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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1995-1996

I. Muerte diacrónica de las culturas


En Occidente es posible la desaparición de las culturas nacionales. Este es el sombrío mensaje que dejaron Oswald Spengler y Arnold Toynbee en su historiografía morfológica. Y la historia europea más de un ejemplo: la cultura flamenca del siglo XVI, la vienesa de finales del siglo pasado y la soviética de los años 70, han perdido para siempre su espacio y trascendencia temporal. Pero también es posible, y no sólo en Occidente, que al interior de una tradición nacional desaparezcan las culturas diacrónicas que cifran el pasado de un país. Ese es el caso de Cuba, donde al parecer se cierran herinéticamente los ciclos de la nación y se rearticula con facilidad el patrimonio simbólico.

En la trayectoria cubana unas culturas se esfuman sin dejar rastro, dando paso a otras que se articulan desde frágiles herencias. El imaginario criollo del siglo XVIII desapareció en el patriciado cubano del siglo XIX. Por su parte la simbología patricia se descontinuó durante la primera experiencia post-colonial de 1902 a 1933. Luego, la sociabilidad clientelar, la práctica delchoteo y el discurso de la decadencia fueron desplazados por la retórica de la renovación cívica, las vanguardias artísticas y la espiritualidad nacional. A una Nación en busca de un Estado le siguió entonces un Estado en busca de una Sociedad. Esta cultura republicana, que había cristalizado en la Constitución de 1940, fue interrumpida bruscamente con el golpe militar de Fulgencio Batista en 1952. Hacia finales de la década, la Revolución pareció rearticularla en virtud de resolver históricamente su propia ruptura, pero ya para 1961 otro orden la cancelaba sin inercia. Tras la indefinición inaugural de la ideología revolucionaria predominó cierta sensibilidad guevarista, que después sería marginada por el sistema filosoviético en los años 70. Este sobrevivió hasta finales de la pasada década, cuando por fin se origina la cultura crítica de la transición cubana actual. Así la historia insular ha devenido en una sucesión de tensos escenarios culturales que se excluyen mutuamente.

El deceso diacrónico de las culturas en Cuba da la impresión de estar ante un país donde la densidad de la historia es casi nula. En efecto, se trata de una nacionalidad muy joven, cuya integración étnica y cultural no se inició hasta mediados del siglo XIX. Allí no se fijaron estructuras perdurables del antiguo régimen colonial: como las corporaciones militares y eclesiásticas, los pueblos de indios, los tribunales, la Inquisición, las audiencias y el complejo sistema de castas. En Cuba la cultura criolla fue menos sólida y el mestizaje más acelerado que- en los virreinatos latinoamericanos. La raíz africana, más proclive al sincretismo que la indígena, introdujo una lógica de enlaces y traducciones sumamente peligrosas para la estabilidad del orden colonial. En vez de una jerarquía estamentaria, con todo el metarrelato jurídico que ella acarrea, se dio el difícil engranaje de plantación entre la esclavitud racialyla industria azucarera, entre la mística antifiberal y el mercado atlántico. Por eso se puede afirmar que la excepcionalidad histórica de Cuba, más que radicar en la tardía separación de España, reside en la ausencia de un auténtico ancien régime, es decir, en la falta de un verdadero pasado holístico sobre el cual imponer la sociedad moderna. [Nota 1]

Claro, el hecho de que el clásico orden corporativo español haya fracasado en Cuba no supone la inexistencia de un pasado colonial. Así como la imagen de un devenir discontinuo y quebrado no implica el trauma de un pueblo sin historia y una nación sin identidad. A propósito, se puede recordar el reproche que le hacía Marshall Sahlins a Evans- Pritchard por creer que los isleños de los Mares del Sur carecían de historia, cuando tan sólo les faltaba el registro textual de sus actos.[Nota 2] A la insularidad cubana le falta el continuum de su devenir cultural y por eso su experiencia de la historia es ajena al metarrelato de la identidad. Pero abundan los testimonios del acto histórico en Cuba, a la manera de la muerte del capitán Cook imaginada por los salvajes de las islas Sandwich como un sacrificio divino. Es decir, la trayectoria de la cultura cubana no dispone de metatexto racional, pero sí de los signos e imágenes que fragmentan su tiempo. En este sentido, la propuesta de Sahlins de concebir la historia insular a través de una "mitopraxis" sucesiva es perfectamente aplicable al caso cubano. [Nota 3]

Sin embargo, en la intelectualidad cubana siempre ha habido mentes que dudan de la definición nacional de la isla. José Antonio Saco, Enrique José Varona, Fernando Ortiz, Jorge Mañach y Virgilio Piñera, alguna vez pensaron que Cuba no era una nación. Frente a esta desconfianza se coloca el credo de los que celebran la epifanía del ser nacional: Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Martí, José Lezama Lima y Cintio Vitier. Ésta es la tradición que ha presentado las pruebas ontológicas de la existencia insular. Y en uno de sus textos primordiales, Lo cubano en la poesía, encontramos que tanto el alejamiento del cuerpo insular como su penetración son pautas expresivas de la criatura cubana. [Nota 4] De modo que divisar la isla desde lejos es uno de los ejes históricos de la cultura en Cuba, mientras el otro es lo que Guillermo Cabrera Infante ha llamado "el exilio interno". [Nota 5]

La escasa densidad histórica de Cuba, en vez de generar una cultura anclada en el presente, ha desatado una perpetua gravitación hacia el futuro. Desde sus orígenes, en el siglo XIX, el discurso cubano ha revelado una intensa voluntad de sublimación utópica. [Nota 6] Se trata, en palabras de José Lezama Lima, de la génesis poética y moral de una "tradición por futuridad". Los cubanos inventan una historia de actos intangibles, cuya verificación en el tiempo funciona unas veces como profecía y otras como deseo. De nuevo, a través de la experiencia cubana, la insularidad sirve de espacio mínimo para el imaginario utópico. Las islas, al decir de Michel Butor, son lugares de consenso y espera: sus habitantes viven y mueren con la certeza de que la historia volverá a originarse allí y con ellos. [Nota 7] Es ésta la sensación adánica de los insulares: creen que están antes o después del tiempo. El horror vacui de Pascal, la soledad de los espacios infinitos, se teme lo mismo desde un oasis en el desierto que desde una isla en el mar. Por eso la cultura cubana, para tocar el tiempo y huir del espejismo insular, ha recurrido a lejanías e inmersiones, se aleja fuera y dentro del país. Son las dos formas de asumir los bordes de la isla.


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