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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1995-1996

IV. Inmersiones


La cultural cubana ha experimentado momentos de compulsiva polización: los años de 1820 por el contagio de la independencia histonoamericana: los de 1830 con la oposición al régimen de facultades omnímodas del general Miguel Tacón; los 30 años del movimiento separatista (1868-1898), la dictadura de Machado y revolución de 1933;la batista y la revolución de 1959; la década del 60 con la fe en el" hombre nuevo" y la culpa por el "pecado original" de los intelectuales que no participaron en la guerra y, finalmente, la segunda mitad de los 80, cuando comienza la búsqueda de un discurso reformista. Esta politizaciones de la cultura, que involucran a las mayorías culturales, se han dado acompañadas de dos formas de marginalidad intelectual: el exilio y el insilio, el destierro y el entierro, el escape extramuros y el enclaustramiento, el éxodo y la fuga interior.

Pero estas reacciones no sólo están asociadas al tiempo político sino al cultural; es decir, los escapes hacia afuera y adentro responden a ciertos grados de apertura del espacio público y de separación entre las instituciones culturales y el Estado. La República (1902-1959), qué duda cabe, ha sido la época de mayor libertad de expresión en toda la historia de Cuba. De manera ostensible, ese fue el período de menos exilio intelectual y más inmersión reproductiva en la cultura cubana. Esto indica que la fijeza territorial de los intelectuales depende de los márgenes de neutralidad y crítica que posee la cultura frente a la política. En otras palabras, el intelectual requiere de la posibilidad de intervenir o no en la cosa pública para reconocerse en su espacio, ya que la definición nacional que alcanza por medio de la cultura no está ligada a la forma inmediata del Estado. Claro, hablamos aquí de los intelectuales que asumen sus funciones desde la perspectiva de una identidad nacional alcanzada.

En la cultura colonial del siglo XIX no se puede hablar de formación del espacio público hasta 1878. Los primeros signos de la identidad cubana subsistieron por varias décadas sin medios ni instituciones para su expresión. Esta insuficiencia institucional de lo público generó una serie de reproducciones marginales de la cultura insular. Una de ellas, quizá la de mayor continuidad en la historia de Cuba, ha sido la tertulia casera. Así como los palacetes habaneros de los Aldama y los Alfonso fueron círculos elitistas de sociabilidad política, la casa de Domingo del Monte, a partir de 1836 y hasta su huída a Filadelfia en 1842, se convirtió en un centro alternativo de difusión cultural Por esos años Ignacio Valdés Machuca creó en su casa una academia literaria donde Plácido, Manzano, Francisco Pobeda y Armenteros, leyeron sus primeros versos. La compensación cubana del déficit de lo público en lo doméstico ha sobrevivido desde entonces a través de los González del Valle, los Zambrana, los Borrero, los Loynaz del Castillo, el curso délfico de Lezama, el bungalow de Virgilio Piñera en Guanabo... Tres experiencias recientes confirman la trasmisión en la longue durée de esta estructura marginal para el reparto de la cultura: la academia postestructuralista que organizó el grupo Paideia en el departamento del joven intelectual Ernesto Hernández Busto, las representaciones de teatro extraverbal en la sala del dramaturgo Victor Varela y la tertulia literaria que todavía hoy funciona en la azotea de la poetisa Reina María Rodríguez.

La insularidad de la cultura cubana ha producido también un tipo de intelectual que rechaza el viaje, una suerte de weltbürger estático. Se trata de un personaje que huye de la superficie pública de la isla y logra, por medio de raras lecturas e imaginación desmesurada, un saber tan exacto como ficticio sobre el mundo exterior. El primer ejemplar conocido de esta especie en la cultura cubana es el poeta Julián del Casal. Ramón Meza cuenta que, a finales de los años 1880, Casal, obsesionado por la lectura de los decadentes franceses y, sobre todo, de Joris Karl Huysmans, vivía en un pequeño cuarto, en la esquina de Habana y O'Relly, detrás del periódico La Habana Elegante, repleto de biombos, divanes, jarrones, abanicos, budas y todo tipo de japonerías. [Nota 16] Allí construía una imagen exótica de las civilizaciones orientales y en ese paisaje instalaba su trama poética. Las otras tres grandes referencias espaciales de la poesía de Casal eran la Grecia clásica, España y Francia como lo ilustran sus versos de Bocetos Antiguos Cromos Españoles y Nieve. Pero se sabe que el único viaje que emprendió a Europa, con la finalidad de conocer París y las otras ciudades de sus ensueños, terminó en menos de tres meses y no pasó de Madrid.

Durante la República, este arquetipo del intelectual de vasta cultura y traslado difícil se reprodujo en pequeña escala. En casi todos los pueblos cubanos ha existido un sabio que, a pesar de no haber salido más allá de la comarca vecina, cumple funciones de enciclopedia ambulante. Estos son los letrados anónimos, pero entre los intelectuales reconocidos el modelo del weltbürger estático no hizo más que acentuarse. Fernando Lles, apenas sin salir de la ciudad de Matanzas, concibió, en las primeras décadas republicanas, los más lúcidos ensayos filosóficos jamás escritos en Cuba: La higuera de Timón, La sombra de Heráclito y La escudilla de Diógenes. El alucinado pintor Fidelio Ponce, creador de unas fantasmales escenas ocrevioláceas, nunca fue a Nueva York o París y ni siquiera visitó museos en Cuba. Mientras uno de sus cuadros se exponía en el Delphic Studios de Manhattan, el pintor trabajaba en un mural al óleo en la escuela municipal José Miguel Gómez. A veces sus amigos le perdían el rastro y se aseguraba que las depresiones lo llevaban a "refugiarse en el interior del país". Así, Ponce se aislaba en la isla, repetía la insularidad de su cultura al hundirse y desaparecer, para luego ganar la superficie enmascarado, como una de sus cabezas evanescentes. Al regresar de esos exilios internos a su caseta del sanatorio La Esperanza, el pintor podía describir Marsella o Berlín y hablar de sus correrías con Franz Halz Renoir, Corot y Toulousc-Lautrec.[Nota 17]

Pero el caso paradigmático de esta hiperinsularidad intelectual es el del increíble poeta José Lezama Lima. Ese inventor de otra lengua, que construyó todo un sistema poético a partir de inspiraciones ancestrales de la cultura europea y registró en su escritura las más caprichosas referencias clásicas y medioevales, raras veces salía de su angosta casa habanera. En una ocasión otro gran poeta cubano, Gastón Baquero, lo invitó a la ciudad de México, pero Lezama sólo llegó hasta su escala en Jamaica. Fue su único viaje y, menos que eso, fue una travesía trunca a la que el poeta dedicó estos versos reveladores de su imaginativa quietud: "Para llegar a Montego Bay,/ el oscuro furor adolescente escondía sus flechas,/ y no el retiramiento de participar en la ausencia..." A partir de la metamorfosis de esta ausencia física en imagen presente, Lezama armó su visión de la historia insular y conforme a ella se articuló el discurso del grupo Origenes. Fue esa generación intelectual de los años 40 la única que, a diferencia del grupo Minorista en los 20 y Nuestro Tiempo en los 50, no formuló su poética dentro de enunciados políticos. Origenes aspiró a una incidencia en la historia desde la cultura y esa estrategia oblicua, marginal, salvó a sus intelectuales del destierro pero los condenó a la errancia interior.

Dos formas de la cultura insular, una de lejanías y otra de inmersiones, aun enfrentan a los intelectuales cubanos. Pero sólo encadenadas configuran la expresión de la identidad. Ambas rehuyen la superficie pública y gravitan hacia el refugio que les ofrecen los márgenes del éxodo y el aislamiento. Tal vez haya que convocarlas algún día al espacio más visible de la isla, para reintegrar de una vez y por todas el cuerpo de la cultura cubana. Eso sería, como pensaba Martí, el saber de una nación expresado en pocas palabras.


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