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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

Educación para la libertad y la democracia


El hombre ha nacido libre es la primera parte de la frase con que comienza el Contrato social, pero viene seguida de una segunda no menos significativa, pero por doquier se halla encadenado. He aquí la paradoja fundamental que Rousseau ha puesto de manifiesto en la condición humana: el hombre nace libre, pero la sociedad lo aprisiona. La historia de la civilización consiste así, de una parte, en un progreso innegable de las facultades y conocimientos humanos, como corresponde a la perfectibilidad, propia de lo humano; de otra, en una pérdida continua de la libertad e igualdad naturales, con la consiguiente degradación de la vida social y política. Desigualdad social creciente y pérdida progresiva de la libertad natural son dos aspectos del mismo proceso de civilización, que se caracteriza justamente por el subyugamiento y alienación de sus miembros. Importa retener que el concepto de alienación, imprescindible en cualquier filosofía de la libertad, lo introdujo Rousseau. El hombre nace libre, la libertad constituye su estado natural, pero el despliegue de nuestra civilización lo va encadenando, hasta convertirlo en esclavo de la opinión ajena, que en esto consiste justamente la alienación para Rousseau: dejar de ser uno mismo para convertirse en remedo de lo que quiere la opinión de los otros.

En las condiciones de desigualdad y opresión a las que nos ha conducido la civilización moderna, Rousseau no se plantea directamente cómo podríamos reconquistar la libertad; incluso a veces parece más bien pensar que el proceso sea irreversible -pueblos libres, acordaros de esta máxima: se puede adquirir la libertad; pero no se la recupera .jamas- [Nota 11] aunque no por ello habrá que cesar nunca de hacer propuestas concretas para salvar la dignidad humana, es decir, la libertad, en una civilización de la que tampoco el escapar parece ser remedio, puesto que se paga un precio altísimo. De lo que sí está seguro -y hacerlo patente es la intención fundamental del Contrato social es de que la democracia, en la que se reconcilian la libertad y la igualdad, ambas constitutivas de lo humano, es la única forma de gobierno propia de hombres libres e iguales.

Ahora bien, lo que es cierto como construcción teórica, puede resultar harto problemático en la práctica, y tal vez haya que convenir, como escribe el mismo Rousseau, que en una acepción estricta -el gobierno del pueblo por el pueblo, es decir, el autogobierno- no haya existido nunca una democracia verdadera y no existirá jamás. Va contra el orden natural que la gran mayoría gobierne y que la minoría sea gobernada. [Nota 12] En todo caso, parece claro que el Contrato social no pretende la quimera de explicar, en las condiciones sociales y morales de nuestras sociedades, cómo se podría traer la democracia a los Estados modernos -demasiado grandes para que pueda funcionar el autogobierno- sino simplemente mostrar qué régimen de gobierno habría que considerar ideal, con el fin de tener un criterio desde el cual poder juzgar los existentes, lo que al menos nos permite ir proponiendo las reformas oportunas. No confundir lo que es con lo que debe ser es el principio metodológico del hombre libre.

La educación se plantea en Rousseau, por un lado, desde la comprensión de la libertad que hemos expuesto, como autonomía; por otro, desde el convencimiento de que la realización de la democracia, en el sentido fuerte de este concepto, resulta imposible. La educación se muestra así, en cierto modo, como una actividad compensatoria de la imposibilidad de que pueda realizarse la democracia. El Emilio sólo se entiende como continuación indispensable del Contrato social. Lo que el Estado no puede resolver desde una dimensión pública.. lo tiene que encarar individualmente el educador. Hay que domeñar en la práctica la contradicción básica de la condición humana, que estaba al comienzo del Contrato y vuelve a estarlo al principio del Emilio: todo está bien al salir de las manos del Creador, todo degenera entre las manos del hombre.

La democracia se enfrenta a esta contradicción; la educación también, al tratar de facilitar, por un lado, la integración social del individuo -no hay vida plenamente humana en solitario, sino sólo en sociedad; el hombre es un animal social, el animal polílico del que hablaba Aristóteles-, por otro, al tener que evitar que el individuo, que no tiene otro remedio que vivir en sociedad, no sea modelado y absorbido por completo por unas sociedades que han degenerado por las desigualdades y los conflictos sociales que ocasionó el establecimiento de la propiedad privada, que Rousseau, fiel a la tradición cristiana de los primeros padres de la Iglesia, considera fuente de opresión, injusticia y degradación.

Tiene su gracia, además que bastante enjundia, que la primera vez que tropezamos con la educación en relación con la democracia, el supuesto que subyace en esta relación es que la democracia no es realizable por los humanos; tal vez sólo por ángeles. De ahí, la importancia crucial de la educación, como medio, en parte sustitutivo en parte complementario, de la democracia. Obsérvese que el pedagogo entra en acción allí donde ha fracasado la política. Porque la sociedad no es capaz de regenerarse, convirtiendo la libertad natural en moral, y tampoco hay vuelta al estado natural, tenemos que contar con la sociedad como si fuera una selva, en la que el grande se come al chico, y la opinión prevalece sobre la verdad. La necesidad de acoplar a los individuos a esta realidad, sin por esto disolverlos en ella, es el objetivo principal de la educación. La educación pretende, por un lado, que los individuos se contagien lo menos posible del ambiente social hace falta mucho arte para impedir que el hombre social no sea totalmente artificial-; por otro, no renuncia a que la sociedad vaya mejorando poco a poco; si hay que intentar alguna reforma en las costumbres públicas, es preciso que empecemos por las costumbres domésticas y esto depende absolutamente de los padres (Segundo prefacio a Julia).

Dos son, por tanto, los fines de la educación: uno, que podríamos llamar privado, que consiste en ayudar al educando a que permanezca fiel a su propia naturaleza, lo que supone un esfuerzo por naturalizar la convivencia social, al contribuir a que cada cual se haga a sí mismo, en comunicación abierta con los demás, pero con fidelidad a su propia "naturaleza". Este vivir en paz consigo mismo y con los demás, que constituye el fin de la educación, se traduce en lo que conviene llamar, con Rousseau, felicidad. Digámoslo sin tapujos: gozar, ser feliz, es el fin último de la educación.

Una segunda finalidad, que llamaremos pública, consiste en prepararse para ocupar consciente y responsablemente el puesto que nos corresponda en la sociedad y en el Estado, El fin individual de ser feliz y el público de cumplir con nuestros deberes de ciudadano en realidad se complementan, hasta el punto de que el ideal sería una educación, como la espartana, en que ambos fines se confundieran, pero, es uno que en nuestras sociedades privatizadas no tiene ya la menor posibilidad. El valedor de la democracia y de la enseñanza pública, consciente de los condicionamientos que impone el tipo de civilización que ha cuajado, escribe un tratado de la educación individualizada -el Emilio- en el que vincula la libertad negativa del dejar hacer y crecer con una positiva, consistente en llevar a cabo la vocación de cada uno, dentro de un orden político que se aproxime lo más posible al ideal democrático, regido por la voluntad general. La educación para la libertad tiene en la democracia el horizonte que le es preciso.

En la primera pedagogía que se plantea desde un horizonte democrático, hay que subrayar, primero, que la educación, al no partir de un modelo o paradigma externo al que hay que adaptar al individuo, supera cualquier forma de coacción. No es un proceso impuesto desde fuera para llevarnos a nuestro bien, sino que, por el contrario, consiste en la eliminación de los factores externos que impiden que cada uno llegue a ser el que realmente es. No se trata tanto de dirigir, encauzar, como de dejar crecer; no de imponer, sino de no impedir. No se trata ya de conducir ni mucho menos de disciplinar al educando, sino de controlar y, si es posible, de modificar al medio, para que no impida que cada uno llegue a ser el que es. Llegar a ser el que somos exige un amplio programa de reformas sociales.

Segundo, Rousseau destaca el conflicto básico entre la socialización hacernos según las pautas y las opiniones dominantes- que se revela como una forma de encadenamiento y degradación -el esclavo es aquél perfectamente encajado en la sociedad- y la educación, que consiste en conservar nuestra vocación propia, llegar a ser el que cada uno es. Educar es en cierto modo protegemos de la socialización, para no impedir que lleguemos a ser el que realmente somos. Sólo el individuo que abre su libertad a los demás, es lo suficientemente crítico y responsable para la convivencia, no desde el egoísmo natural, sino desde su transformación en libertad moral, al asumir la perspectiva del otro. Educar consiste precisamente en salvar al individuo de las influencias perversas que provienen de la socialización, para abrirle a la comprensión y a la obediencia de la voluntad general.

Tercero, para que la educación supere a la socialización, importa también, no sólo diferenciar educación de instrucción, sino poner todo el énfasis en la primacía de la primera. De ahí que Rousseau, con natural escándalo, repudie el saber libresco y exija el conocimiento directo de las cosas. Rousseau es enemigo de toda instrucción retórica, es decir, basada en el discurso verbal -conocido es su desprecio por las palabras- interesado, no en que aprendamos los nombres de las cosas, sino en que podamos llegar a ellas, cuestionándolas. No se trata de enseñar los saberes sociales, clasificados y ordenados, sino de aprender a pensar por sí mismo: sólo el que piensa por sí mismo puede llegar a ser uno mismo. La enseñanza para la libertad, desde la libertad, supone una educación crítica, consigo mismo y con el mundo que le rodea, única forma de crear el tipo de ciudadano que necesita la democracia.


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