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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

El feminismo democrático liberal y la reforma educativa


A la mayoría de la gente le resulta familiar el carácter del feminismo liberal en la educación. Las críticas iniciales a sus limitaciones, de las que me he ocupado en otros lugares, [Nota 18] han dado paso ahora a una mayor comprensión de la significación e impacto políticos de esta tradición. Hay que señalar que el trabajo de las feministas liberales en su lucha a favor de la mujer para tener acceso a las formas masculinas de educación de categoría superior tuvo éxito al desafiar a algunas de las instituciones más elitistas y jerárquicas de nuestra sociedad. Como dice Connell, [Nota 19]llevaron a cabo un ataque formidable y sostenido" contra una de las instituciones clave de las sociedades democráticas, utilizando la retórica propia de la misma democracia.

Las feministas liberales rechazaron lo que consideraban una educación de segunda clase que se daba a las jóvenes. Se opusieron a la categoría subordinada de la mujer en la esfera pública -más notable en los campos políticos y económicos- defendiendo los derechos de las mujeres como individuos a desarrollar su máximo potencial en esas sociedades. En cuanto individuos, las mujeres no sólo tenían derecho a ser educadas para ser esposas y hermanas, sino a recibir una educación que les llevara a ocupar su lugar en el ámbito público.

Las feministas liberales tomaron como punto de partida la demostración de las desigualdades sexuales en el sistema educativo. Las estadísticas de la educación que elaboraron pusieron en evidencia las grietas de las sociedades democráticas. Es más, al producir datos estadísticos, revelaron de qué forma los hombres habían hecho suyo el Estado, el cual, según el liberalismo, debería haber sido un árbitro neutral. Demostraron hasta qué punto el Estado era, en realidad, una fraternidad, en la que los varones dominaban las maquinarias mediante las que se definía la justicia social.

Al mismo tiempo, pusieron de manifiesto la medida de la segregación laboral según el sexo. La evidencia estadística mostraba las incompatibilidades entre la democracia y el capitalismo. Con intención o sin ella, las campañas feministas liberales desenmascararon el fracaso y los límites de las sociedades democráticas liberales a la hora de dar a la mujer algo más que una categoría secundaria y marginal.

No obstante, las campañas educativas feministas liberales se llevaron a cabo con las libertades" y "espacios" que proporcionaba la democracia liberal. El objetivo consistía en eliminar los obstáculos que se oponían a las auténticas libertades de elección, movimiento, maniobra y acción en el sistema educativo. Sin embargo, el efecto de las iniciativas educativas desarrolladas en nombre de la igualdad de oportunidades para ambos sexos fue contraproducente. En vez de poner de manifiesto los niveles posibles de libertad en las sociedades capitalistas, esas reformas demostraron la necesidad de políticas centralizadas impuestas en nombre de la igualdad de sexos. Donde se promovía la libertad de elección curricular, la diferenciación por género configuraba la pauta de tal elección. Donde se permitía la libertad de juego, se daba paso al acoso sexual y al abuso verbal. Donde se promovía la libertad de expresión, se manifestaba un lenguaje sexista. Donde se valoraba la autonomía del maestro y de la escuela, se descubría la discriminación sexual contra las maestras y quedaban marginadas las cuestiones de género.[Nota 20]

Paradójicamente, en el Reino Unido, el éxito y la significación de estas campañas se cifraron en la especial relación entre el feminismo liberal y el Estado democrático liberal de posguerra. El feminismo democrático liberal había explotado la versión de la ciudadanía propuesta al finalizar la Segunda Guerra Mundial. En este período, era clave la idea de la regeneración social, haciendo hincapié en una sociedad más justa, abierta y moderna. T. H. Marshall, influyente comentarista social que escribía en los años cincuenta, resaltaba la significación de lo que definía como nuevo concepto de ciudadanía: el de ciudadanía social, que completaba y ampliaba definiciones anteriores. Marshall (1950) decía que los nuevos valores de la ciudadanía social completaban, por una parte, el elemento civil y, por otra, el político del concepto de ciudadanía elaborado durante el siglo anterior. Mientras que el elemento civil se refiere a la libertad de la persona -libertad de expresión, pensamiento y creencia, derecho a la propiedad, a celebrar contratos válidos y a la justicia- el elemento político se refiere al derecho a partícipar en el ejercicio del poder político por medio de los representantes políticos o como elector. Marshall llama elemento social a:

todo lo que abarca desde el derecho a un mínimo de bienestar y de seguridad económicos hasta el derecho a participar al máximo de la herencia social y a vivir una vida civilizada, de acuerdo con el nivel prevaleciente en la sociedad. [Nota 21]

En los años sesenta, se insistía en un "mínimo de derechos": los de todos los individuos a que el Estado satisfaciera sus necesidades básicas (p.ej., vivienda, alimentación y educación). El feminismo, como uno de los movimientos sociales de ese período, se ocupó de esta renovación y del desarrollo del concepto de ciudadanía social, aunque, como dice Yeatman,[Nota 22] refiriéndose a una evolución parecida en Australia, el nuevo modelo de Estado, con su compromiso con la beneficencia, "no emitió ningún mensaje igualitario".

Es significativo que las feministas democráticas liberales volvieron el concepto de derechos "contra el modelo patriarcal de ciudadanía". [Nota 23]

Llevaron a cabo un análisis "potente y agudo" de la dominancia masculina en la mayoría de las instituciones gubernativas (una de las cuales era la educación).

Por tanto, el impacto de las campañas feministas democráticas liberales tuvo mayores consecuencias que las meras tentativas de mejorar las experiencias de las alumnas y profesoras de escuelas, centros superiores y universidades, y que la modificación de las actitudes con respecto al papel de los sexos. Aunque se incluyan en los discursos democráticos liberales, paradójicamente, la obra feminista liberal respalda, en vez de rechazarlas, las conclusiones de las teóricas políticas feministas, que parten de la elaboración de una crítica profunda de la teoría democrática liberal.


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