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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

La revolución antropológica de la modernidad


Empleando un esquema muy elemental, pero que puede servir para estos efectos, podría decirse que para la antropología tradicional (que heredamos de la Grecia clásica y que el cristianismo adaptó a sus necesidades, perdurando sin ser cuestionada hasta fines del siglo XVII), el ser humano es un animal racional. Esta definición subraya en el hombre dos naturalezas, incluso opuestas; por un lado, el hombre es animal y muestra esta naturaleza en sus necesidades fisiológicas y, en último término, en su mortalidad; por otro, esespíritu y, en cuanto tal, participa de la naturaleza divina, dotado en consecuencia, de un alma inmortal.

Esta concepción de lo humano como amalgama inestable de lo animal y lo divino, conlleva una determinada idea de la educación, que básicamente consiste en aprender a reprimir, en su caso a reconducir lo animal a favor de la parte "espiritual", es decir, "divina" de su naturaleza, de modo que la persona llegue a realizarse plenamente en la inmortalidad gozosa de la vida ultramundana. Todo el saber antropológico cabe en la fórmula del catecismo de que el destino del hombre consiste en amar y obedecer a Dios en esta vida y gozarlo en la otra. Esta idea del hombre conlleva una determinada educación, dirigida a conducir al educando en un modo de vida que le permita cumplir con éste su destino sobrenatural. Si la instrucción, como hemos visto en el modelo pedagógico de los jesuitas, contiene buena cantidad de elementos mundanos, referida principalmente a cumplir con nuestras obligaciones sociales, la educación es una noción que, al involucrar el destino del individuo en cuanto hijo de Dios, sedesen- vuelve ya en el ámbito religioso.

Aunque una noción religiosa de la educación haya dejado de ser la dominante en la Europa contemporánea -y la tendencia parece que se inclina a que sea cada vez más minoritaria- aún así, secularizada, perdura en bastantes concepciones actuales de la educación, en las que los elementos religiosos se han difuminado con el afán de desarrollar una idea "espiritual, "humanista", propia de la dignidad de lo humano, pero que exigen la misma disciplina en el control de los instintos y pasiones "animales" para alcanzar el plano espiritual de apertura y solidaridad que sería propio de lo humano. Estas formas secularizadas de educación propenden también a la realización de un ideal de lo humano que se fija desde fuera -heterónomo- y, por tanto, requieren una cierta disciplina, que no parece factible sin alguna forma de coacción, por sublimada que se presente.

Pues bien, con la modernidad ilustrada surge una nueva idea del hombre que rompe con la antropología que acabamos de describir. René Descartes inicia la modernidad, en lo que a la filosofia se refiere, con el principio de "no aceptar nada como verdadero, antes de haber obtenido la evidencia de que es así". La evidencia, como criterio de verdad, conlleva establecer el conocimiento matemático como modelo de conocimiento, preeminencia que adquiere toda su relevancia desde la intuición de que las matemáticas serían, como ensalzó Galileo, el lenguaje propio de la naturaleza. Las matemáticas proporcionan así, no sólo el criterio de verdad, que es la evidencia, sino también el método para indagarla, la argumentación racional more geométrico.

Pese a la revolución que supone la filosofía cartesiana, participa, sin embargo, de la antropología tradicional, al descubrir en el cogito, es decir, en la inmensidad del pensamiento racional, la realidad divina. El ser humano consta así de dos sustancias, la corporal -res extensa- que como todos los cuerpos, y demás objetos materiales, se rige por las leyes de la mecánica, y la espiritual -res cogitans que a la manera tradicional todavía se concibe como receptáculo de la divinidad.

Este dualismo constitutivo de lo humano se corresponde con el que subyace en la metafísica tradicional, que distingue entre un mundo fenoménico, meramente aparencial, que caracteriza el cambio y el movimiento, y un mundo real, en el que se sostiene todo lo que aparece, y que se caracteriza por su permanencia e inmutabilidad. El tema central de la metafísica es la forma en que se relacionan estos dos mundos, el de las "apariencias" y el de las "realidades". En Descartes se convierte en aporía irresoluble la forma en que se relacionan estas dos sustancias, la materia y el espíritu, el cuerpo y el alma, ya que son realidades distintas e incompatibles. El mecanicismo que da cuenta del mundo material- y el idealismo -que se desprende de concebir el espíritu como la realidad primera- configuran dos doctrinas irreconciliables, pero inherentes por igual al pensamiento de Descartes. Si se ha librado de la presión invasora de cada una de ellas, es porque su empeño principal era salvar la libertad, tanto del determinismo mecanicista, como de la imposición que comporta la lógica de la razón. Salvar la libertad como elemento constitutivo de lo humano, es el empeño último de la filosofía cartesiana y, con ella, el que define a toda la modernidad

La nueva antropología que va a construir la modernidad está ligada a la idea de libertad, que, por un lado, se revela como la noción clave para explicar al ser humano -decisiva, para entenderlo como sujeto moral y para dar cuenta de la convivencia social y política-; por otro, el concepto mismo de libertad sufre un cambio sustancial en su contenido: de entenderse como libre albedrío, pasa a concebirse corno autonomía del sujeto. Este doble salto -el que la libertad se haya elevado a concepto definitorio de lo humano y de ahí la nueva concepción de la libertad, como autonomía- modifica sustancialmente la idea de educación en el sentido en que, ya en nuestro tiempo, hemos llamado "nueva educación" y luego "educación antiautoritaria".

En el camino que va de Descartes -todavía anclado en la antropología tradicional, pese a haber independizado a la razón- a Rousseau, el teórico revolucionario de la nueva antropología de la libertad, es menester detenerse en John Locke, un eslabón imprescindible entre ambos, sin el que no es explicable el salto efectuado.


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