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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1996

RAÚL FIGUEROA, LA GUERRA DE CORSO DE MÉXICO DURANTE LA INVASIÓN NORTEAMERICANA, 1845-1848

Author: Antonia Pi-Suñer y Luz María Silvia


Raúl Figueroa Esquer, La Guerra de Corso de México durante la invasión norteamericana, 1845-1848, México, 1996, ITAM-PARMEC, 188p.

Agradezco al Instituto Tecnológico Autónomo de México, que cumple en este año su quincuagésimo aniversario, y muy especialmente a mi amigo y colega doctor Raúl Figueroa, el haberme invitado a presentar, junto con los distinguidos maestros que me acompañan, la obra La Guerra de Corso de México durante la invasión norteamericana, 1845-1848. El dar a conocer un libro es siempre motivo de satisfacción y si el libro es bueno, como es el caso, el gusto resulta mayor.

Puesto que toda presentación tiene como objeto invitar al público a leer la obra, empezaré por señalar su originalidad. El tema que toca, que es el de la guerra de corso, es poco conocido del público en general y rara vez abordado por los historiadores del siglo XX. Lo que hace que el objeto de estudio sea aún más pintoresco, es presentamos a un país, el nuestro, que creyó que podía llevar a cabo este tipo de guerra naval. En efecto, si pensamos en las grandes potencias marítimas, como Inglaterra o los Estados Unidos, que contaban con un gran número de capitanes de buques y gente de mar, era casi inevitable que algunas tripulaciones decidiesen aprovechar las guerras para su propio beneficio, como lo da a entender el término, inglés "privateer" para corsario. Pero no siendo éste el caso de México, que se aventuró en tal género de empresa sin contar con condiciones del tipo, valía la pena averiguar de donde surgió la idea y cómo se realizaría. Eso es justamente lo que ha hecho Raúl Figueroa Esquer.

El autor divide su libro en dos partes: el propio discurso histórico, donde expone el resultado de sus investigaciones, y un interesante apéndice documental que apoya dicha narración. Ésta se divide a su vez en cuatro capítulos a lo largo de los cuales Figueroa va explicando cómo a nuestros compatriotas de mediados del siglo pasado, en vistas de la inminente invasión norteamericana, les surgió la idea de llevar a cabo una guerra de corso en contra de los navíos mercantes norteamericanos; cómo se puso en marcha el proyecto, los avatares por los que pasó, cómo las esperanzas se vinieron abajo, ya que sólo se pudo armar un corsario en Barcelona, y finalmente los problemas que ello trajo con el gobierno español. La narración de todo este embrollo es, además, amena, lo que hace que la lectura sea fácil sin que ello signifique que se trata de un libro superficial, ya que salta a la vista la sólida investigación de archivo que hay detrás del discurso histórico.

Otra de las virtudes del libro es, tal y como lo apunta el autor, que "constituye un avance en el estudio de las grandes coordenadas internacionales en las que tuvo lugar la invasión norteamericana a México". En efecto, los análisis más recientes sobre "la mal llamada guerra del 47", tal y como se lo he oído decir repetidamente a mi amiga y maestra, la doctora Josefina Vázquez, nos muestran que aquella contienda no fue sólo un problema binacional sino que tuvo una indudable trascendencia internacional.

Como sabemos, el tema de la tesis doctoral que Figueroa Esquer escribió y presentó en la Universidad Complutense de Madrid fue España ante la guerra entre México y los Estados Unidos, 1844-1848, investigación que lo convierte en un especialista de la relación bilateral México-España al mediar el siglo XIX. El que ésta sea también mi especialización -si bien en un período un poco posterior al analizado por Raúl- explica el porqué me encuentro en esta presentación de un libro que se refiere a la guerra entre México y los Estados Unidos. Por ello es que me voy a permitir hacer algunas reflexiones surgidas de la lectura de este libro en torno al tema que es centro de interés de Figueroa y mío. Sobra señalar, además, que ante dos grandes especialistas de la guerra entre México y los Estados Unidos, como son la doctora Vázquez y el maestro Velasco, no puedo más que refugiarme en mis conocimientos sobre México y España y referirme un poco a ellos.

La primera cuestión que queremos comentar es la que se refiere a los corsarios. Figueroa Esquer nos dice que "el corso marítimo es una empresa naval de un particular contra los enemigos de su Estado, realizada con el permiso y bajo la autoridad de la potencia beligerante, con el exclusivo objeto de causar pérdidas al comercio enemigo y entorpecer al neutral que se relacione con dichos enemigos", dándonos a entender que toda patente de corso estaba regulada por una serie de leyes y usos de guerra, y que la existencia de los corsarios estaba legalmente aceptada. Todos sabemos que, en la práctica, la frontera entre el pirata y el corsario era muy borrosa, por lo que las más de las veces, de hecho, el segundo se tornaba en el primero. Este tipo de guerra marítima había tenido gran auge durante la Edad Media y aun en la Edad Moderna. En lo que se refiere a España, es bien sabido que fue una protagonista importante en la guerra de corso durante aquellos dos períodos, si bien en campos contrarios. En efecto, así como durante el medievo los barcos de la Confederación catalano-aragonesa actuaron como corsarios y aún como piratas a lo largo y ancho del Mediterráneo, en la Edad Moderna las condiciones cambiaron. Castilla era ahora dueña de un rico imperio ultramarino que despertó la codicia de varias naciones europeas, por lo que sus flotas se vieron constantemente amagadas y atacadas tanto en el océano Atlántico como en los Mares del sur por corsarios y piratas ingleses, franceses y holandeses. Además, en el mismo Mediterráneo, en donde antaño los corsarios catalanes y mallorquines habían hecho la ley, España era ahora víctima de los piratas berberiscos y turcos, que tenían su centro de operación en Argel y Orán, puerto este último que, como vemos en el libro de Raúl Figueroa, aún a mediados del siglo XIX seguía con la actividad de armar corsarios y de contrabandear armas.

La Guerra de Corso de México durante la invasión norteamericana, 1845-1848 nos muestra que si bien para la época de que se ocupa, la patente de corso ya había entrado en desuso y era considerada por muchos como una práctica ilegal, algunos países la seguían empleando como arma de último recurso, como fue el caso del nuestro durante la guerra con su prepotente vecino del Norte. Para esas fechas, varias naciones ya habían firmado tratados por los que se prohibía explícitamente este tipo de guerra. Ése fue el caso de España y los Estados Unidos de Norteamérica, que lo habían acordado por medio del Tratado de 1795. A pesar de ello, como bien nos dice nuestro autor, tan pronto surgieron los brotes de insurgencia en Hispanoamérica, los norteamericanos armaron buques en corso que apoyaron la lucha emancipadora en contra de la metrópoli española, por lo que resultó evidente que estos tratados eran desconocidos por sus propios firmantes cuando así les convenía, lo que confirma la regla de que la política internacional se guía por los intereses y no por los principios.

Figueroa Esquer apunta que la rivalidad entre España y los Estados Unidos en el continente americano hizo que ambos países tuvieran que llevar a cabo una política muy cautelosa respecto a la guerra de corso emprendida por el gobierno mexicano. El primero porque sabía cuánto codiciaban los Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico, las únicas dos colonias españolas conservadas en el Caribe, que podría fácilmente perder si se descuidaba. Mientras que los norteamericanos, que tenían un comercio abundante con la Perla Antillana -el autor nos dice que más de la mitad de los buques que llegaban a Cuba eran norteamericanos- sabían que aquellas islas podían ser excelentes apostaderos de piratas que persiguiesen al comercio norteamericano. El interés del gobierno español por salvaguardar sus colonias hizo que asegurase a los Estados Unidos, en octubre de 1845 y en febrero de 1846, que observaría la más estricta neutralidad si estallaba la guerra con México. A pesar de dichas promesas, el presidente James Polk temía que España asumiese una "neutralidad benévola que implicaría algún tipo de ayuda a su antigua colonia.

La interesante investigación realizada por Miguel Soto respecto a los proyectos españoles de establecer una monarquía en México en 1845 y 1846, [Nota 1] nos muestra que efectivamente Polk no estaba tan equivocado, ya que en las mismas fechas en que el gobierno español aseguraba al norteamericano que asumiría una postura totalmente neutral, Salvador Bermúdez de Castro, ministro plenipotenciario de España en México, se encontraba conspirando en nuestro país para establecer un monarca español. En este sentido es interesante apuntar que Figueroa nos dice que el 27 de agosto de 1845 Ángel Calderón de la Barca, representante de España en Washington, anunciaba al Ministerio de Estado en Madrid la inminente guerra entre México y su vecino del Norte. Ese mismo día Salvador Bermúdez de Castro, representante español en México, escribía a Madrid que era el momento oportuno para establecer una monarquía en México con un príncipe de la casa real de España.

Creemos que vale la pena detenernos un poco en esta conspiración, pues ella nos ilustra sobre cómo comprendían los españoles la "neutralidad". Bermúdez de Castro explicaba a Madrid que tenía el apoyo del general Mariano Paredes y Arrillaga, quien a su vez contaba con un ejército de doce mil hombres y con el apoyo de la "gente de orden" de México, que estaba cansada del caos político en que vivía el país y temía que éste acabase absorbido por los Estados Unidos. Para el representante español y su socio mexicano en la intriga, don Lucas Alamán, la única esperanza que le quedaba a México para mantener la integridad de su territorio ante el peligro expansionista norteamericano era establecer una "barrera inexpugnable" que consistía en que hubiese sistemas políticos distintos en cada uno de los dos países: una república en los Estados Unidos y una monarquía en México. Recordemos que Paredes Arrillaga dio un golpe de estado en contra del general José Joaquín de Herrera, presidente de la República, argumentando que su política hacia los Estados Unidos era demasiado tímida y que lo que había que hacer era impedir la anexión de Texas, emprendiendo las hostilidades. La pareja conspiradora, Bermúdez de Castro y Alamán, al darse cuenta de la enorme popularidad de la causa belicista, renunciaron a sus ideas iniciales que eran de paz y decidieron seguir la actitud agresiva y nacionalista del intrépido general, al que se unieron en sus instigaciones en pro de la guerra con los Estados Unidos, Finalmente el gobierno de Herrera cayó el 30 de diciembre de 1845. No cabe aquí detenemos en todas las intrigas políticas habidas en aquellos meses, solamente señalaremos que una vez instalado Paredes en el poder, los conspiradores esperaban que llevase adelante su proyecto monárquico. Sin embargo, la postura del nuevo presidente fue muy ambigua y finalmente se inclinó por la forma republicana de gobierno. La conspiración monarquista había fracasado pero México se encontraba en guerra con su vecino del Norte.

Si bien es evidente que no fue sólo esta conspiración la que desató la guerra, creemos que viene al caso recordarla puesto que el mismo Bermúdez de Castro reconoció ante el Ministerio de Estado en Madrid que él había empujado a Paredes y a la opinión pública hacia la guerra, porque no había otra salida posible y porque temía que una solución pacífica haría peligrar el éxito del proyecto monárquico. Vemos así el papel que España jugó en aquel año tan difícil para México que fue el de la preguerra, y comprendemos porqué el gobierno de Polk estaba tan preocupado por esta posible "neutralidad benevolente".

Otra de las reflexiones que me he hecho a lo largo de la lectura del libro del doctor Figueroa gira en tomo al problema de la nacionalidad de los dos protagonistas más importantes de esta historia, que fueron Juan Nepomuceno de Pereda, encargado de realizar la misión secreta de armar la guerra de corso y Sebastián Blanco, cónsul de México en Barcelona, que tan dispuesto estuvo a llevar el proyecto hasta sus últimas consecuencias. Dicho sea de paso, todos los demás actores, básicamente los ministros de Estado y los secretarios de Relaciones Exteriores tanto mexicanos como españoles, cambiaron tan frecuentemente -ya que los respectivos gobiernos caían y subían con tanta facilidad en ambos países- que es difícil guardar en la mente cuál de ellos estaba a cargo del asunto en tal o cual momento.

Recordemos que respecto a Pereda, Bermúdez de Castro decía que "era español de nacimiento aunque uno de los patriotas más exaltados de México y que había tomado parte, aunque de forma secundaria, en todos los trastornos de la República". Y en cuanto a Blanco, Figueroa Esquer señala que en tanto que español de nacimiento "por más que se hubiese nacionalizado mexicano, consideraba que el gobierno de la tierra que le había visto nacer no debería de permanecer impávido ante la suerte de México". Estos señalamientos nos llevan a preguntarnos ¿qué tan español era Pereda y qué tan mexicano era Blanco?

Si nos ubicamos en el México recién independizado nos daremos cuenta de lo difícil que fue para los peninsulares radicados en él el asumir una nueva nacionalidad. La transición de colonia a país independiente es un proceso largo y difícil y que no se resuelve con la mera declaración de independencia. Cuando el país colonizado ha vivido trescientos años bajo el gobierno de la metrópoli y ha adoptado la lengua y las costumbres de ésta, como fue el caso de México, los individuos atrapados en este proceso se enfrentan a un serio problema de identidad. Éste fue el gran dilema de los españoles en nuestro país, muchos de los cuales tardaron en definir su nacionalidad. Esta confusa situación se vio agravada por la ausencia de una legislación precisa. Recordemos que por los Tratados de Córdoba todos los peninsulares radicados en México se convertían en ciudadanos mexicanos; a pesar de esta afirmación, en 1827 y 1828 se dieron las leyes de expulsión de los españoles, cuyo alto número de excepciones admitido en su aplicación, mostró que la cuestión de la ciudadanía no había quedado clara para los promulgadores ni para los afectados. Esta situación no empezó a regularizarse hasta 1840, fecha en que llegó Ángel Calderón de la Barca, primer plenipotenciario español y la legación española pudo representar los intereses de sus nacionales. Las negociaciones culminaron en agosto de 1842 con la aceptación, por parte del gobierno mexicano, de que quedara a criterio de los propios españoles radicados en México el optar por una u otra nacionalidad, dándoseles un plazo de seis meses para definir su situación. Al mismo tiempo se aclaró que si se decidían por la española, se les aplicarían en todo punto las leyes de extranjería, lo cual les impediría la posesión de bienes raíces en México. Estas condiciones eran tan contrarias a los intereses de los afectados, que el decreto parecía dar razón a los que persistían en la ambigüedad.

Es evidente que éstas fueron las condiciones que vivieron Juan Nepomuceno Pereda y Sebastián Blanco. El primero, nacido en España y conservando aún su nacionalidad de origen, se identificó tanto con el país que había adoptado como propio, que estuvo dispuesto a servirlo en misiones casi imposibles, tal y como nos lo expone en su libro Raúl Figueroa. Mientras que Blanco, español de nacimiento y mexicano por naturalización, acabó sintiéndose tan hijo de México que no pudo comprender cómo España abandonaba en su enfrentamiento con los Estados Unidos a un país que luchaba por sobrevivir y por consolidarse como una nación.

He aquí algunas de las reflexiones que me ha suscitado la lectura de La Guerra de Corso de México durante la invasión norteamericana, 1845-1848. Siento haberme extendido demasiado y espero haberles suscitado el interés por acudir a esta obra que estoy segura leerán con el mismo gusto que a un libro de Salgari. Muchas gracias.

ANTONIA PI-SUÑER

Facultad de Filosofía

y Letras, UNAM

***

La guerra de 1847 costó a México algo más de la mitad de su territorio y ha sido, es y será factor eterno de enrarecimiento en las relaciones de nuestro país y los Estados Unidos. Sin embargo, conocemos de ella más lugares comunes que hechos concretos. Cuesta trabajo hacerse una composición del México de entonces, del sentir de sus habitantes y de sus líderes, de sus intentos por salir airosos de un conflicto entre desiguales.

Un episodio casi desconocido de aquellos entonces es el de la guerra del corso o intento del gobierno mexicano por conseguir armadores de distintas naciones que, a cambio de la nacionalidad mexicana y las posibilidades de vender la mercancía del barbo capturado, hicieran las labores de los corsarios y estorbaran el comercio marítimo de la Federación Americana, estrategia con la que ésta y Gran Bretaña habían ayudado, poco más de dos décadas antes, en la época de la Independencia, a los países latinoamericanos en contra de España, la madre patria.

Como antecedente importante, hay que consignar que Nueva Orleans fue entre 1815 y 1821, uno de los puertos en los que Estados Unidos permitió el armamento en corso de buques que luchaban contra los españoles, espectáculo que no escapó a Juan Nepomuceno Almonte, el hijo de José María Morelos, quien estaba llamado a ser un polifacético político, y quien concibió la idea de repetir la hazaña en medio de las tensiones que ya se sentían en 1844, cuando la expuso a diversos diplomáticos mexicanos, en su calidad de ministro de México en Washington. En 1846 la llevó a cabo. Era para entonces Ministro de Guerra y Marina de la administración del General Salas. Para realizarla dispuso de la mano del santanderino Juan Nepomuceno Pereda, quien llegó a ser uno de los patriotas más exaltados de México.

Con su seriedad acostumbrada, el sonorense Dr. Raúl Figueroa hizo una acuciosa investigación, para darnos todos los pormenores de tan curioso y desconocido acontecimiento, que trajeron trabajos sin cuento al Sr. de Pereda y que se tradujeron en que después de recorrer un largo camino, México tuviera al fin su corsario, el <<Único>>.

A propósito de las labores de Pereda, el historiador hace un análisis profundo de las relaciones de México con diversos países y de la Federación Americana con los mismos. Asimismo, repasa el papel de Cuba, en esos tiempos aún colonia, como pieza básica de las relaciones entre España y Estados Unidos y deja entrever, como elemento fundamental para entender al sistema político mexicano actual, lo que pasaba en un país que en realidad no contaba con una autoridad indiscutible e indiscutida, cuya élite carecía de la habilidad necesaria para ponerse a tono con el momento, tomando acciones que en un tiempo anterior hubieran tenido éxito garantizado, pero que ya en la época de esta guerra que resultó ruinosa para México no tenían razón de ser.

¿Qué desenlace tuvo la historia del <<Único>>? ¿Qué pasó cuando logró capturar a la corbeta estadounidense <<Carmelita>>? ¿Qué actitudes tomaron los gobiernos implicados en el hecho? Las respuestas a estas y otras preguntas se encuentran en el cuerpo de la investigación, labor que es coronada con unas conclusiones breves y sencillas, de una hoja y media, y que dan pie a profundas reflexiones. Finalmente, la obra está dotada de un apéndice documental muy valioso para los historiadores y curioso para los legos: el <<Reglamento para el corso de particulares en la presente guerra>>, textos a propósito de la Misión Secreta del Sr. Pereda, según la noticia que sobre el <<corsario mexicano>> da el New York Herald en junio de 1847 y un listado impresionante de fuentes y bibliografía. Asimismo, en el cuerpo del libro se encuentran textos tan curiosos como el que dijera el Presidente James K. Polk al Congreso estadounidense en su Segundo Mensaje Anual a propósito del asunto:

Inmediatamente después de que el Congreso hubo reconocido la existencia de la guerra con México, mi intención se encaminó al peligro que pudieran armarse corsarios en los puertos de Cuba y Puerto Rico para pillar el comercio de los Estados Unidos, y llamé especialmente la atención del gobierno español sobre el artículo 14 de nuestro Tratado con esa potencia de fecha 27 de octubre de 1795, conforme al cual los ciudadanos y súbditos de una y otra nación que aceptaran comisiones o patentes de corso para operar como corsarios contra el otro, serían castigados como piratas.

Tengo el placer de informar a ustedes que he recibido seguridades del gobierno español que este artículo del Tratado será fielmente cumplido por su parte... Dada la buena fe de España estoy plenamente satisfecho que este Tratado será cumplido tanto en su espíritu como en su letra, mientras que los Estados Unidos, por su parte, cumplirán fielmente con todas las obligaciones que a ellos les impone. Se han recibido recientemente informes en el Departamento de Estado que el gobierno mexicano ha enviado a La Habana patentes de corso en blanco y certificados de naturalización en blanco, firmados por el general Salas, actual jefe del gobierno mexicano... Como los requisitos que se requieren por la costumbre de las naciones civilizadas para comisionar corsarios y reglamentar su conducta, no parece que se hayan observado, y como las patentes están en blanco para llenarse con los nombres de ciudadanos y súbditos de todas las naciones que estén dispuestos a comprarlas, el procedimiento en su conjunto sólo puede interpretarse como una invitación a todos los piratas de la tierra que estén dispuestos a pagar por el privilegio de emprender cruzadas contra el comercio norteamericano.

A nuestros tribunales de justicia tocará decidir si en semejantes circunstancias estas patentes mexicanas de corso y represalias, protegerán contra las penas de la piratería a quienes las acepten, cometiendo tropelías en alta mar bajo su autoridad... Aun cuando no veo una gran amenaza de actividades de piratería en contra de los Estados Unidos... Nuestra armada estará en alerta constante para proteger nuestro comercio. Además, en caso que los navíos norteamericanos fuesen considerados como presas, la más estricta vigilancia será ejercida por nuestra escuadra bloqueadora para impedir que los corsarios lleven los navíos a puertos mexicanos, y no es sabido que nación alguna estaría dispuesta a violar su neutralidad por permitir que dichas presas sean condenadas y vendidas dentro de su jurisdicción... Se procurará valerse de todos los medios adecuados para la protección de nuestro comercio.

LUZ MARÍA SILVA

Departamento Académico de

Estudios Generales, ITAM


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