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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1995-1996

III. Regresos


Las tres primeras décadas de la historia republicana fueron un lapso de recuperación cultural de] espacio. La nueva generación intelectual se concentró en el diseño de las instituciones espirituales del Estado independiente. Francisco Figueras, Jesús Castellanos, los hermanos Lles, Joaquín Llaverías, Miguel de Carrión, Carlos Loveira, Ramiro Guerra, Fernando Ortiz, trabajaron la mayor parte del tiempo en Cuba. Su entusiasmo inicial por el orden soberano se nutría del aliento de los intelectuales predecesores que, como Enrique José Varona, Manuel Sanguily, Domingo Figarota-Caneda y Carlos M. Trelles, transitaban de la Colonia a la República. Este retorno de la intelectualidad al espacio nacional correspondió a la época de mayores índices de inmigración europea, sobre todo gallega y asturiana en la isla. Así, el país se iniciaba en la vida independiente bajo un clima de gravitación cultural hacia su territorio.

El testimonio más claro del reencuentro republicano entre los intelectuales y su paisaje fue la generación de 1920. Se puede afirmar con propiedad que en esta década culmina la génesis de la cultura nacional. Los criollos de siglo XIX se habían convertido en cubanos sin la certeza histórica de su propia transformación. Esta autoconciencia le perteneció a sus hijos y por eso veinte años después de fundada la República surge el discurso de la historia nacional. Pero no sólo el autocercioranúento del devenir insular verifica, en los años 20, la expresión de la nacionalidad en la cultura, sino el enlace de muchos lenguajes y discursos en una sóla escritura de la identidad nacional. En estos años la intelectualidad deja de ser un gremio dominado por filósofos, poetas, narradores y críticos; es decir, una "república de las letras", para convertirse en una corporación que involucra a músicos, bailarines, coreógrafos, pintores, escultores, arquitectos, académicos y periodistas. Habrá que esperar hasta el grupo Nuestro Tiempo, en los años 50, para que la sociabilidad de los intelectuales incorpore a dramaturgos y cineastas. Pero es indiscutible que a finales de los 20 la articulación de una "retórica vanguardista" por parte de autoridades de la cultura, como el Grupo Minorista y la Revista de Avance, favoreció la entrada de la pintura de Victor Manuel y Carlos Enríquez y la música de Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla en esta poética generacional.

La coherencia cultural del movimiento artístico en los años 20 posibilitó, en gran medida, la pluralidad ideológica de los intelectuales antimachadistas que se involucraron en la Revolución de los años 30. Esto explica, de alguna manera, que el exilio en estas décadas no haya sido provocado tanto por principios doctrinales o estéticos como por coyunturas políticas. La dictadura de Machado desterró a algunos intelectuales comunistas, como Julio Antonio Mella Martín Casanovas y Juan Marinello, pero el espacio nacional para la creación y circulación de la cultura se conservó. Casanovas era editor de la Revista de Avance y su encarcelamiento y salida del país no afectaron en nada la publicación de aquel medio primordial de la intelectualidad cubana. Estos exilios, además de breves, nunca provocaron el traslado del espacio público insular al exterior. Los pintores, poetas, músicos y narradores de la década del 30 emigraron buscando el desarrollo o promoción de sus obras en el extranjero y siempre regresaron a confirmar su lenguaje ante la opinión cubana.

La apertura del espacio público, iniciada en los años 20, no hizo más que acentuarse en las tres décadas posteriores. Un momento clave de este ensanchamiento cultural fue el diseño democrático de la Constitución de 1940. Los mecanismos reproductivos de la expresión intelectual continuaron desarrollándose por medio de institutos estatales o privados, de manera que llegó a ser lo suficientemente sólido el andamiaje institucional de la cultura cubana como para que el golpe militar del 10 de marzo de 1952, a pesar de interrumpir la constitucionalidad del país, no desajustara las artes y las letras republicanas. Esta fijación de la cultura insular a su territorio en la época republicana impidió el establecimiento de ciertas sedes de cultura emigrada, como las que habían generado los tiempos coloniales y luego se reeditaran durante la Revolución socialista.

En los primeros años de la dictadura batistiana el esquema de la emigración cultural fue muy parecido al de la época machadista. Es decir, se dieron destierros aislados por motivos políticos, como el del importante poeta comunista Nicolás Guillén, que no llegaban a constituir núcleos fuertes de cultura cubana en el extranjero. Los músicos Harold Gramatges, Juan Blanco, Argelieres León', los cineastas Tomás Gutiérrez Alea, Julio García Espinoza, Santiago Alvarez y los escritores Lisandro Otero y Fayad Jamís, que habían fundado la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, viajaron a Europa en la primera mitad de los 50 para completar su formación académica. Pero la Sociedad y su revista siguieron funcionando hasta después del triunfo de la Revolución y estos intelectuales regresaron a pesar de la atmósfera insurreccional que se expandía en la isla. Fue a partir de 1957, cuando arreció la represión política, que el éxodo intelectual aumenta y los márgenes de la cultura se estrechan considerablemente. En ese año la revista Ciclón deja de aparecer y Roberto Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández, José Triana, antón Arrufat, José A. Baragaño, Jaime Sarusky, Ambrosio Fornet, Heberto Padilla, Edmundo Desnoes, junto con otros intelectuales de su generación, ya son parte de un exilio que culminará en menos de dos años.

Quizá las únicas excepciones dentro de esta ausencia de exilio cultural en la época republicana hayan sido Alejo Carpentier, Wifredo Lam y Virgilio Piñera. Carpentier salió de la Habana con la documentación personal del poeta surrealista Robert Desnoes a finales de los años 20. Residió en París por casi diez años y luego de una breve estancia en Cuba, a mediados de los 40, se instala en Venezuela. Cuando regresó a la Habana, después del triunfo de la Revolución de 1959, Carpentier había escrito y publicado una parte esencial de su valiosa narrativa en el extranjero. Pero en 30 años sus trabajos nunca dejaron de aparecer en publicaciones de la isla, como la Revista de Avance, Social, Carteles y Origenes. Un caso similar, por sus comunes inspiraciones francesas y antillanas, fue el del gran pintor Wifredo Lam, A quien, ya en 1934, lo vemos discutiendo sus dibujos con Pablo Picasso en el café Aux Deux Magots de París. Luego de la ocupación de Francia por los nazis, Lam pasa a Marsella y de ahí inicia su anhelado periplo antillano: Martinica, Santo Domingo, Haití, Cuba. A principios de los 50 vuelve a embarcarse hacia París y no regresa hasta 1958, cuando la violencia política que encontró le hizo exclamar la célebre frase: "¡aquí han soltado los demonios!".[Nota 15]

Después de dirigir la revista Poeta (1942-43) y colaborar en la fundación de Espuela de Plata, Clavileño y Nadie Parecía, Virgilio Piñera se trasladó a Buenos Aires. Allí vivió catorce años y publicó su importante novela La carne de René y la antología narrativa Cuentos Fríos. Pero, desde Argentina, la presencia de Piñera en la vida cultural cubana fue tan intensa que se hace difícil definir su caso como exilio. La inmersión de este intelectual en el medio literario argentino, evidenciada por sus publicaciones en Sur, Hoy, Realidad, Mundo Argentino y Anales de BuenosAires, no le impidió conservar su enlace con la escritura de la isla. Prueba de ello son sus poemas, cuentos y reseñas en Orígenes (1944-55) y su intervención directa en el proyecto y obra de la revista Ciclón (1955-57). Virgilio Piñera, por su irreverencia y causticidad frente a las autoridades de la cultura cubana, pudo haber sido un exiliado, sin embargo con los años demostró que una vida al margen de la intelectualidad insular le resultaba imposible.

El triunfo de la Revolución, en enero de 1959, fue otra vez una circunstancia de regresos. Las cuatro generaciones de intelectuales republicanos se reunieron para celebrar el acontecimiento y ofrecer sus servicios a la cultura del nuevo Estado. Pero muy pronto la radicalización socialista del orden revolucionario y el torpe diseño de la política intelectual provocaron la segunda gran ola de éxodo ideológico y cultural de la historia de Cuba. Primero emigraron los intelectuales ligados a la cultura política republicana, que rechazaban la orientación comunista del nuevo sistema: Jorge Mañach, Roberto Agramonte, Humberto Piñera Llera, Leví Marrero, Félix Lizaso, Francisco Ichaso, Gastón Baquero, Lidya Cabrera ... y más tarde Enrique Labrador Ruiz. Luego el exilio se convirtió en un mecanismo de deserción y escape para los escritores que intentaban construir un discurso disidente dentro de Cuba, o bien para los que vivían acosados por la policía política. Así salieron Guillermo Cabrera Infante, Carlos Franqui, Juan Arcocha, Calvert Casey, José Triana, Reinaldo Arenas, Edmundo Desnoes, Antonio Benítez Rojo, César Leante, Heberto Padilla... y, en fechas recientes, Manuel Díaz Martínez y Jesús Díaz. Otra variante de éxodo fue la de intelectuales que, como Eugenio Florit o Severo Sarduy, se encontraban en el extranjero al triunfo de la Revolución y decidieron no regresar. De manera que, con independencia del año de salida, se puede hablar de dos grandes arquetipos del exilio cultural en la Revolución: el de los intelectuales republicanos o "tradicionales" que no asimilaron el nuevo orden - casos de Jorge Mañach y Enrique Labrador Ruiz y el de los revolucionarios u "orgánicos" que desertaron o simplemente se les hizo insostenible una postura crítica dentro de Cuba, como Guillermo Cabrera Infante y Jesús Díaz.

En la primera mitad de los años 60, la intelectualidad cubana se identificó con un proyecto político y moral renovador que inducía a la experimentación discursiva. Se vivió por esos años cierta convergencia de postulados vanguardistas en la cultura y la política, que recuerdan al movimiento intelectual de la década de los veinte. Pero pronto aparecieron las primeras señales de una ortodoxia estética que propició la censura de la película PM, el cierre de Lunes de Revolución, la vigilancia y castigo de los escritores homosexuales y el caso Padilla. Esta reacción contra la propia libertad expresiva que generó el proceso revolucionario, fue el fundamento del segundo exilio intelectual. Veinte años después, a mediados de los 80, sucedió algo muy parecido que condujo a una nueva experiencia de emigración artística. El reajuste institucional provocado por la Rectificación y la vuelta al paradigma guevarista flexibilizaron la política cultural del Estado cubano. Fue ese el momento en que las artes plásticas, el teatro y el pensamiento crítico alcanzaron un auge inusual dentro de la estética revolucionaria. Entonces sobrevino la clausura de los espacios públicos y la neutralización del movimiento intelectual de los 80. Así se dio el tercer exilio cultural de la historia revolucionaria: una suerte de éxodo fomentado por el Estado para garantizar a la vez el silenciamiento de la opinión crítica y el flujo de ingresos que reportaba el mercado del arte en el exterior. Por eso Arturo Cuenca, intelectual protagónico de la generación de los 80 que reside en Nueva York, habló de un exilio de baja intensidad y Osvaldo Sánchez, poeta, narrador y crítico que vive en México, completando la idea, se refirió con ingenio al exilio de terciopelo.

De manera que la época revolucionaria ha sido, después de la colonial, la que más éxodo de intelectuales ha desatado en la historia de Cuba. Pero, al igual que en el siglo XIX, el exilio intelectual de la Revolución no pudo expatriar toda la cultura cubana. En la isla quedaron Fernando Ortiz, José María Chacón y Calvo, Elías Entralgo, Medardo Vitier, Emilio Roig de Leuchsenring, Ramiro Guerra, José Lezama Lima, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Virgilio Piñera, José Rodríguez Feo, Manuel Moreno Fraginals Julio Le Riverend.... más casi todos los pintores, músicos, dramaturgos y cineastas. El verdadero dilema exilio no es que trasplanta una cultura en otro espacio sino que reparte una misma cultura entre dos espacios hostiles. De ahí que, para esa encrucijada, no haya otra salida que el reencuentro de las dos tradiciones en su propia historia.


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