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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

La democracia liberal bajo el ataque feminista


Para dar una idea del tenor de este debate, remitámonos a la obra de Carol Pateman, una pensadora líder y muy influyente en este campo, que pone de manifiesto cómo los teóricos políticos clásicos construyeron los conceptos del contrato social, la idea de consentimiento y el mismo carácter de la democracia en relación con los hombres. Pateman sostiene que el concepto de ciudadanía elaborado por los teóricos ingleses era lo que Marx llamaba "piel política dé león", que las mujeres sólo se ponen a veces y con reticencias. En Disorder of Women, dice que esta piel política de león

... tiene una gran melena y pertenecía a un león, es una vestimenta masculina. Cuando, por fin, las mujeres conquistan el derecho a vestir la piel de león, les queda muy mal y, por tanto, resulta indecorosa. [Nota 24]

Análisis como los de Pateman, Yeatman[Nota 25] y Lloyd.[Nota 26] demuestran que los conceptos de "político", "sociedad civil e incluso democracia" definidos por Rousseau, Kant y Hegel (filósofos europeos por excelencia) están sesgados, en el nivel de definición, con respecto al género. En estos escritos comienzan a salir a la superficie, por ejemplo, las conexiones entre las formas de definir la idea de orden social en relación con el desorden, por una parte, y las formas de definir lo masculino y lo femenino, por otra.

Pateman sostiene que la filosofía política predominante ha utilizado el concepto de orden para referirse a la idea de una individualidad racional y autónoma, según la cual los individuos actúan de acuerdo con principios morales universales y objetivos, trascendiendo los intereses privados. Sin embargo, el origen de tales ideas de individuo y de los principios de la acción es una versión europea occidental de la masculinidad. Para los filósofos políticos europeos, varones en su mayoría, los hombres ejemplifican el potencial de los humanos para crear un orden social basado en la racionalidad y en la verdad.

En el otro lado de la ecuación, el del desorden, encontramos a las mujeres, representadas por sus "intereses individuales degradantes" (Kant) y la imposibilidad de que produzcan una conciencia ética (Hegel) .[Nota 27] El desorden político de las mujeres significa que deben quedar excluidas del contrato social original o, en realidad, del pacto fraternal que es la base de la sociedad.[Nota 28]

Desde esta perspectiva, la teoría democrática liberal no sólo ha construido un conjunto de categorías universalizadoras antagonistas de masculino y femenino, sino que les ha atribuido determinadas características que afectan a la categoría social de hombres y mujeres como ciudadanos. La filosofía democrática liberal estructura el carácter propio de la mujer como algo que "ha de trascenderse para constituirse en ciudadano , .[Nota 29] Las mujeres son símbolos de la emoción, del sentimiento natural, del cuidado hacia quienes están relacionados con ellas. Da la sensación de que no son capaces de la objetividad ni de la conducta fundada en principios, que caracterizan precisamente al soldado y al ciudadano.

Si las teóricas políticas feministas tienen razón, en el núcleo más profundo de nuestra visión de la sociedad y de la ciudadanía democrática se presumen diferencias entre hombres y mujeres, así como una estructuración del mundo según el género que respalda tales divisiones. Por tanto, la separación de las esferas pública y privada sería representativa de la distinción entre lo masculino y lo femenino. En la esfera pública, los varones son dueños de sí mismos; en la esfera privada, las mujeres son dominadas por los hombres. Éstos, al trascender el dominio privado, se convierten en sociales, mientras que el discurso democrático liberal sitúa a las mujeres como parte y símbolo del terreno privado, excluyéndolas, por definición, del orden social (civilizado).

Desde esta perspectiva, es evidente que las mujeres no pueden introducirse en el campo (o campo de batalla) público sin provocar importantes trastornos.[Nota 30] Las campañas feministas para romper las delimitaciones según el género de las esferas pública y privada o, incluso, la mera consecución de la igualdad de la mujer en la esfera pública ataca el núcleo del discurso de la democracia marcado por el género.

Volviendo sobre la significación de las campanas feministas liberales en la educación, vemos con mucha mayor claridad la posición que adopta ese discurso, no sólo en el contexto histórico inmediato de la. beneficencia y de la ciudadanía social de posguerra, sino, en un nivel más profundo, en los principios masculinizados de lo que constituye la democracia. Las feministas democráticas liberales parten de la base indiscutida de este discurso marcado por el género, concentrando todos sus esfuerzos en la campaña activa a favor de una mayor participación de la mujer en la esfera pública. En este contexto, la democratización de la educación significaba urgir a las mujeres a que participaran más plenamente en la esfera pública, reclamando materias no tradicionales y cursos de orientación profesional y cambiando sus actitudes con respecto al papel de la mujer en la sociedad. La educación democrática significaría poner el potencial intelectual de las mujeres en la economía. La educación democrática significa, pues, educación no marcada por el género, en la que éste no supondría ya una restricción para las mujeres en cuanto a su aprovechamiento individual.[Nota 31]

Paradójicamente, en el feminismo democrático liberal, el Estado tendría que desempeñar el papel de promotor de la reforma progresiva y ocuparse de las mujeres y de sus intereses. Las pruebas indicadas al principio de este capítulo muestran que, en algunos países europeos, las condiciones económicas eran tales que este tipo de compromiso político para eliminar los sesgos por género de la vida pública lo hacía posible (aunque es probable que no sin ciertas luchas y oposición). Pero, como también revelan los informes de las Comunidades Europeas, las mujeres todavía no han logrado una participación equiparable a la de los varones en los procesos de decisión; incluso y de mayor significación aún, las pautas económicas y sociales de desigualdad sexual permanecen sin cambios.

Dado este enfoque, no puede sorprender a nadie que la posición de la mujer en la familia sea aún profundamente problemática. El sufragio, la educación obligatoria de masas, incluso los efectos de las dos guerras mundiales no han liberado a la mujer de su destino doméstico. La expansión de la educación secundaria y superior tras la Segunda Guerra Mundial, si acaso, puso de manifiesto el control masculino del ámbito político. Y no parece que exista gran fundamento para justificar ese dominio.[Nota 32]

La estrategia de las feministas liberales para eliminar las diferencias según el género no ha conseguido cuestionar la estructuración más fundamental del discurso democrático. Con su compromiso a favor del aprovechamiento educativo de las jóvenes y la política de derechos, el feminismo liberal ha abstraído a la mujer de su historia y situación sociales. En este discurso, la mujer seguía siendo una categoría unitaria. Aparte de los compromisos domésticos y, quizá, del deseo de papeles sociales dobles, en el trabajo y en la familia, no es fácil distinguir las necesidades, derechos o deberes masculinos y femeninos. Las feministas liberales se han centrado en las contradicciones más patentes de la democracia capitalista, pero no han conseguido descubrir obstáculos mucho más profundos para la igualdad sexual.


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