tipo New Age, del momento socio-cultural presente, o las nostalgias premodernas de los fundamentalismos- son reales. Son huidas de la realidad o pactos conformistas con ella, que no conducen a un cambio social y verdadero de la situación, sino a una legitimación del statu quo.

¿Se deduce de aquí, como quiere N. Luhmann, que la razón de ser de la religión es la reducción de complejidad ? ¿Será la religión el subsistema encargado de hacer disponible lo indisponible y proporcionar desde esta forma sistémica, sentido a la vida social, es decir al sistema social? ¿Será esta la forma de estar a la altura de los tiempos y de funcionar conforme a la racionalidad que solicita el desarrollo sistémico de la modernidad?

La transformación de una complejidad y contingencia indeterminada en una determinada o determinable,[Nota 26] hará un mundo donde se conjure el fantasma de la inseguridad y la incertidumbre de lo indeterminado y complejo, pero no parece ser capaz de sacarnos del ámbito funcionalista predominante en este sistema social, ni de rescatar al sujeto de su entramado. Y un subsistema religioso especializado en la reducción de complejidad, pero sin importarle los sujetos, se ha actualizado muchísimo pero ha perdido resonancia personal. Es un tipo de religión que no acertamos todavía a comprender.

Entre el reconocimiento de la "indisponible contingencia existencial' de H. Lubbe, y la determinación religiosa de lo indeterminado de N. Luhmann, me parece entrever otra postura más adecuada para este momento social y religioso: la de la radicalización de la experiencia religiosa sumergiéndose en la secularidad. Tratar de hacer justicia críticamente a la razón moderna, pero sin plegarse a la funcionalidad predominante; ahondar la experiencia religiosa que descentra de sí y vincula estrechamente a Dios y al hombre (especialmente necesitado) -al menos en la tradición judeo-cristianabuscando, con otros, creyentes y no creyentes, las mediaciones culturales, políticas y sociales más aptas para responder a la sociedad del riesgo. De esta manera, la religión (cristiana) colaborará en la formación de una ética civil, expresión de la sensibilidad moral de la sociedad occidental y aportación al patrimonio ético de la historia humana.


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