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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1996

UN ENAMORADO DE LA SABIDURÍA*

Author: Bernard Schumacher[Nota 1]


*Traducción José Ramón Pérez Portillo.

Josef Pieper cuenta entre los filósofos que han marcado a su manera este siglo XX con un progreso tecnológico fulgurante y dos guerras mundiales, que desde Auschwitz representa a los ojos de Theodor W. Adorno [Nota 1] la manifestación de la negatividad absoluta y el fracaso de un mundo, y con lo de Hiroshima, que constituye para Günther Anders [Nota 2] una conmoción metafísica expresada por la concesión y negación del poder divino de aniquilación.

El filósofo de Münster, con sus sesenta obras traducidas hasta hoy a dieciséis idiomas, contribuye a una mejor comprensión del ser humano bajo los ángulos de la ética, la antropología filosófica y la metafísica. Es un pensador empapado de la tradición occidental griega y cristiana, que entabla una discusión fructuosa, constructiva y crítica con los filósofos modernos y contemporáneos, en un lenguaje vivo que no está encarcelado en una terminología o una jerga. No se interesa por los Antiguos sólo porque son antiguos o por pensar que el pasado es mejor que el presente, sino en la medida en que pueda ayudar al hombre contemporáneo a encontrar respuestas a las preguntas planteadas. Kummer euch nicht um Sókrates! (¡No os ocupéis de Sócrates!) [Nota 3] nos aconseja, sino preocúpense de la verdad. La palabra de orden que acompaña J. Pieper a lo largo de su vida es: Ich will nicht wissen, was andere gedacht haben, sondern wie die Wahreit der Dinge sich verhält (No quiero saber lo que otros han pensado, sino cómo se comporta la verdad de las cosas.) [Nota 4]

Después de haber hecho estudios de filosofía, de derecho y de sociología en las universidades de Münster y Berlín, y habiendo tenido como guía intelectual fuera del sistema académico a Romano Guardini y a Erich Przywra, defiende su tesis doctoral en filosofía en 1928 bajo la dirección de Max Ettlinger sobre el fundamento del actuar moral en Santo Tomás de Aquino, en reacción al subjetivismo moral. [Nota 5] Muestra que el bien presupone lo verdadero, que el bien es lo que es conforme a la realidad, es decir, que toda acción moralmente buena encuentra su origen primero en la contemplación del intelecto teórico de la verdad de las cosas. La veracidad de lo real y la capacidad que posee el intelecto humano de conocerlo aumentan la bondad moral de toda acción. Desde 1928 a 1932, J. Pieper es asistente junto al profesor Johann Plenge, que entonces dirige el Instituto de Investigaciones para la Teoría de la Organización y de la Sociología. Publica varias obras sociológicas, políticas y de doctrina social de la Iglesia, prohibidas bajo el régimen hitleriano. Obligado por las circunstancias, volvió a la filosofía del Doctor Angélico bajo el ángulo ético antropológico, desarrollando a través de las obras dedicadas a las virtudes cardinales y teologales una concepción del hombre libre en camino del no-ser aún al ser en plenitud por medio de la actualización de las virtudes. [Nota 6]

Contribuye a una renovación de la reflexión filosófica de las virtudes, como a una ontología del no-ser-aún (fundamento de una filosofía de la esperanza), acompañada de una dimensión escatológica que expresa la estructura interna de la naturaleza humana tendiendo hacia un porvenir en el cual se realizan los posibles y que está abierto -contrariamente a Martín Heidegger, Jean Paul Sastre y Ernst Bloch- una trascendencia con trascendencia, donde el hecho de sobresalir puede también ser entendido como venciendo la finitud temporal inmanente que no constituye la totalidad de la realidad. Siendo particularmente sensible a la cultura alemana, J. Pieper reacciona contra la casuística, el neokantismo y la ideología nazi. Después de haber servido durante la guerra en el servicio psicológico del ejército, y aprovechando su tiempo libre entre otras cosas para reunir y traducir diversos textos de Tomás de Aquino y redactar su trabajo de habilitación sobre la verdad de las cosas [Nota 7](el cual defiende en 1946), empieza a enseñar filosofía como privat-docent en la Universidad de Münster, así como en la Escuela normal de Essen.

Se niega en varias ocasiones a ofertas de cátedras como profesor ordinario de prestigiosas universidades alemanas y extranjeras antes de aceptar finalmente en 1959 la que el gobierno regional crea para él en Münster, donde aún enseña hoy en día. Fue repetidas veces profesor invitado, viajando, dando conferencias a través del mundo y recibiendo numerosos títulos y premios.

Un cambio se efectúa a partir de la Segunda Guerra en el pensamiento del filósofo de Münster; en efecto, se desliga de alguna forma de Tomás de Aquino, al cual sin embargo siempre denominará su guía intelectual, para entrar en discusión más directa con las diversas corrientes del pensamiento contemporáneo, sin olvidar el descubrimiento, gracias a Gerhart Krüger que estaba entonces acabando la redacción de su obra Einsicht und Leidenschaft. Das Wesen des platonischem Denkens (Conocimiento y Pasión. La esencia del planteamiento platónico), [Nota 8] de su segundo guía intelectual: Platón. Pieper, que lo cita por primera vez en su habilitación, experimenta beneficioso el descubrimiento de este autor que complementa el pensamiento tomista: Die abstrakte Begrifflichkert des Thomas Von Aquin ausgeglichen und ergänzt zu sehen durch die farbige, ereignishaft - persoliche Konkretheit, die das Werk Platons so lebendig macht (La conceptualización abstracta de Tomás de Aquino vista como compensada y completada por medio de la coloreada, fecunda y personal concreción que hace tan vivaz la obra de Platón). [Nota 9] Comenta diversos diálogos de forma sistemática (poniendo en escena tres de ellos) e inspirándose para desarrollar las nociones de tradición y de mito, para criticar el sofisma contemporáneo del hombre de la pura praxis, intentando resolver con Platón ciertas cuestiones que se pregunta el hombre contemporáneo.

Su atención en los años de la posguerra se vuelca hacia el lugar de la persona y su inclinación vital al ocio verdadero en un mundo donde el trabajo tiende a volverse totalitario, donde nuestra época transforma, como lo señala la filósofa Harmah Arendt, "la sociedad toda entera en una sociedad de trabajadores" [Nota 10] y que tiene por lema "no trabajamos solamente para vivir, sino que vivimos para el trabajo". [Nota 11] El trabajo tiende a constituir el sentido absoluto de la existencia humana. J. Pieper desea salvaguardar en el seno del mundo de la praxis una dimensión metafísica del ser y del don, que se exterioriza en la fiesta, la poesía y el acto contemplativo, que no sirve para nada desde el punto de vista utilitario y que constituye un bastión inexpugnable en donde el hombre se descubrirá en toda la dignidad de su persona: [Nota 12]

Se detiene también en varias ocasiones sobre la cuestión actual de la esperanza personal y sobre todo de la del porvenir histórico de la humanidad amenazado por la autodestrucción, proponiendo una solución original que se distancia de las posturas hegelianas, kantianas, marxistas, nihilistas, así como de las propuestas por Karl Jaspers y Jacques Martain. [Nota 13] Pieper defiende también una concepción del acto filosófico como libre de cualquier praxis, esencialmente búsqueda amorosa de la sabiduría y no un ejercicio histórico, una toma de un sistema especulativo de lo real o una reducción a un scientific philosophy para la cual no hay saber propiamente dicho más que al nivel del saber científico. El acto filosófico es una reflexión racional y sistemática sobre el fundamento último de la realidad y de la existencia humana, sobre su sentido global, sobre la totalidad de lo que el sujeto percibe, considerada en su significado último y bajo todos los aspectos posibles. Cuando la ciencia puede por principio encontrar respuestas definitivas a las cuestiones que plantea, la filosofía por el contrario está comprometida en un camino interminable: "hacer filosofía, es estar en camino" [Nota 14] señala Karl Jaspers siguiendo a Josef Pieper, Maurice Blondel y Gabriel Marcel. A pesar de que el verdadero filósofo no puede salir del estado de asombro que le es natural y que es el principio de su vocación, que traduce el hecho de que nunca entiende del todo el aspecto real ante el cual se ha detenido, esta situación no lo conduce a una resignación agnóstica ni a la desesperación, puesto que la búsqueda amorosa de la sabiduría es movida por El Principio de la Esperanza,[Nota 15] tal como lo es fundamentalmente el Dasein. Esta imposibilidad inherente a la razón y a la filosofía de entender plenamente una cosa es análoga a la estructura ontológica y antropológica del status viatores, que se caracteriza por el no-ser-aún. Pieper insiste sobre el hecho que el acto filosófico está esencialmente impregnado de teoría, del don y del asombro, abierto a la totalidad de lo real y libre en relación a toda praxis, a toda instancia que desearía ponerla al servicio de un fin utilitario.

La filosofía no es un conocimiento de funcionario, sino como lo puso de manifiesto John Henry Newman, [Nota 16]de gentleman. El asombro existencial rompe el aburguesamiento del pensamiento que se detiene ante la realidad cercana, tomándola como lo último y no percibiendo ya el mundo de las esencias y el sentido último de las cosas encontradas y lo que puede expresarse por un recuestionamiento total o parcial de nuestra comprensión del mundo, de nuestro lugar en él y del significado de nuestra vida. Esa conmoción antiburguesa puede ser llevada de muchas formas, pero de una muy especial por medio de la muerte y el eros, cuya trivalización contribuye a encerrar más a la persona en el dominio del mundo de la utilidad y del trabajo, del Umwetl (medio ambiente). [Nota 17] El asombro implica la pérdida de una cierta certeza (la duda), un desarraigamiento que permite, sin embargo, un arraigamiento más profundo. Expresa una nueva toma de conciencia que aparece, de repente, más honda y más amplia que el marco familiar de la vida cotidiana; al mismo tiempo uno se da cuenta de que el ser en sí es incomprensible. Por otra parte, para J. Pieper, una verdadera reflexión filosófica referida al mundo y a la existencia presupone, al menos inconscientemente, conocimientos, apriorismos que tocan la totalidad del ser y que no se refieren únicamente al orden del saber, sino también al de la creencia, incluso aunque esta misma tenga por principio la negación de una Revelación Santa, aceptada en un primer momento sin crítica. Esta afirmación encuentra una confirmación no sólo en el pensamiento de Platón, sino también en el de Jean Paul Sastre. El rechazo metódico en el seno de la reflexión filosófica, de tomar en consideración los datos prefilosóficos, las creencias, sean éstas positivas o negativas, expresan a los ojos de Pieper, una negación de la esencia misma del acto filosófico tal cual lo han entendido y vivido los grandes testigos de la filosofía occidental. [Nota 18] Esta actitud está menos atada a una disciplina académica bien definida que a la búsqueda de una respuesta, aunque sea fragmentaria o incluso aunque venga de otro lugar. Piensa que si un filósofo creyese -evidentemente no a la ligera y sin sentido crítico- en la veracidad de los datos sobre el mundo o sobre la existencia que no son objeto de un conocimiento puramente racional sino supra racional o a priori, y excluyese esto de su reflexión, dejaría ipso facto de filosofar. Al poner entre paréntesis estos conocimientos que tiene por verdaderos, dejaría de considerar su objeto (que es del mundo y de la existencia en su totalidad, desde un punto de vista completo) bajo todos los aspectos posibles. Esta apertura de parte del filósofo hacia la teología, ese recurso a datos prefilosóficos, no significa sin embargo que deja de ser filósofo para mudarse en teólogo. Se puede, en efecto, discernir los dos actos (filosófico y teológico, permaneciendo ambos independientes y libres), de forma abstracta, sin embargo no podríamos hacer esto si hablamos de la persona concreta que filosofa. Esta "polifonía contrapuntística" [Nota 19] enriquece las dos ciencias y permite atrapar mejor el estado de la realidad en su totalidad y en cuanto a su fundamento último.

La filosofía pieperiana es señalada por un intelligere sobre la base de un credere, retornando la famosa fórmula credo ut intelligam que impregna la filosofía occidental. El filósofo de Münster no teme aparecer como desfasado, como lo recalca Hans Urs von Balthasar "festejando sin tímidez el matrimonio inevitable, siempre existente, de la filosofía y de la teología ". [Nota 20]

Su amigo, el poeta T. S. Eliot, atestigua con acierto que J. Pieper "restores to their position in philosophy what common obstianately tells us ought be found there: insight and wisdom". [Nota 21]

Estos análisis de la posguerra se insertan en una filosofía del status viatoris de la persona y de la humanidad, que se apoya en último análisis en una metafísica de la creación. J. Pieper anota en un pasaje de su obra sobre el amor que:

La convicción de que el mundo, siempre y cuando ésta no se conciba simplemente como un axioma abstracto, no puede en manera alguna quedar limitado a un 'sector' determinado de la existencia, por ejemplo, al ámbito reducido de una interpretación 'religiosa del mundo'. Si esa convicción se piensa hasta el final, de forma consecuente y vivaz, inevitablemente acabará impregnando por entero la sensación de existir. Y no sólo porque de esa manera todo lo real (las cosas, el hombre, yo mismo) se me presenta como algo creado, como algo concebido y diseñado de antemano y con un propósito (a pesar de la conocida y apasionada protesta de Sartre); sino sobre todo, porque es imposible no entender la realidad (ni a mí mismo) como producto de la creación, como algo que fue querido y afirmado, y cuya existencia se debe exclusivamente a esa circunstancia de haber sido querida y afirmada. [Nota 22]

Por una primera intuición, el filósofo de Münster percibe la totalidad de lo real como una creación divina, la cual piensa hasta sus últimas consecuencias en lo que se refiere a los dominios de la ética, de la antropología y de la metafísica. Impregna Das gesamte Daseinsgefühl (La totalidad del sentimiento de ser). Esta intuición es acompañada por argumentos que surgen del conocimiento intelectual discursivo. La intuitio y la ratio, colaborarán a una percepción y a una comprensión filosófica de la totalidad de lo real. Henri Bergson parece haber captado esa dialéctica del pensamiento filosófico cuando afirma que "la dialéctica", es decir ratio, "a menudo no hace más que desarrollar el resultado de esta intuición que la rebasa". [Nota 23]

Esos dos actos de conocimiento no se excluyen como sostiene Kant, pero se entremezclan, se refuerzan mutuamente, cuando las categorías de la fuerza humana y del don colaboran, cuando la actividad y la pasividad o la receptividad, la tensión y la distensión están en simbiosis. Maurice Blondel, quien atrae la atención de Romano Guardini y de Jacques Maritain sobre esta interacción natural y continua entre el intellectus y la ratio, cuyas funciones están coordenadas, afirma que "el problema de Dios no puede resolverse plenamente por una demostración dialéctica por más exacta, normal, o probante que sea", sino que debe basarse en un conocimiento "desde arriba". [Nota 24] La filosofía pieperiana se inscribe en una voluntad de tomar como punto de partida una ontología de creación, animada por lo que Gabriel Marcel denomina "una voluntad de de-creación" [Nota 25] en confrontación con cierta tendencia de la filosofía contemporánea impregnada de nihilismo.

Leyendo la obra de J. Pieper se podría pensar, como muchos lo hacen, que se trata de un tomista egresado de una gran escuela como Lovaina, Friburgo o Laval, o de un filósofo existencialista cristiano, denominación contra la que siempre se ha defendido.

Siempre acababa defraudando un poco al interlocutor, porque no me dejaba encasillar tan fácilmente como 'tomista' o 'neoescolástico'. Pero la rúbrica menos afortunada me fue atribuida durante una conferencia en Chicago, cuando se me presentó como 'existencialista cristiano'.[Nota 26]

Y añade:

Pero yo no venía de ningún lado y la ortodoxia académica en el ámbito filosófico me era del todo desconocida. [Nota 27]

El filósofo de Münster precisa que a pesar de haber sido influido de joven por pensamientos e ideales de personalidades como Romano Guardini y Erich Przywara, por desgracia jamás encontró en sus años de estudio un maestro de filosofía vivo, al cual pudiera requerirle incondicionalmente. Ese autodidacta en filosofía se abastece en Platón, Aristóteles, Agustín, Tomás de Aquino, Kierkegaard, John Henry Newmann y algunos filósofos contemporáneos. A pesar de que Pieper se inspira de Santo Tomás, se enfrenta a diversas concepciones neotomistas que permanecen encarceladas en un tomismo de escuela, arrebatando y falsificando del real pensamiento del Doctor Angélico su creatividad y su apertura, encerrándola en fórmulas-llave repetidas maquinalmente con un rumor plácido. Pero, en su reproche de fondo a esa neoescolástica encerrada en manuales, señala tres puntos:

En primer lugar, el que una filosofía aristotélico-tomista separada de la teología se hiciera pasar como la visión filosófica del mundo de Tomás de Aquino lo denominé no sólo un error, sino una falsificación, dado que, en segundo lugar, este autor no se expresa con una 'terminología' artificial sino que hace uso de un lenguaje claro, y a la vez vivo y fluido. Por eso es imposible apropiarse de sus afirmacione sobre el mundo con la ayuda de un sistema cerrado de tesis. Por fin, en tercer lugar, le falta al tomismo académico lo que para el maestro es el elemento más decisivo de la Philosophia negativa, cuyo primer principio, en su formulación literal, reza: "La esencia de las cosas nos son desconocidas. [Nota 28]

J. Pieper hace resaltar la influencia platónica en el pensamiento de Tomás de Aquino, como el elemento antiescolástico de la filosofía y de la teología negativa, como contrapeso a la tendencia racionalista pura. Se le consideró casi herético [Nota 29] cuando sostuvo los elementos de la philosophia negativa sin las cuales no se puede realmente comprender el pensamiento del Aquinate.

Este "ermitaño cosmopolita" de quien hemos abordado a grandes rasgos algunas posiciones filosóficas, tiene un lugar original en el seno de la reflexión filosófica del siglo XX, distinguiéndose igualmente por su acercamiento, su reflexión y los temas tratados, de la corriente de los filósofos cristianos como Etienne Gilson, Jacques Maritain, Yves Simon o Gabriel Marcel. No sólo elabora a lo largo de su vida una comprensión de la filosofía como conocimiento amoroso de la verdad, sino que vive de ella.


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