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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

La revolución rousseauniana


Dicho de pronto y en una fórmula tal vez excesivamente esquemática, la revolución antropológica que introduce Jean-Jacques Rousseau consiste en colocar la libertad en el puesto que ocupaba la razón, otorgándole el rango de ser la facultad distintiva de lo humano. El hombre deja de definirse por su racionalidad, pese a que mantenga su carácter animal. Si lo comparamos con los demás animales, hay que recalcar que se trata de uno bastante desequilibrado, inestable; Rousseau, en un conocido párrafo, ya muy criticado en su tiempo, incluso lo llama depravado".[Nota 4]Y desde una perspectiva animal claro que lo es, ya que, al experimentar su libertad, ha ido alejándose, hasta desprenderse por completo de su naturaleza originaria. La libertad a la vez que marca la diferencia con la naturaleza animal se erige en la característica esencial, definitoria de lo humano. El hombre es libre por naturaleza, o dicho de otra forma, la libertad le es consustancial, de modo que sin ella perdería su humanidad.

El que el hombre haya nacido libre, según reza la primera fase del primer capítulo del Contrato social, es algo que ya habían reconocido los juriconsultos romanos -utpote cum iure naturali omnes liberi nascerentur- cuya doctrina, por lo demás, permanecerá fuertemente arraigada entre los iusnaturalistas de los siglos XVII y XVIII. La originalidad de Rousseau consiste en concebir esta libertad natural de los humanos como inalienable, es decir, que si se suprimiese, se eliminaría el carácter propiamente humano. Si arrebatásemos al hombre su libertad, retrocedería al estado animal de donde proviene. Renunciar a su libertad es renunciar a la calidad de hombre.[Nota 5] Y si la libertad aparece en Rousseau como constitutiva de lo humano, de modo que no la puede enajenar sin perder lo que lo constituye en hombre, es porque ha desarrollado una nueva noción de libertad que rompe de plano con las que hasta entonces se habían manejado.

Vayamos al texto crucial de la antropología rousseauniana, el Discurso sobre la Desigualdad. Al animal, todavía con el concepto cartesiano, lo imagina como una máquina ingeniosa, con una capacidad automática de sobrevivencia, al hombre, en cambio, ya no lo percibe, gracias a su racionalidad participando de lo "divino", sino que, influido por el empirismo británico que marca ya el horizonte filosófico de su generación, lo considera parte del reino animal y, en este sentido, Rousseau habla también de una máquina humana, pero con una diferencia que va a resultar fundamental, a saber, que la naturaleza sola hace todo en las operaciones del animal, mientras que el hombre coopera en calidad de agente libre. Una elige o rechaza por instinto, mientras que otro por un acto de libertad[Nota 6] El animal reacciona al medio de manera automática, conducido por sus instintos; el hombre, en cambio, ha perdido esta capacidad de respuesta automática y ante un estímulo exterior carece de una respuesta determinada y fija: en este sentido se habla de animal enfermo, condenado a elegir siempre entre dos o más posibilidades. El hombre, al estar obligado a elegir, es libre sin remedio: la pasividad, el no decidirse, también es una elección con las consecuencias consiguientes.

Teniendo a Locke en la trastienda, critica Rousseau que la racionalidad sea exclusiva del hombre, ya que de algún modo los animales tendrán ideas puesto que disponen de sentidos, y aunque las de los animales sean mucho más simples, la diferencia es sólo de grado. " Algunos filósofos incluso han sostenido que hay más, diferencia entre un hombre y otro, que entre algún hombre y un animal. [Nota 7]" El estar dotado de razón deja de ser el elemento primario que diferenciaría al hombre del animal, de modo que se desprende de la antropología tradicional, que definía al hombre como un animal racional. [Nota 8]

Rousseau trastrueca la relación de prioridad entre razón y libertad. No, como piensa la antropología tradicional, porque el hombre sea racional es libre -la libertad sería así una calidad derivada de la racionalidad- sino porque el hombre es libre -es decir, se ve privado de respuestas automáticas es por lo que tiene que desarrollar su racionalidad, obligado a ponderar, calcular, sopesar -ratio, cálculo, cuenta- entre diversas posibilidades, forzado a buscar las razones de peso para decidirse por una.

La racionalidad se revela, en consecuencia, como una facultad derivada de la libertad, que sería el carácter definitorio de lo humano. [Nota 9] La libertad que somos, para mejor resolver cada vez los problemas de orden práctico que se nos planteen, nos obliga a descubrir la razón, a desenvolvernos de acuerdo con ella y a comportarnos según sus dictados. En una primera aproximación, la razón se entiende como razón instrumental, es decir, como la reflexión que nos permite la mejor adecuación de los medios disponibles a los fines buscados; una facultad que necesariamente tiene que desarrollar un animal que ha perdido la facultad de que los instintos le adapten automáticamente a su entorno.

La libertad engendra la racionalidad y ésta a su vez es otra característica que Rousseau considera esencial y exclusiva de lo humano: la facultad de perfeccionarse. Porque somos libres y nuestras respuestas no son automáticas, éstas pueden mejorarse. La perfectabilidad, en último término, permite el desarrollo de todas las demás facultades y calidades humanas y la poseen tanto los individuos -sin ella no tendría demasiado sentido la educación- como la especie. La perfectibilidad es la facultad a la que el ser humano debería toda su grandeza, pero también todas sus desgracias. En su crítica y defensa del progreso (en este punto la ambigüedad en Rousseau es constitutiva) se refleja la que cabría llamar: dialéctica de la perfectibilidad.

Para nuestro fin, lo decisivo es caer en la cuenta de que la noción de libertad que se aloja en el supuesto de que proviene de la razón, entendida o no, como participación en lo "divino", es completamente distinta de la que subyace en una noción de libertad que se concibe como primordial y constitutiva de lo humano, de la que luego se derivaría la racionalidad. En el primer caso, la libertad se confunde con el libre albedrío, es decir, con la capacidad proveniente de nuestra razón de distinguir entre el bien y el mal. Un bien y un mal que existen objetivamente más allá de la voluntad o el conocimiento humanos, supuesto esencial para quedar obligados a hacer el primero y evitar el segundo,en cuanto otorga una objetividad propia, que definen leyes divinas o naturales, que están más allá de nuestra voluntad -es decir, son heterónomas- de modo que, desde un punto de vista individual, la verdadera libertad consiste en la obediencia a las normas objetivas que conocemos por la razón. Desde un punto de vista social, la libertad resulta imprescindible para que se nos pueda hacer responsables de nuestros actos y, en consecuencia, para que quepan las nociones de premio y castigo. Obediencia y castigo son así dos elementos que destila la concepción heterónoma de libertad, entendida como libre albedrío.

En cambio, la libertad concebida como la propiedad constitutiva de lo humano, aquella que nos diferenciaría del mundo animal del que provenimos, pero del que nos hemos desprendido, justamente al haber perdido la capacidad de respuesta automática frente al estímulo, nos obliga a ponderar las consecuencias de nuestras acciones sin poseer criterios objetivos previos. De la misma manera que el empirismo británico ha tenido que dar razón de las ideas más complejas a partir exclusivamente de las sensaciones, sin recurrir a las "ideas innatas", así Rousseau tiene que dar cuenta de la conducta humana, y en último término de su fundamento, la libertad moral, sin echar mano del bien y del mal como criterios objetivos, cuyo conocimiento sería en cierto modo "innato", sino que, de la misma manera que las ideas se explican a partir de la experiencia que nos proporcionan los sentidos, habría que dar cuenta de la libertad moral a partir de la libertad natural que define la dimensión propia de lo humano.

Prefiero detener aquí la exposición de la doctrina antropológica de Rousseau, señalando tan sólo que gira en torno a los conceptos fundamentales de libertad natural y libertad moral, ya que poner de manifiesto sus contenidos exige que diéramos un largo rodeo por el concepto clave de estado de naturaleza o estado natural. Empresa lo bastante complicada para no poder tratarla a marchas forzadas, como en esta ocasión sería preciso, ya que, como dice el propio Rousseau, no es moco de pavo conocer bien un estado que ya no existe, que quizá no existió en absoluto, que probablemente no existirá nunca y del que, sin embargo, es necesario tener nociones justas para juzgar correctamente nuestro estado presente.[Nota 10] Y si no resulta fácil trabajar con la hipótesis de un estado natural, tampoco cabe juzgar a la ligera las hipótesis que se precisan para hacer plausible el salto del estado de naturaleza al estado de civilización, al quedar patentes las ventajas, pero también los inconvenientes que de cada uno se derivan.

De lo único que es preciso dejar constancia, para cerrar este capítulo sobre la antropología revolucionaria de Rousseau, es de que el concepto de libertad, tanto la natural, propia del estado de naturaleza, como la moral, que es preciso construir en el estado de civilización, supone la autonomía de cada uno, autonomía que hay que entender en el sentido etimológico del término: dicto las normas por las que me rijo. En la libertad natural, la autonomía se confunde con el egoísmo: hago lo que quiero, sin cortapisa alguna. En el estado de civilización, que viene ya enmarcado por la convivencia, el egoísmo natural se convierte en algo perverso, y la libertad, ya como libertad moral, exige tener presente al otro, y en este sentido cabría tildarla de altruista, ya que el juicio libre supone vincular mi interés al de los demás. O, mejor dicho, la libertad natural sería un egoísmo primario, elemental y la libertad moral uno lúcido, que ha sabido integrar los intereses de los otros como si fueran los propios, que es lo que, en buena lógica, habría que entender por altruismo: un egoísmo bien entendido que sabe que mi bien no lo es plenamente sin incluir el de los otros.


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