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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

3. Conclusión: es imposible no soñar con liebres a campo abierto


El particularismo a que inducen ciertas corrientes postmodernas no parece ser el medio suficiente para enfrentar los graves problemas que tenemos en cuanto género humano situado en un ecosistema en peligro. Al final de este milenio que ha estado marcado por el inicio, el despliegue y el desencanto de la cultura moderna que permitió a Occidente alcanzar la hegemonía cultural,[Nota 16] necesitamos, como nunca antes en otra etapa histórica, construir el futuro de la humanidad sobre consensos globales. Sin esto, todo indica que los problemas nos arrastrarán consigo. Porque al desequilibrio ecológico no lo sufrirán sólo las economías que lo producen; y la furia del hambre creciente exacerbada por la ostentación consumista del Norte opulento, no amenaza sólo a los hambrientos. Lo mismo podríamos decir de la xenofobia, de los problemas ético-nacionalistas y del desempleo: no se ha globalizado el bienestar pero sí los problemas. Una cosa es cierta: no será la fragmentación conceptual de la realidad humana derivada de la crítica postmoderna a los paradigmas de antaño, la que nos permita convocar a las personas y a los pueblos a la construcción de un futuro sensato.

Éste es el signo de la encrucijada de muchos educadores: el presente nos devora y no encontramos piso para dar el salto hacia un futuro diferente. A nuestro alrededor han convertido a la naturaleza, a la vida y al hombre en mercancías. Nos parecía excesivo el sentido sagrado que las demás culturas atribuían a estas realidades y las hemos secularizado. Quizás fue aséptico eliminar de ellas un exceso de metafísica; el problema es que, al instrumentalizarlas, las hemos trivializado.

Después de todo, quizás tengamos necesidad de reencantar el mundo y volver a colocar los fantasmas en su sitio. Claro que ni los fantasmas ni el mundo volverán a ser los mismos. Porque no sólo la naturaleza fue desacralizada sino que le perdimos el respeto al despojarla de su carácter sagrado. No sólo desacralizamos la sociedad sino que le perdimos el respeto al hombre al expulsar del horizonte su pretensión de trascendencia. En resumen: no sólo desmitificamos los paradigmas sino que nos quedamos huérfanos de utopías.

Cuando todavía no nos reponemos de la caída del muro de Berlín, va apareciendo con alguna claridad que, en realidad, lo que terminó no fue sólo aquella experiencia histórica de socialismos sino algo mucho más vasto. Fue el derrumbe de un gran bloque de modernidad. Desde la Revolución Francesa la unificación modernizadora del mundo fue movida por el motor del capitalismo. El individualismo en vez de tentación humana (pecado) se convirtió en virtud heroica... Hubo opositores -como lo señala Berger- a esta energía prometeica en nombre del Bien, la Razón y la Justicia. Pero aún así los prometeicos (capitalistas) y sus opositores (socialistas) compartían algo en común: una interpretación materialista de la vida.

La imaginación humana, sin embargo tiene gran dificultad para vivir estrictamente dentro de los confines de una práctica o filosofía materialistas. Sueña como un perro en su cesta con liebres a campo abierto. Y así durante estos dos siglos de capitalismo y socialismo lo espiritual persistió pero asumió nuevas formas marginales...[Nota 17]

J. Berger supone que, en nuestros días, se produce un resurgimiento de la espiritualidad humana por los caminos de la religión y de los nacionalismos. De alguna forma serían ambos factores la reacción a los reduccionismos de la modernidad: reduccionismo materialista y reduccionismo teórico que aplastaba la originalidad de los pueblos para hacerlos encajar en la nueva ciencia de la historia.

Los nacionalismos que hoy resurgen reflejan una tendencia parecida. Todos los movimientos de independencia tienen demandas económicas y territoriales, pero su primera exigencia es de orden espiritual.... El corazón de todo nacionalismo tiene que ver profundamente con los nombres, con la más original e inmaterial de las invenciones humanas. Quienes consideran que los nombres son un detalle sin importancia nunca fueron desplazados, pero a los pueblos de las periferias se les desplaza siempre. Es por eso que insisten en que se les reconozca su identidad, sus vínculos con sus muertos y con aquellos que todavía no han nacido.[Nota 18]

De este modo, si el retorno a la religión es en parte una protesta contra la falta de interioridad de los sistemas materialistas, el resurgimiento del nacionalismo es en parte una protesta contra el anonimato de esos sistemas, su reducción de todo y de todos a estadísticas y efemérides. Puede discutirse la pertinencia de la significación que el autor atribuye, en estos momentos, a la religión y a los nacionalismos,- pero es muy probable que, ambos resurgimientos, sean indicadores de la necesidad de un nuevo marco conceptual para la convivencia humana.

En el centro de esa necesidad, se ejerce hoy la tarea universitaria bajo el desafío de abriría aun futuro razonablemente humano. No creo que un educador pueda olvidar que el gran problema de sus actuales alumnos no es terminar la carrera sino decidir en función de qué proyecto social la van a ejercer. Desde luego, siempre es posible optar por la distracción como compromiso y estatus, mientras llega el primer contrato de trabajo. Lástima que esa distracción no ayude mucho a que crezcan los árboles talados irracionalmente ni a desactivar la violencia latente en un mundo lacerado por el hambre y la desigualdad. La universidad, es decir, ante todo los educadores, tienen que recuperar su función primordial de velar por la universalidad humana, rescatando de la tentación de fragmentación nihilista de la postmodernidad, el valor absoluto de la naturaleza, la vida y el hombre. Es de suponer que, si esto se intentara -el proyecto universitario en sí mismo y su inserción en el proyecto social del futuro inmediato- emergerían como infinitamente más importantes que, por ejemplo, las estadísticas de crecimiento de nuestras diminutas parcelas especializadas, muchas de las cuales, hace tiempo que ya no salen a perseguir liebres a campo abierto.


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