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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

Mujer, maternalismo y educación democrática


Vayamos ahora al segundo conjunto de respuestas, a la estructuración histórica de la educación femenina y a la categorización de las mujeres. Gran parte de la teoría política feminista, más que la teoría educativa feminista, está marcada por la idea de diferencia. Las mujeres -dicen algunos- por el carácter de su posición en las esferas pública y privada y su papel como madres y profesionales, son únicas y claramente distintas de los hombres. Las diferencias de género hacen significativo el hecho de que los varones dominen la maquinaria del gobierno, que las formas de autoridad se asocien con determinadas versiones europeas del poder sexual masculino[Nota 33] y que los discursos políticos privilegien la experiencia masculina. Después de todo, si hombres y mujeres son iguales ¿importa acaso ese dominio de un sexo?

El desarrollo de versiones igualitarias más radicales del feminismo a finales de los años sesenta puso de manifiesto los límites de un concepto de derecho democrático referido sólo a la esfera pública (y, por implicación, los del concepto de ciudadanía social y del de democracia participativa, desarrollados después de la guerra). Visto en retrospectiva, la clave de la postura feminista radical era la relación entre la familia y la democracia y no sólo entre la familia y el capitalismo. Como dice Anne Phillips:

Para las feministas, el fracaso de la exploración del carácter de la mayor parte de la esfera privada es un fracaso en el debate democrático.[Nota 34]

Por una parte, Phillips dice que las desigualdades en el matrimonio y en el hogar dejan sin sentido la igualdad de derechos políticos. Por otra, ¿es posible que el individuo" descrito por la teoría democrática liberal, abstraído de las relaciones familiares, sea incluso una mujer? Como individuos, ¿las mujeres eran tan autónomas y libres? ¿Podría reconocer la democracia liberal que la mujer, en virtud de su subordinación, tiene mucha menos libertad que el hombre?

En la familia, la categoría política de la mujer se define mediante el contrato matrimonial, el cual, a diferencia del contrato basado en principios mercantiles, no supone el consentimiento. Aquí, la mujer carece de derechos que la protejan de la violencia física y mental de sus maridos. Aquí, la libertad individual se sustituye por la dependencia económica; la categoría de las mujeres como individuos es incierta y ambigua. En la familia, parece que las mujeres se definen menos por la teoría liberal que por los discursos patriarcales que resaltan las restricciones y no la libertad; no la igualdad de valor, sino la subordinación. [Nota 35]

Podríamos decir que la teoría liberal presume que los varones son los dueños de las mujeres en el hogar. ¿Qué importa aquí la democracia?

Desde una perspectiva feminista radical, la condición de la liberación de la mujer no se basa en los conceptos de igualdad e igualdad de derechos, ni siquiera en las libertades democráticas de los discursos democráticos liberales. Da la sensación de que, cada vez más, las feministas saben que, aunque la igualdad de derechos sea el requisito mínimo para impedir la descalificación de la mujer, no garantiza su liberación.[Nota 36]

Rowbothan,[Nota 37] en su análisis retrospectivo movimiento de la mujer en el Reino Unido, reflexiona sobre el impacto de las campañas feministas sobre la democracia. Lo que deseábamos en los años setenta -dice- era, en realidad, la "ampliación" de la definición de democracia, para referirla cada vez más a la esfera privada. La desigualdad doméstica, la identidad, el control sobre la sexualidad se incluían en la nueva democratización de las relaciones humanas. Había que introducir la vida cotidiana en las dimensiones ensanchadas de la democracia. Las nuevas estrategias feministas radicales se centraban menos en las estructuras objetivas de la sociedad y más en las subjetividades (utilizando menos el Estado y más los tratamientos terapéuticos y psicoanalíticos). Las fantasías y deseos individuales crearon un nuevo "terreno" para la democracia y, en potencia, un nuevo centro de atención para quienes se preocupaban de democratizar la educación. Cada vez más, la orientación y la educación social se utilizarían para transformar las relaciones personales y no sólo las relaciones escolares estructuradas según el género.

Sin embargo, estas nuevas estrategias democratizadoras sólo conseguirían la liberación de la mujer si se encontraba un conjunto de valores diferente del de los discursos políticos masculinos. En este sentido, tuvieron una significación creciente los escritos de filósofas y psicólogas feministas (en especial norteamericanas como Carol Gilligan y Madeleine Grumet), que señalaron valores morales alternativos y formas de pensar de las mujeres jóvenes que contrastaban con los de los varones. A través de estas investigaciones, las chicas y las mujeres parecían tener diferentes conjuntos de criterios y prácticas éticos, distintas concepciones de la justicia social. Esos valores, fuesen el resultado de su diferencia psicológica o de sus experiencias marcadas por el género desde la infancia, parecían reflejar formas distintas de conocer y evaluar el mundo. Si así fuera, existía la posibilidad de construir un marco político alternativo al de la democracia liberal.

Para las feministas que apoyaban las ideas de la diferencia entre masculino y femenino, la estrategia educativa consistiría en ''revaluar'' lo femenino, privilegiar las ideas femeninas de humanidad. Desde esta perspectiva, las escuelas tendrían que reemplazar los valores más violentos, competitivos y militaristas de las sociedades democráticas liberales, resaltando los valores y la ética femeninos. La escolarización tendría que ocuparse de la educación de los niños en los valores de una sociedad acogedora, cariñosa y pacífica. El curriculum subrayaría la importancia de la subjetividad, la imaginación, la estética y la emoción, la comunicación y la colaboración o la empatía, en vez de los estilos de debate conflictivos y combativos.

La clave de esta nueva forma de orden social no sería la "hermandad del hombre sino las relaciones entre madre e hijo en la familia.[Nota 38] Las feministas profamilia defienden el carácter fundamental de las relaciones maternales para la reestructuración de la conciencia política y el establecimiento de un marco de referencia que Elshtain[Nota 39] llama "Feminismo social".

Las consecuencias de tal argumento para la democratización de la educación son muy amplias. Una universidad basada en este orden femenino, por ejemplo, transformaría sus modos de enseñanza, aprendizaje y evaluación de manera que la cooperación, colaboración y apoyo mutuo serían aspectos fundamentales del aprendizaje. Belenky y otras,[Nota 40] en un influyente texto titulado Women´s Ways of Knowing, resaltan lo que ellas llaman formas de aprendizaje de la mujer con respecto al mundo y a las consecuencias para la estructuración del saber educativo. Las mujeres, dicen, mantienen una relación diferente con el saber, que privilegia los valores humanísticos y la conexión entre las esferas de la actividad y el conocimiento. Desaparecería la especialización y fragmentación del conocimiento que caracteriza a la educación actual. En cambio, siguiendo a Paulo Freire,[Nota 41] que afirmaba que el conocimiento se adquiriría en un círculo de aprendices, la enseñanza sería dialógica, los estudiantes se formarían mejor, las mujeres aportarían sus propias versiones de la verdad. [Nota 42] Otras[Nota 43] hacen hincapié en las formas de autoridad maternal que las mujeres, en cuanto educadoras, pueden aportar a los ambientes de aprendizaje, y en las formas de lucha de ellas contra las estructuras paternales.

Las cuestiones suscitadas por el feminismo social resultan, en efecto, provocadoras para el pensamiento y recuerdan, de muchas formas, debates anteriores sobre la pedagogía crítica y la conciencia crítica. Los estilos de aprendizaje que suponen tales estrategias implican, de nuevo, un proceso de desestructuración y reconstrucción del lenguaje, los conceptos y las teorías. Los maestros, utilizando distintas estrategias de "personalización estimularían a los alumnos a reflexionar sobre sus propias vidas y la construcción de sus identidades (mediante historias de vida, autobiografías, diarios, etc.).

En esta versión de lo que podríamos llamar "práctica democrática radical, es clave la importancia de capacitar a la mujer para controlar su propia vida y participar en decisiones que afectan a ésta. Este proceso no es individual, sino colectivo, resaltando y utilizando las experiencias comunes como medio para impulsar la liberación. La oposición y la participación políticas se hacen posibles mediante la proclamación de la subjetividad femenina y el estímulo para que las mujeres construyan sus propias narraciones.

Sin duda, es discutible si estas pedagogías feministas, brevemente descritas aquí, son viables en un sistema educativo de masas. En realidad, podrían desarrollarse en el sector informal, sobre todo en la educación de adultos y en los cursos de acceso. Podemos decir que la falta de representación femenina en las instituciones educativas controladas por los varones hace casi imposible instrumentar estas perspectivas feministas, pero hemos de reconocer también la interconexión del conocimiento escolar con las estructuras económicas y la incompatibilidad de esas formas de enseñanza y aprendizaje con los sectores industriales más tradicionales y la demanda de una mano de obra fragmentada, con diferente preparación y organizada de forma jerárquica.

Sólo en circunstancias excepcionales, los responsables de la política educativa han reconocido la significación de los argumentos feministas a favor de las políticas de igualdad de oportunidades, y comenzado a hacerse cargo de las diferencias entre las culturas masculina y femenina (p. ej.: Elgovist y Saltzman, exponen cómo, en Suecia, los reformadores de la educación han tenido que aceptar y trabajar con las diferencias entre las "vías rectas" y las "sendas tortuosas masculinas y femeninas).[Nota 44]


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