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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1995

1. De la religión a la ética: las iglesias ante la modernidad


No es cierto que la tolerancia, en cuanto virtud del nuevo ethos de la Ilustración, y el liberalismo, hayan sido los factores decisivos en la relativización de los credos religiosos que trajo consigo la modernidad. Las iglesias cristianas se relativizaron a sí mismas principalmente a partir de la Reforma Protestante.

Como lo señala De Certeau, la división de las iglesias cristianas europeas a partir del siglo XVI no sólo tiene consecuencias intra e intereclesiales sino que trastoca sustancialmente la relación de todas ellas frente a la nueva sociedad en formación. Lo que ocurre es mucho más que un cisma eclesiástico; altera el modo de presencia de la religion en la vida social:

"...se rompe la alianza institucional entre el lenguaje cristiano que expresa la tradición de una verdad revelada y las prácticas propias de cierto orden del mundo. La vida social y la investigación científica se alejan poco a poco de los feudos religiosos. Las afiliaciones a distintas iglesias, al oponerse, se relativizan y se convierten en determinaciones contingentes, locales, parciales. Se vuelve necesario y posible encontrar una legalidad de otro tipo. Una nueva axiomática del pensamiento y de la acción se instala en un principio como una tercera posición entre las dos iglesias contrarias (católica y protestante). Progresivamente, esta nueva posición va definiendo el terreno que se descubre debajo de la fragmentación de las creencias".[Nota 1]

Ante la nueva situación de división de las iglesias cristianas, éstas entran a los tiempos modernos con una gran beligerancia proselitista. Los comportamientos observados parece que tienen la intención de afirmarse ante el Estado como última instancia, mediante una presencia numérica y estadística, como si la "verdad" de cada una de ellas dependiera de la cantidad de adeptos que consigue reunir. Se lucha por las feligresías y se afilan los conceptos teológicos que las diferencia como si fuesen cuchillos.

De esta forma y a partir de la relativización de los credos que llevan sus diferencias a los campos de batalla, emerge una ética autónoma (no heterónoma o dependiente de credos religiosos transcendentes) que tendrá por marco de referencia al orden social o a la conciencia. Así, desde la sociedad y desde la conciencia se define la rectitud de la conducta. De este modo, un rasgo fundamental de la modernidad que transmite la Ilustración será el dominio de la ética sobre la religión. Con la ética, la práctica social se convierte en el lugar en función del cual se elabora una teoría de las conductas. Ya no podrán ser los credos y los decálogos de las iglesias, enfrentados contra sí mismos en sus diversas acepciones, los que puedan garantizar la armonía de la convivencia social. Ante esa incapacidad de cada una las iglesias de ofrecer una propuesta global en las creencias y en el comportamiento, el Estado como rector de la sociedad propone una ética cívica teniendo comc refrente principal a la sociedad misma, su conservación y su progreso.

"Dicho de otro modo, la ética desempeña el papel asignado antes a la teología. Una 'ciencia de las costurnbres 'juzga en lo sucesivo a la ideología religiosa y a sus efectos, en el mismo sitio en que la 'ciencia de la fe' clasificaba los comportamientos en una subsección llamada 'teología moral' y jerarquizaba las conductas según las normas de la doctrina. Esta evolución presenta muchos signos: el primado epistemológico de la ética en la reflexión sobre la sociedad, la apreciación de la religión según 'valores' que son los suyos propios (el bien común, la exigencia de la conciencia, el progreso, etc.); el repliegue de la religión hacia las prácticas religiosas o su alineamiento bajo categorías impuestas por una sociedad; la marginalización del culto por la ley civil... etc."[Nota 2]

Ante esta nueva situación en la que son reubicadas las iglesias en los estados modernos, con diferencias de matices, la mayoría de ellas se replegó en su ética institucional y desde ella, con mucha frecuencia, se han definido las relaciones con la sociedad civil. Algunas consiguieron, mediante concordatos y arreglos con Estados confesionales, hacer prevalecer sus respectivas éticas como éticas públicas y civiles. Pero es en esos casos en los que los Estados, al menos en lo que se refiere a su alianza unilateral y con frecuencia excluyente con una iglesia, regresaron (al menos en lo que se refiere a este punto) a posiciones premodernas y casi siempre antitolerantes. Por eso el prototipo de las nuevas relaciones modernas entre iglesia y sociedad lo encontramos en los Estados laicos. En tales circunstancias, las iglesias se atrincheraron en sus éticas institucionales frente a la ética pública. Y ha sido con esa actitud que las iglesias han persistido frente a la evolución ética de la sociedad civil y frente a las "razones de estado" desde las cuales la modernidad definió muchas veces la ética pública como consecuencia de la pérdida de credibilidad de las iglesias. La razón de Estado viene a llenar el vacío al reglamentar los comportamientos según las exigencias del nuevo contrato social:

"Se toman de nuevo las estructuras religiosas, pero bajo otro régimen. Las organizaciones cristianas se vuelven a emplear en función de un orden que ellas ya no determinan. Un rasgo muy significativo: se reconoce al rey el privilegio de"tener a Dios de su parte"... Las iglesias se encuentran, como Dios, de parte del rey. Si Luis XIV se inscribe en el movimiento de la Contrarreforma, invierte los principios por la manera como los lleva a cabo. Ciertamente cada vez es más 'conservador' en materia religiosa a medida que su poder se afirma. Su "gran designio" parece tender a la 'restauración' de una Iglesia llena de cuarteaduras, pero en realidad tiene por "devolver al Estado su tranquilidad y a la autoridad sus derechos..." Las instituciones políticas utilizan a las instituciones religiosas, les infiltran sus criterios, las dominan con su protección, las destinan a sus objetivos."[Nota 3]

Esto resultó particularmente evidente, por ejemplo, en las estrechas relaciones de control y dominio que la política borbónica logró sobre la Iglesia Católica española. En la segunda mitad del siglo XVIII , bajo el Despotismo Ilustrado de Carlos III y sus sucesores, los perfiles más propios de la pastoral católica parecen desvanecerse al ponerse totalmente al servicio de la nueva filosofía del Estado y de su concepción del progreso humano. Se diría que es el alto precio que paga la Iglesia sometiendo su libertad institucional a cambio de la exclusividad que le conceden sus "católicas majestades". El arreglo, a la luz de la nueva racionalidad ilustrada es ya anacrónico, pero muy funcional tanto para el absolutismo como para una iglesia que no se resigna a despedirse del antiguo régimen. Por estos caminos las iglesias, particularmente los sectores que más intensamente aceptaron la ilustración modernizadora en su interior, se plegaron a la nueva ética pública de la modernidad. Los sectores más ilustrados del episcopado católico se convierten, en virtud de la nueva interpretación política de la pastoral, en agentes de la nueva racionalidad política establecida e incluso de la economía política que se trata de implantar por todas partes. El progreso parece remplazar en algunos casos a la caridad como valor central del cristianismo. En realidad el Despotismo Ilustrado confesional quiere una iglesia fuerte, con un gran control sobre las conciencias y al servicio del Estado.

De esta manera los comportamientos, que en la Edad Media habían sido de exclusiva competencia de la Iglesia, se politizan en cuanto que pasan a ser parte de un "sistema que organiza las conductas en los términos de fuerzas presentes, de los contratos sociales que jerarquizan a dichas fuerzas y de los valores comunes postulados por dichos contratos". [Nota 4]

El liberalismo abre un nuevo frente en la modernidad. De hecho se constituye, junto con el marxismo (ambos, ramificaciones del mismo impulso de la Ilustración) en una alternativa real para la configuración de la cultura y en franca competencia con las iglesias. En el catolicismo fue realmente frontal la lucha contra el liberalismo oficialmente condenado, sobre todo, en sus principales tesis de liberalismo político y filosófico (libertad de conciencia). En cambio, las iglesias protestantes se sintieron mejor relacionadas con los principios liberales que, en muchos casos, les abrían la posibilidad de expansión en los Estados modernos. Sin embargo no puede olvidarse que, no obstante las raíces protestantes de la libertad de conciencia en la teoría del libre examen, muchas iglesias protestantes fueron más liberales en su ubicación en la sociedad y en su diálogo con los poderes públicos que en su organización interna y en la administración de los bienes simbólicos.

Con todo, es evidente que la mayoría de las iglesias cristianas (con más reticencia la católica) acogieron con ilusión y esperanza muchas de las grandes promesas de la modernidad: derechos universales del hombre, progreso y bienestar para todos, desarrollo, dominio de la naturaleza y explotación de sus recursos, etc. Es más, la mayor parte de ellas hicieron suyos tales paradigmas promisorios y en esa confianza un tanto ingenua les alcanzó la posmodernidad.


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