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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

Coacción y pedagogía


Así como hemos señalado, aunque de manera harto burda, las diferencias de estos tres conceptos -socialización, instrucción y educación en una operación inversa, habría también que preguntar por sus elementos comunes. Ponerlos de manifiesto configura la tarea inicial de una teoría pedagógica, que aquí, claro está, no podemos ni siquiera esbozar. Simplemente decir, a manera de postulados que nos sirvan de puntos de partida, primero, que por pedagogía entendemos la ciencia social -en cuanto tal no puede desprenderse por completo de la filosofia- que estudia la conexión de estos tres conceptos, así como las especificidades de cada uno de ellos y, segundo, que para indagar la relación entre educación y democracia, basta en un primer momento con centrar la atención en un punto, a saber, si la coacción es un rasgo común del aprendizaje en estas tres esferas: la social, la escolar y la educativa.

La coacción es un componente que se percibe prima facie en la socialización: obviamente no es el único, y hasta podría discutirse si el principal, pero no cabe la menor duda de que el grupo social ejerce distintas formas de presión -desde retirarnos el aprecio hasta el castigo directo- para obligarnos a aceptar sus pautas. Por socialización entendemos justamente entrar por el aro, encajar en determinados moldes, adaptarnos a un modelo previo. Terminamos por asumir las normas y estimaciones del grupo porque de ello se derivan evidentes ventajas -reconocimiento, aceptación- a la vez que, en caso de no hacerlo, los inconvenientes no dejan de ser menos patentes. Asimilar las normas del grupo, compartiéndolas sin cuestionarlas, constituye el fin mismo de la socialización y su primer resultado. Cuando ésta no basta para controlar la conducta del individuo, la sociedad recurre a otras formas de coacción ya formalizadas que pertenecen al mundo del derecho.

La instrucción (por mucho que de la escuela hayan desaparecido los castigos corporales y haya perdido todo prestigio el viejo adagio de que la letra con sangre entra) conoce también modos específicos de coacción. La instrucción cuenta con una amplia gama de sanciones, unas externas, provenientes del grupo, que conectan con las pautas de la socialización o las normas de la educación -desde el miedo a fracasar en la vida al de desilusionar a los seres queridos- con otras didácticas, que incluyen también una amplia escala, desde las formas de organización del saber transmisible en planes de estudios, asignaturas, unidades didácticas, a los controles que se van ejerciendo con premios y censuras, en cada tramo de la transmisión. La instrucción recurre a una amplia gama de sanciones coactivas para conseguir sus objetivos.

La educación ¿participa también de estos elementos coactivos? Una larga tradición educativa contesta también sí a este interrogante. En los orígenes de la modernidad, la pedagogía de los jesuitas, una de las grandes contribuciones pedagógicas del mundo moderno, distingue claramente entre instrucción y educación, así como las formas específicas de coacción que corresponden a cada una. En la instrucción se recalca el orden y el método, que imponen una disciplina que conlleva ya una coacción; de ahí la importancia crucial del "plan de estudios" que informa la Ratio atque institutio studiorum de 1599.

Descartes, fascinado por el orden y el método aprendidos de los jesuitas, discípulo ejemplar, los universaliza, eso sí, dando al discurso racional el papel que la erudición desempeñaba en la instrucción Jesuítica, con lo que saca las consecuencias oportunas de los principios pedagógicos aprendidos en el colegio de La Fleche. Se comprende, sin embargo, que sus maestros no siguieran la línea trazada por su insigne discípulo, dadas sus implicaciones en el desmontaje de la escolástica, que todavía constituía un horizonte intelectual concebido como inseparable de la fe, por mucho que Descartes, cargado de razón, negase esta vinculación.

Por lo demás, conviene subrayar que, aunque los jesuitas pusieran énfasis especial en la sanción positiva, la emulación, como sustitutivo de la censura o del castigo (fueron pioneros en una pedagogía que relega el castigo a última ratio), no eliminaron la coacción de la instrucción, como tampoco lo hicieron de la educación, fundamentalmente religiosa, que incluía el control del educando más allá de la familia y la sociedad, para fijarlo en una espiritualidad que comprendía tanto la entrega amorosa, como el temor a los castigos divinos.

Descartes aprende el gusto por el método en los jesuitas, pero su aplicación sistemática le separa del mundo de creencias en el que se había educado, al descubrir un camino objetivo que cada cual puede recorrer por sí solo, llevado exclusivamente por el discurso racional. La cuestión que se plantea en el XVIII -justamente al final del ciclo jesuítico, con la disolución de la orden en 1773- es, si acaso no cabría señalar una diferencia esencial, de una parte, entre la socialización y la instrucción, en las que los factores coactivos resultan difíciles de negar, y de otra, la educación, que se distinguiría de las anteriores, justamente, por haber suprimido cualquier tipo de coacción. El campo propio de la educación sería el de la libertad, como condición imprescindible para un libre desenvolvimiento de la personalidad: sólo en libertad y desde la libertad se aprende a ser libre. La educación de personas libres, en cuanto no pueden tener otro fin que el desenvolvimiento libre de la personalidad de cada uno, repudia toda coacción. La educación, si fuera coactiva, dejaría de ser tal. Tendríamos así un modelo de educación en el que el ideal que la define se habría concretado en el desarrollo libre de personas libres. En suma, la especificidad de la educación en la modernidad consistiría en haber suprimido la coacción.

Aunque sublimada de distintas formas, es justo reconocer que en la educación, para conseguir que el educando se aproxime al paradigma descrito, se siguen empleando formas variadas de coacción. No queda, por tanto, más remedio que distinguir entre una educación compatible con un cierto grado de coacción, y aquella otra que la niega de raíz, Hasta en nuestros días nos enfrentamos a dos nociones opuestas de educación, una que permite un fondo último de coacción, que se considera indispensable para alcanzar sus objetivos, y otra que trata de suprimirlo por completo. Para simplificar, llamamos a la primera "autoritaria sólo porque la segunda, no sin cierta jactancia, en los años sesenta se autodenominó " antiautoritaria". Estas corrientes constituyen los dos polos dentro de los cuales se inscriben los distintos conceptos de educación de los dos últimos siglos. En un extremo se halla la tesis de que todo proceso educativo es normativo, y dado que toda norma implica un deber ser que, en cuanto se encuentra fuera del sujeto, es heterónomo y, por tanto, implica alguna forma de coacción, por racionalizada o sublimada que esté. En el otro, la llamada educación antiautoritaria", que no impone un modelo determinado, según un sistema de normas preestablecidas, sino que pretende que cada cual sea el autor de sus propias normas, es decir, que llegue a ser persona autónoma, que es lo mismo que decir que cada uno llegue a ser el que real mente es.

Una primera noción de educación que, no sin titubear hemos llamado "autoritaria", pone énfasis en que educar supone conducir a una meta, que se ha definido previamente como deseable. Educar es llevar al educando a la realización de un tipo ideal de persona; por consiguiente, los métodos de conducción no pueden dejar de implicar alguna forma de fuerza o violencia, o dicho con mayor suavidad, no pueden eliminar algún tipo de coacción, incluida la apelación a la razón o al cariño del educando por sus progenitores o maestros.

Con la modernidad ilustrada surge una segunda noción de la educación -que, siguiendo una moda ya caduca, he llamado "antiautoritaria" empeñada en suprimir, traicionando el sentido etimológico de la palabra, cualquier tipo de coacción, con la consiguiente renuncia a la pretensión de encauzar al educando en una dirección. Tamaña inversión del sentido del concepto de educación sólo resulta explicable a partir de un cambio profundo en la comprensión de lo humano: una nueva antropología filosófica está siempre en la base de cada nueva pedagogía. Con lo que otra vez tenemos que dar un rodeo y preguntarnos por la revolución que en la comprensión de lo humano se produjo en el siglo XVII, y describir brevemente aquella concepción antropológica que va a sustentar la nueva pedagogía "antiautoritaria".


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