©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1995-1996

II. Lejanías


Cada desaparición de una cultura en otra a lo largo de la historia cubana ha provocado su propio exilio. Las primeras señales de la nacionalidad en el discurso criollo de los siglos XVII y XVIII remiten siempre a una mirada exterior. La escritura epiciforme del Espejo de paciencia (1608) enlaza el origen del texto cubano con el noticiario sobre rarezas de Cuba que aparece en las crónicas de los viajeros. Silvestre de Balboa registra en su narración una "historia exótica", es decir, cuenta un suceso que resulta ajeno a su racionalidad. La "divina paciencia" de Fray Juan de las Cabezas y Altamirano y la "milagrosa victoria" del capitán Gregorio Ramos sólo podían concurrir en la "más famosa" de las islas.[Nota 8] Este extrañamiento en el espacio y la trama identifica a Balboa con la visión de algunos viajeros de los siglos XVI y XVII, como A. O. Esquemeling y Martín Fernández de Enciso. De manera que aquel canario, vecino de Puerto Príncipe, no escribía desde Cuba sobre la prisión de un obispo en Manzanillo, sino desde el exterior.

El siguiente testimonio textual de la cultura cubana reincide en esta exterioridad. La comedia bucólico-portuaria de Santiago Pita, en 1730, terminaba con unos versos contradictorios: "Y El príncipe jardinero, /de un ingenio de La Habana/ hecha en Sevilla, da fin".[Nota 9] ¿Era este texto habanero o sevillano? Al parecer ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario: era la refundición de una obra teatral del florentino Giacinto Andrea Cicognini. Antonio Bachiller y Morales afirmó que "toda la Habana se sabía escenas completas del drama". Vemos aquí el origen del confuso imaginario criollo: la memoria habanera reproducía visiones que proyectaban su espacio en textos ajenos y distantes. La mirada exterior configuraba una imagen propia que servía luego como principio de alteridad frente a otros mundos.

La historiografía criolla del siglo XVIII, con Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, José Martín Félix de Arrate, Nicolás Joseph de Ribera y José de Urrutia, abre otra dimensión de la exterioridad cultural en Cuba. El inventario de rarezas, ésta vez, desplaza la referencia al mito clásico por los códigos de la razón ilustrada. Arrate, por ejemplo, impugna la leyenda de Gea y Anteo para negar que los criollos requieran siempre de la protección de España en el logro de sus fines. [Nota 10] Se pasa del asombro a la curiosidad y de la cenario imaginado de fantasías marinas grandilocuencia a la descripción, según el modelo de la Historía Natural del Conde de Buffon. En lugar de un es y honorables proezas aparece el paisaje observado del mundo físico y moral Compárese, para este fin, el retrato que hiciera Silvestre de Balboa de las virtudes de fray Juan de las Cabezas y Altamirano con el que ofrece Morell de Santa Cruz del frayJulián Garcés.[Nota 11]

La mirada exterior que funda la alteridad criolla ya no es la del viajero sino la del naturalista. La clasificación del entorno natural y social del Nuevo Mundo era una de las prioridades de la burocracia borbónica. Los jardines botánicos, las expediciones científicas y los laboratorios universitarios fueron prácticas del saber ilustrado que ejercitaron una imagen del espacio americano. De acuerdo con ella los criollos se autocontemplaban sin dejar de sentir la otredad que se abría paso entre las élites de ultramar. Por eso era como discurso criollo tuvieran élites de ultramar. . Por eso era dos ojos: uno propio para observarse a sí mismo y otro ajeno para percibir su paisaje. Esto explica que Arrate y Ribera pudieran exaltar a los notables habaneros por encima de sus padres peninsulares y, a la vez, admitir que los habitantes y condiciones de la isla no llenaban el objeto de su Metrópoli. [Nota 12]

Con el advenimiento del siglo XIX Con el advenimiento del siglo XIX alteridad criolla al de la identidad cubana. Justo aquí la exterioridad se vuelve exilio y la extrañeza lejanía. Al reconocerse plenamente en su ámbito cultural y natural, el cubano adquiere la capacidad de abandonar su espacio. La conciencia de sí le llega acompañada del deseo o la necesidad de trascender su territorio. Nace entonces la cultura nacional sin una soberanía estatal y esto provoca que gran parte de la expresión cubana del siglo XIX esté asociada al destierro. Pero, en todo caso, sería una exageración imaginar, todos los signos intelectuales de la Cuba colonial dentro del enfrentamiento al dominio español. Como en casi todas las culturas nacionales, en la cubana del siglo pasado había zonas de netralidad que no gravitaban haciala fundación politica un nuevo Estado.

De la generación ilustrada que vivióel tránsito de la cultura criolla a la nacional sólo Ventura Pascual Ferrer repartió sus días entre La Habana, Madrid y Cartagena de Indias. Francisco de Arango y Parreño, José Agustín Caballero, Tomás Romay, Juan Bernardo O'Gavan y Manuel de Zequeira pasaron su madurez intelectual en Cuba. En cambio, las cuatro figuras cardinales de la generación siguiente, Félix Varela, José Antonio Saco, José María Heredia y Domingo del Monte, produjeron lo fundamental de sus obras en el exilio. Es cierto que el espacio público de la cultura cubana fue siempre conservado en la isla por los que permanecieron allí; esto es, por José de a Luz y Caballero, los hermanos González del Valle, Ignacio Valdés Ma chuca, Francisco Iturrondo, Plácido, el presbítero Francisco Ruiz y Manuel Costales, entre otros. Pero es innegable que el aporte esencial de la intelectualidad cubana a mediados del siglo pasado se verificó en el destierro.

El gran poeta romántico José María Heredia vivió una suerte de frenesí republicano en México, de 1825 a 1836. Allí coincidió con su compatriota desterrado, Antonio José Valdés, autor del primer texto moderno sobre la historia nacional: Historia de la isla de Cuba y en especial de la Habana. La desilusión política y la nostalgia por Cuba lo impulsaron a escribir una carta al Capitán General de la Isla, Miguel Tacón, en la que se retractaba de sus ideas separatistas. Gracias a este gesto, que lo condenó al ostracismo por sus contemporáneos, pudo visitar la isla antes de morir en México tres años después. Domingo del Monte, el crítico literario y promotor cultural más importante de la primera mitad del siglo XIX cubano, rehusó encontrarse con su íntimo amigo Heredia durante la estancia de este último en La Habana. Pero en ese momento no sospechaba que diez años después se vería en el caso de pedirle al Gobernador de Cuba, Leopoldo O'Donnell, que le permitiera regresar a su país. La petición le fue negada y Del Monte tuvo que vivir el resto de sus días en Europa.

El padre Félix Varela salió de Cuba en 1821 y jamás regresó. Si para la cultura insular fue el primero de los cubanos, entonces para la política fue el primero de los exiliados. En Nueva York, donde pasó la mayor parte de su vida, no sólo se dedicó a la propaganda pública en favor de la independencia de Cuba, sino que se integró plenamente al medio católico norteamericano. Fue profesor de teología del Seminario de Santa María de Baltimore y en 1837 llegó a ser vicario general de Nueva York. José Antonio Saco, su discípulo y heredero de la cátedra de filosofía del Seminario de San Carlos de la Habana fue deportado en 1834. Su abarcadora y fecunda actividad intelectual transcurrió sobre todo en Europa y sólo a finales de 1860 regresó por breve tiempo a La Habana, con motivo del título de profesor emérito que le concedió la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de esa ciudad.

Con Heredia en México, Del Monte en Madrid, Saco en Londres y Varela en Nueva York, el exilio intelectual cubano estaba disperso. Al parecer, ésta ha sido otra constante de la historia insular: el éxodo cultural se reparte entre varias comunidades. Fue ese rasgo el que hizo hablar a Calvert Casey, en la década del 60, de una "diáspora cubana. [Nota 13]Pero tanto en el exilio revolucionario, como en el colonial, el espacio norteamericano ha sido el principal cónclave de debate sobre el destino de Cuba. En el El Mensajero Semanal, periódico cubano publicado en Nueva York de 1828 a 1831, José Antonio Saco sostuvo una brillante polémica con el polígrafo español Ramón de la Sagra, en la que apareció la primera defensa pública de la cultura desterrada. La Sagra, que representaba la razón colonial, atacó a José María Heredia, primer poeta de América y autor delcélebre Himno del Desterrado, y a Félix Varela, editor de la publicación separatista El Habanero. La respuesta de Saco fue entonces el testimonio de que los signos esenciales de la cultura cubana se articulaban en el exilio.

En 1839, cuando Heredia moría desgarrado por la distancia, se publicó en La Habana la gran novela cubana del siglo XIX: Cecilia Valdés; o, La Loma del Angel. Su autor, el pinareño Cirilo Villaverde, era sospechoso de ideología independentista, aunque en realidad simpatizaba con el anexionismo norteamericano. Por conspiraciones dirigidas a este fin fue encarcelado en 1848, pero al año siguiente consiguió huir y emigró a los Estados Unidos. Vivió en Nueva York hasta su muerte y allí se convirtió en una figura clave de la opinión cubana del exilio. Villaverde abrió en el destierro un espacio público para las letras insulares, sólo comparable al que logró en España la poetisa camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda. De La Peregrina, como la retrataba su propio pseudónimo, se ha dicho con razón que tanto exilio la hizo extranjera y murió española. Es curioso que, a pesar de que en versos llamara a Cuba "patria feliz" y edén querido", el último Diccionario de la Literatura Cubana (Academia de Ciencias, La Habana, 1980-84) se refiera a su país como "isla natal". Pero bueno, hablamos de un diccionario de las letras cubanas donde no aparecen los nombres de Roberto Agramonte, Herminio Portell Vilá, Leví Marrero, Gastón Baquero, Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy. Estos son los nuevos desterrados de la cultura insular.

Los treinta años de génesis de la independencia, de 1868 a 1898, fueron una época de últimos regresos, estancias clandestinas y nuevas fugas. En 1870, el poeta Juan Clemente Zenea se internó secretamente en la isla para negociar con los insurrectos una paz que tuviera como condición el reconocimiento de la autonomía cubana. El gobierno español, supuesto beneficiario de su misión, lo encarceló ocho meses en la fortaleza de la Cabaña y luego dispuso su fusilamiento. La República en Armas tampoco confió en sus credenciales separatistas y el poeta bayamés quedó rechazado por las dos lealtades políticas en conflicto. Algunos de los mejores poemas de Zenea se publicaron en Nueva York, hacia 1858, dentro de una antología colectiva titulada El laúd del desterrado, que incluyó a otros escritores cubanos en el exilio como Leopoldo Turla, Miguel Teurbe Tolón, Pedro Angel Castefión, José Agustín Quintero y Pedro Santacifia, quien luego se convertiría en el secretario particular del presidente mexicano Benito Juárez.

Zenea es el caso extremo de la soledad del intelectual en Cuba, ya que fue un desterrado de su país y de las dos culturas que se disputaban la soberanía insular. Por eso su figura se ha convertido en una metáfora del desencuentro secular entre los intelectuales y el poder en Cuba. Desde José Martí hasta Abilio Estevez, pasando por Cintio Vitier y Guillermo Cabrera Infante, la memoria de Zenea ha sido siempre un foco de complicidad gremial para los escritores cubanos. Pero la primera reivindicación de este poeta atrapado por la intolerancia política se debe al ensayo Vida y escritos de Juan Clemente Zenea, publicado en París en 1901. Su autor, Enrique Piñeyro, el crítico literario más importante de finales de siglo, había regresado a Cuba, como Manuel de la Cruz, Manuel Sanguily, José Martí y otros intelectuales separatistas, tras la amnistía decretada por el Pacto M Zanjón. Pero al año siguiente ya editaba sus célebres Estudios y conferencias de historia y literatura en Nueva York y meses después se instalaba definitivamente en París. Allí murió en 1911, después de haber atiborrado las editoriales francesas de bibliografía cubana. Sus penetrantes estudios sobre José María Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Juan Clemente Zenea constituyen, desde el exilio, la primera aproximación reflexiva a la gran poesía cubana del destierro.

José Martí, fundador de otra escritura hispanoamericana y máxima referencia de la historia de Cuba, salió de su país a los 17 años. En toda su existencia adulta Martí sólo vivió un año y quince días en Cuba: del 31 de agosto de 1878 al 15 de septiembre de 1879. En enero de 1877 había pasado clandestino por la Habana y entre abril y mayo de 1895, víspera de su caída - suicidio en combate, vivió alzado en los montes del sureste de la isla. De modo que toda la obra política y poética de Martí, tan decisiva para la historia y la cultura cubanas, fue concebida en el exilio.

Pero además, el propio Marti considerado después por el Estado republicano como el Apóstol de la Patria, formó su partido independentista con los emigrados cubanos de Tampa y Cayo Hueso. Y al hablar de los sectores sociales de Cuba que apoyaban la ruptura con España se refería siempre al "pueblo de mente contemporánea y superior capacidad, sazonado en la gloria de la guerra y la disciplina del destierro". [Nota 14] De modo que Martí se basó en dos experiencias históricas para organizar su movimiento político: la guerra de los diez años (1868-1878) y el exilio.

Martí tuvo la suerte de morir en Cuba, pero otros fundadores de la nación insular desaparecieron en la soledad del destierro. Antonio José Valdés y José María Heredia murieron en la Ciudad de México, Varela en San Agustín (La Florida), Saco en Barcelona, Del Monte y la Avellaneda en Madrid, Villaverde y De la Cruz en Nueva York, Enrique Piñeyro y Francisco de Frías y Jacott (Conde de Pozos Dulces) en París. Si bien no toda, una parte sustancial de la cultura cubana había muerto en el exilio. Por eso uno de los actos iniciales de la República de 1902 fue la repatriación de los restos de los intelectuales desterrados. Era, a fin de cuentas, un gesto indispensable para la legitimación del nuevo régimen: recuperar los cadáveres de la cultura que había inventado una nacionalidad que luego se convirtió en Estado. Así fue como, sin conciencia, Varela y Del Monte regresaron a Cuba. Pero los restos de Heredia se perdieron en México y los otros siguen en el lugar que les asignó el exilio.


Inicio del artículoAnteriorRegresosiguiente