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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1996

D. Sociología y política


En el caso de Max Weber, la relación entre ciencia y política alude directamente a dos preguntas, la primera, acerca de si es posible, científicamente, la crítica de la práctica política, incluida su forma de legislación y ejercicio de poder; la segunda, sobre si más allá del ámbito jurídico-legislativo, es posible que la ciencia pueda formular "juicios de valor" en relación con los principios últimos de la acción que norman la actuación política de los ciudadanos, el Estado y las tendencias políticas todas. Es decir, si existe alguna relación entre la ciencia y la ética y, por lo tanto, la posibilidad de una "ciencia ética sobre bases empíricas" o si la ciencia debe establecerse sobre bases valorativas, sin relación con el poder político.

La elaboración del pensamiento de Weber respecto a estos puntos se resuelve en los artículos "El sentido de la Wertfreiheit de las ciencia sociales y económicas" (1917), "Ciencia como Vocación" y "Política como vocación". [Nota 10] A lo largo de su exposición, la pregunta kantiana sobre la razón práctica -"¿qué debo hacer?"- se resuelve en definitiva al margen de lo que efectivamente "puedo saber". La ciencia empírica no puede establecer normas ideales u obligatorias de comportamiento moral práctico, ni auto-fundarse a sí misma. La única valoración accesible para la ciencia, especifica Weber, se refiere a un juicio sobre la adecuación causal con base en "regularidades empíricas". Ni el enjuiciamiento del fin de la acción, ni la decisión de los medios para la obtención del fin puede ser materia de valoración de la ciencia.

Desde su tradición ilustrada, Weber piensa que la "racionalidad" es la posibilidad de desarrollo de la sociedad moderna. Sin embargo, su propio esquema conceptual le hace advertir que la materialización de este valor en normas e instituciones es resultado de enfrentamientos de poderes y juegos de fuerza, donde la razón no tiene nada que ver. En el ámbito de la política, la razón se desdibuja como la fuerza poderosa en la que una vez confió la modernidad y su proyecto de racionalidad ilustrada. La ciencia no puede establecer las validez de un orden social respecto de otro, ni la inteligencia puede asumir que posee la fuerza para oponerse a las "grandes decisiones" irracionales aún porvenir. El pensamiento ilustrado de Weber se circunscribe así como expresión de la propia ambigüedad moderna frente a si misma, que señala que la salida a la irracionalidad es el pensamiento racional, a la vez que observa que esa misma racionalidad, abandonada a su propia fuerza, conduce a la catástrofe, punto de coincidencia clave con la filosofía de la historia expuesta ya como crisis de la cientificidad y su racionalidad por Adorno y Horkheimer en 1944. El desarrollo de su método exige a Weber la diferenciación entre ciencia y política, a la vez que observar los límites de la ciencia en relación con la política. Aspecto que le permite también, sin cuestionar la validez de la razón científica, seguir pensando que es ésta la única vía de evolución social -moderna precisamente amenazada por la política de la racionalidad instrumental, dejando en la sombra los límites irracionales que su propia inserción especializada en este discurso iluminista proyecta sobre el científico.

Luego de cincuenta años, la teoría de Weber se presenta como objeto de reelaboración en una de la teorías sociológicas más sobresalientes de las últimas décadas. Más weberiano que Weber, Habermas en su Teoría de la acción comunicativa, observa como problema central de la modernidad la separación aguda y cada vez más especializada de esferas de valor ya señaladas por Kant (ciencia, moral y estética). La problemática fundamental de la sociología habermasiana es el problema de la "integración social" de esferas sociales (y no la diferencia entre ciencia y política). Para resolver esta cuestión, Habermas alude a la necesidad de pasar del "paradigma de la conciencia" al "paradigma del lenguaje". La modernidad no puede ser analizada en su complejidad si la acción humana se comprime en su forma cognoscible a "acción racional de acuerdo a fines" como la única que otorga sentido a la acción. La trascendentalización de los valores, que para Weber se realizaba en el proceso de investigación mismo, en Habermas aparece en su realización lingüística. Si en Weber, el origen del Valor como mecanismo inconsciente del quehacer científico es incognoscible o simplemente queda al margen del examen sociológico, Habermas establece, en cambio, que la racionalidad del lenguaje supone un trabajo previo con el inconsciente, es decir, su transformación en racionalidad. Puede afirmarse que las elaboraciones teóricas y metodológicas del pensamiento de Weber constituyen en el mundo moderno, cada vez más relativista y escéptico, un momento imprescindible para toda pretensión de ciencia social. La "objetividad" de la racionalidad de la acción comunicativa, lo mismo que las reflexiones contemporáneas sobre la viabilidad de los procesos democráticos serían, por ejemplo, difícilmente pensables sin Weber. La pretensión de validez científica, "objetividad" y "racionalidad" de la sociología de Weber en su análisis de la modernidad era, sin embargo, la base de una visión, por decirlo así, pesimista de la cultura, avanzando tendencialmente hacia el ocaso de su propia catástrofe. No es éste el caso de la teoría de Habermas, cuyo diagnóstico optimizador de la modernidad, luego de una pretendida corrección a los fundamentos sociológicos weberianos, pese a los desastres siglo, da por resultado un horizonte histórico aún redimible por la vía operativa de una racionalidad lingüística. "En definitiva -quizá volvería a decir Weber- nada ha perjudicado más el interés de la ciencia que el que no se quieran ver los hechos incómodos y las realidades de la vida en su dureza." [Nota 11]


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