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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1996

JULIÁN MEZA, UN FAMÉLICO EN BUSCA DE SALVACIÓN

Author: Luzelena Gutiérrez de Velasco y Claudia Albarrán

La salvación no son los otros
Un famélico a la meza

La salvación no son los otros


Julián Meza, Un famélico en busca de salvación, 1996, México, CONACULTA-El Equilibrista, 215 p.

Mi miedo es libre y

manifiesta mi libertad,

pongo toda mi libertad

en mi miedo.

J.-P. Sartre

Con ésta su quinta novela: Un famélico en busca de salvación, [Nota 1] Julián Meza confirma la fuerza y la determinación de su escritura novelística. Se suma esta novela a su anterior producción: El libro del desamor (1967), La huella del conejo (1991 ), El arca de Pandora (1993) y La saga del conejo (1993) y, simultáneamente, se desprende de un núcleo que gira en torno a preocupaciones temáticas como son la mirada "otra" puesta sobre las páginas de la historia y la revisión sarcástica de algunos episodios de la vida contemporánea. Si bien no se ha perdido esa veta sarcástica e irónica que tiñe las anteriores novelas, el tono se ha transfigurado, dando lugar a un texto marcado por una neutralidad sorpresiva, que nos sirve de indicio para penetrar en el enigma que la novela plantea. Porque, sin lugar a dudas, Un famélico en busca de salvación ha sido escrita para situarnos en el enigma, uno de los más graves de nuestra condición actual. La novela comienza, de hecho, con un enigma sugerido por su título y por su epígrafe: Qui vivra verra, para concluir con un final que no bosqueja un desenlace de la historia y coloca al lector/lectora en la encrucijada de elegir un desenlace: el menor mal posible, o bien tomar partido por alguno de los dos polos que representan cada uno de los personajes.

A Julián Meza novelista le complace invertir los términos de las ecuaciones lógicas y, a partir de esos aparentes contrasentidos, ir construyendo el sentido en sus textos. Así, en La huella del conejo donde dice América, él escribe: ballena, y donde dice ballena, él escribe: Jascoyne. En Un famélico en busca de salvación pone los principios novelísticos de cabeza. Ya no se trata más de las novelas latinoamericanas de los años sesenta y setenta, en las cuales los novelistas de este continente americano exploraban con ojos ávidos las tierras europeas para regresar y descubrir con ojos de extranjeros los ríos, las montañas, las selvas americanas; no, ahora la historia se cuenta desde una perspectiva europea y desde miradas eminentemente francesas, en una focalización que pretende iluminar los hechos desde una pureza impecable, desde la pretensión de verdad de aquellos que creen imposible equivocarse sobre los valores de los "verdaderos franceses".

En la Francia de nuestros días, se desarrollan una serie de historias que giran en torno a una idea eje: la xenofobia. Sin embargo, no se delinea una novela de tesis. El autor ha rehuido con maestría la posibilidad de construir un discurso condenatorio y retórico en contra de este aspecto de la condición llamada posmoderna. Por el contrario, su elección narrativa radica en un punto de vista fluctuante, que se focaliza en un personaje que no tiene nombre, pero que va adquiriendo identidad a medida que el relato avanza. Comienza por ser el yo que habla en la primera parte, el abandonado, el desempleado. Desde la visión de Poquelin, el segundo narrador, ese hombre se denomina "el loquito", "el lunático", "el maniático". Al final, se define a sí mismo como "el polemarca",. esto es, "el magistrado encargado de la administración de la guerra" (p. 207). Así, la novela va y viene de la mirada de ese yo que odia a los extranjeros, al yo de Poquelin, que encarna la mirada pretendidamente universal del hipócrita francés que organiza el simulacro y vive a expensas de las falsificaciones. En la cuarta parte, la que cierra la novela, se alternan estas visiones hasta llegar a la confrontación final de los dos hombres y las dos cosmovisiones, donde parece que no habrá ni vencedores ni vencidos. La verdad ha quedado diluida entre las líneas de un texto que se erige a partir de una paradoja. El principio de construcción simulado es el diálogo, puesto que la novela se desarrolla con la suma de diálogos que de hecho no establecen una comunicación eficiente. El desempleado pretende comunicarse con Poquelin y con su ex-amante Sylvie y sólo logra hablar con ellos en su imaginación. La comunicación se presenta como un monólogo con figuras ausentes o con los subalternos: el conserje y los vecinos, lo que se reduce a la incomunicación. Poquelin habla con sus amigos, pero la conversación es trivial y vacía. Centra sus reflexiones y comentarios en el otro, el xenófobo, que se convierte así en su tema obsesionante.

La historia se despliega mediante este falso dialogismo, que nos remite a la condición de vida de ambos personajes. Se trata apenas de una "rebanada" de su cotidianidad, escasos tres días en los que ocurren algunos hechos que pueden ser considerados catastróficos, pero que desde la mirada del personaje sin nombre representan su posibilidad de ascenso a la calidad de polemarca: "Hasta hace dos días fui un fracasado; desde entonces empecé a ser un triunfador" (p. 207).

Julián Meza ha consolidado en ambos personajes dos estereotipos ¿franceses?, más bien diríamos dos modelos de¡ comportamiento humano contemporáneo. El resultado de la fusión de esas dos visiones, que se entretejen, se entrelazan y se desencuentran en las estaciones de¡ metro, en los barrios parisinos, en los cafés, en La Coupole, es la consolida de la intolerancia como matriz de las catástrofes por venir. Intolerante se muestra el loco que desprecia a todos aquellos que no sean franceses; destila su veneno en contra de los árabes, los sudacas y los negros, sin caer en la cuenta de sus propios orígenes, de las mezclas que su sangre entraría. Por ello, el capítulo 25 en la tercera parte ironiza sobre esta actitud descalificadora. En un parque, el loco discute contra un viejo gaullista, que sí entiende la función importante que han cumplido los extranjeros para la construcción de Francia. El capítulo se cierra con la reflexión del loco sobre la peculiaridad de su historia personal, que guarda "algo profundo y oscuro" (p. 15 1) y nos prueba que la pureza de su "francesidad" no existe; es un simulacro, o bien una falsificación, como las pinturas con las que Poquelin comercia.

Poquelin, a su vez, corporiza otro tipo de intolerancia: la de aquel que se siente seguro en su posición, la del "clásico" francés, ya que por algo ostenta el nombre de Moliére: Jean Baptiste Poquelin, y su racionalidad se vierte en una farsa, en un engaño. Desprecia al loco, pero su conducta y su moral tampoco representan una salida, una salvación en ese contexto.

En medio de esas dos intolerancias, yace el cadáver de una mujer que ha muerto por una confusión. Simbólicamente, ella ocupa el lugar del otro, del marginado, y su muerte hace aflorar las contradicciones ideológicas de los personajes. En la secuencia narrativa del relato sobre la muerte de esa mujer se condensa la intertextualidad de la novela. El criminal confiesa que la mató y que al mismo tiempo "es como si ( ... ) no la hubiera matado. Cometí un crimen que no quería cometer" (p. 206). Encontramos allí la consecución de un "acto gratuito" y lo remitimos al primer signo del texto, su título: Un famélico en busca de salvación. Numerosas pistas textuales permiten la interpretación de la novela como un texto posexistencialista o neoexistencialista, a gusto del optimismo o pesimismo de los lectores y lectoras. Así, los espacios nos vinculan con la época y el espíritu de las discusiones suscitadas por los filósofos existencialistas: "Vamos a comer en el mismo lugar en donde hace algunos años encontré por primera y última vez a Jean-Paul Sartre..." (p. 18 l). La vida del polemarca se asemeja a los inútiles ires y venires sin sentido, sin objetivo, de Roquentin en La náusea de Jean-Paul Sartre. El loco se convierte a sí mismo en un turista en París. Como desempleado, puede deambular por calles y estaciones del metro sin rumbo fijo, la única cúspide de sus itinerarios es el Sacré-Coeur, desde donde puede contemplar la ciudad en compañía ,de otros metecos.

En esta relación intertextual, también adquieren importancia las referencias directas. El crimen, el acto gratuito, se enuncia como un hecho tomado de la literatura:

- ¿A qué jugabas? ¿Te creías el Mersault de El extranjero?

- No bromees. Te repito que no sé por qué la maté. Te aseguro que

no me propuse hacerlo (p. 197).

El ritmo textual, influido por la rapidez de los diálogos, logra poner al lector en una situación de angustia ¿existencial? y lo impele a acelerar la lectura con intención de llegar al final del relato, de conocer el camino de la salvación. Y este camino no es otro que la literatura, como lo fue para Sartre y Beauvoir: "ambos buscaban en el arte una 'especie de salvación', pero mientras Sartre creía en la Belleza, su compañera otorgaba a la Vida un valor supremo". [Nota 2]

En la novela de Julián Meza no son ni la Belleza ni la Vida los elementos que refuerzan los poderes de la salvación. Tras el acto gratuito se cierne el poder aniquilador del hombre y, en su libertad, se esconde la pars destruens humana, la posibilidad de negación que vuelve la salvación un mero simulacro, una farsa y una falsificación. Tal pareciera que Julián responde a una invitación de Louis Ferdinand Céline en Viaje al fin de la noche: "La raza, eso que tú llamas raza francesa, no es más que esa gran pila de apolillados como yo, fugitivos, piojosos, vencidos que fracasaron..."; una invitación a describir esa raza desde dentro, con una visión francesa y que desarticula la posibilidad de encontrar en la relación solidaria con los otros una salida, una salvación Por ello, el loco ansía: "¡Si tan sólo tuviéramos un polemarca, un hombre capaz de echar fuera a los extranjeros y poner un poco de orden en este jodido país!" (p. 154), lo cual lo condena al solipsismo, al abandono de Sylvie, al rechazo de Poquelin, al horror frente a la muerte de la joven francesa, pero le asegura la complicidad del hombre de la calle y la del inspector de policía, con lo que el poder burocrático se refuerza en su creencia relativa a la pureza del ciudadano, francés o del mundo, frente a todos los extranjeros que deberán ser aniquilados. Se desata el poder aniquilador del hombre.

Por ello, cuando en días pasados, tras la evacuación de Saint Bernard, leemos en los periódicos que Francia ya ha enviado 25 vuelos especiales de transporte de indocumentados en lo que va de la administración del primer ministro Alain Juppé, no podemos menos que pensar en el acierto del epígrafe que Julián eligió para su novela, tomado de la pluma de Rabelais: Qui vivra verra. Dura lección la que nos ofrece Julián Meza en una ágil novela.

LUZELENA GUTIÉRREZ DE VELASCO

Programa Interdisciplinario de Estudios

de la Mujer, El Colegio de México

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