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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

2.1 Crítica de la racionalidad dominante


En la mayoría de los campos de influencia, la forma de "crítica cultural" adoptada por el postmodernismo ha puesto seriamente en tela de juicio importantes supuestos del discurso modernista, tales como:

a. su dependencia de las nociones metafísicas del sujeto;

b.su apología de la ciencia, la tecnología y la racionalidad como las bases que permiten equiparar cambio con progreso;

c.su etnocéntrica reducción de la historia a los triunfos de la civilización europea; y

d.su perspectiva globalizante según la cual los países occidentales industrializados constituyen un centro legítimo único y una posición superior a partir de la cual se ha de establecer el control y determinar jerarquías. ¡Control y jerarquización sobre todo geopolíticos!

Por esta crítica, los conceptos modernistas y totalizantes de historia y progreso pierden fuerza en el contexto postmodernista en el que nos aproximamos al siglo XXI. De este modo, aún la mera formulación de una utopía con alguna fuerza de convocatoria se convierte en tarea poco menos que imposible, al menos como oferta válida para un mundo roto en infinitas particularidades defraudadas por tantas promesas incumplidas.

Por otro lado, sin duda bajo el efecto de acción y reacción, el énfasis modernista en la totalidad y el dominio, sobre todo en la medida en que fue cundiendo el desencanto sobre sus verdaderas posibilidades de llevar a todos los pueblos al reino de la igualdad, libertad y fraternidad, ha dado paso a una comprensión más aguda de las historias suprimidas o marginadas y a una apreciación más profunda de las luchas que las acompañan. En otras palabras: puesta de manifiesto la arrogancia de la cultura occidental moderna que aparentaba hablar en nombre de la humanidad y la historia cuando, en realidad, su discurso era tan sólo un conjunto de relatos locales portadores de un significado social e históricamente construido, el supuesto carácter absoluto y totalizante de su proyecto queda reducido a sus pretensiones universales de poder y de dominio sobre los demás pueblos, De ahí, probablemente, la necesidad compulsiva que se hace sentir en la reacción postmoderna de rescatar lo aldeano, la historia del grupo particular, la memoria étnica, el pequeño relato de la tradición local, la reclusión en la tribu rural o urbana, etc. dado que las categorías universales y, en cierto modo, trascendentes de verdad, nación, clase, historia resultaron ser un embuste colonizador manejado por las vanguardias lúcidas. De este modo, el postmodemismo llega por la senda política a las mismas tesis relativizadoras que la antropología había alcanzado por el camino del análisis cultural comparativo: ninguna tradición cultural es universal; todas son necesariamente locales y ninguna puede atribuirse el derecho de hablar con autoridad y verdad en nombre de toda la humanidad.[Nota 5]

Si las identidades colectivas y personales se forjaron en relaciones particulares de privilegio, opresión y lucha, cierto postmodernismo puede prestar una importante contribución en la desterritorialización del plano de la comprensión cultural dominante; en otras palabras: se rechaza la tradición europea como referente exclusivo para juzgar lo que constituye la verdad histórica, cultural y política, porque no hay tradición o narración que pueda hablar con autoridad y certidumbre en nombre de toda la humanidad, de todos los pueblos, de todos los lugares y de todos los tiempos. Por eso se desploman los paradigmas que se presentaban con tales pretensiones de generalización y validez. Si ciertas corrientes del existencialismo de mediados de siglo rumiaban su desilusión ante la desolación que habían dejado las dos guerras mundiales, hoy las generaciones jóvenes tienen motivos más que suficientes para llenar sus alforjas de rabia por el estado en el que les heredamos el planeta. La cultura moderna se queda sin respuestas cuando se le pide cuentas sobre su administración de lo verdaderamente fundamental: la vida del planeta, la significación de los pueblos, la distribución de los recursos, el hambre en el mundo, etc. El futuro habrá de construirse a partir de este enorme fiasco o no habrá futuro. La malversación de la vida y de los recursos del planeta realizada por la cultura industrial y postindustrial ha globalizado la situación de riesgo.

De ahí que, en muchos aspectos, se respire ya una desconfianza radical de las grandes teorías que aplastaron las particularidades en aras de un futuro que no llegó. Por esta razón, el postmodernismo crítico coloca lo particular (marginal, negado y anónimo) en un nuevo espacio de valoración. Así las tradiciones en las que se expresan la identidades colectivas que nunca se perdieron en categorías como clase, nación, etc.:

... deberían ser valoradas por sus intentos por denominar lo parcial, lo particular, lo específico, y demostrar la importancia de constituir la historia como un diálogo entre una diversidad de voces, a medida que luchan dentro de relaciones asimétricas de poder. Las tradiciones no son valoradas por sus demandas de verdad o autoridad, sino por las formas en las que sirven para liberar e incrementar las posibilidades humanas. La tradición no representa la voz de un punto de vista omnímodo de la vida; en vez de esto, sirve para ubicar a las personas de forma autoconsciente en sus historias, al hacerles percatarse de los recuerdos constituidos en la diferencia, la lucha y la esperanza. La tradición en términos postmodernistas, es una forma de contramemoria que señala las identidades fluidas y complejas que constituyen la construcción social y política de la vida pública.[Nota 6]

Sin embargo, desde el punto de vista de la articulación de la convivencia social, la postmodernidad no sólo ha provocado un resurgimiento de lo particular marginado (grupos étnicos, por ejemplo) sino el repliegue del individuo a niveles y estructuras más libres, más pequeños y más vitales. Como consecuencia, la imagen de la sociedad animada por grandes representaciones colectivas compartidas (tal como la pensaba E. Durkheim) se despedaza. Quizás se podría decir que el espectáculo pierde grandiosidad y gana intimidad. Esta valoración emocional y apasionada de la tradición particular es, sin duda, parte de la toma de distancia postmodernista respecto a los grandes paradigmas modernos en los que predominó una interpretación racional de todas las particularidades a costa de perderlas en la generalización de la gran teoría. Como ya ha sido señalado por muchos, el mérito de la crítica postmoderna a la utopía fallida de la modernidad es puesto a prueba a la hora de intentar no caer en una disgregación o atomización de la experiencia humana que haga imposible no sólo el compromiso político sino incluso la posibilidad misma de cualquier utopía. Desde nuestro punto de vista, este es el punto neurálgico en la confrontación de la postmodemidad y la educación. Inciden en él varios factores:

a.por un lado, el fiasco de una filosofía y ciencia de la historia provoca un movimiento de repliegue hacia las historias locales y aldeanas, de lo nacional hacia lo étnico, y de la gran causa de la humanidad hacia la pequeña experiencia individual elementalmente compartida. Este desplazamiento parece resultado directo del desencanto de la modernidad y tiene un cierto sustrato crítico.

b.por otro lado, la hegemonía de los medios de comunicación en el fin de siglo, ha provocado, paradójicamente, una globalización informativa y, a la vez, una fragmentación comprehensiva. En otras palabras: todos sabemos todo lo que pasa en el mundo pero la realidad nos llega tan fragmentada y editada, que es posible ver, mientras comemos en familia, la tragedia de Ruanda sin perder el apetito. Tal pareciera que el único elemento de destino común entre esas fosas de ejecuciones y nosotros es que también aquéllos tomaron Coca-cola.

Entre estos dos factores de clara dirección centrífuga, la educación se encuentra ante el dilema de resignarse a acompañar el presente o imaginar un futuro posible. En el primer caso la educación se disgregaría dentro de la realidad fragmentaria; en el segundo tendría el deber de imaginar nuevas pistas de integración de la experiencia humana desde nuevos presupuestos.


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