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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

Las perspectivas educativas feministas y la época moderna y postmoderna


Poco antes de abrirse el debate entre los feminismos liberal, radical y socialista, comenzaron a considerarse esas perspectivas como respuestas históricas concretas a la democracia liberal, presionando a favor del cambio, aunque sea muy significativo el hecho de que se definieran de acuerdo con los supuestos del mismo discurso democrático liberal.

El centro de atención y la configuración de las perspectivas feministas sobre la educación empezaron a considerarse como discursos históricos específicos fundados en lo que Middleton 47[Nota 47] llama "narraciones principales de la era moderna, y configurados por éstas.

Esas teorías estructurales construyeron una versión del orden social que establecía esencialmente explicaciones causales. Las carreras educativas de las mujeres eran el resultado, por ejemplo, de pautas de socialización marcadas por el género, la explotación capitalista o la opresión de las mujeres ejercida por los hombres. En los casos del feminismo liberal o del radical, las experiencias de las mujeres se universalizaron. En el caso del feminismo socialista, se redujeron a la determinación de clase.

Parece que tales explicaciones guardan poca relación con la complejidad de las identidades, experiencias, culturas y posiciones sociales de las mujeres. Las feministas postestructurales y postmodernas, como Walkerdine,[Nota 48]defienden la necesidad de reconocer las distintas formas de representar a las mujeres en los diversos discursos. En su análisis, las maestras y las alumnas aparecen representadas mediante los distintos discursos de la sexualidad, el género, las ideologías progresistas centradas en el niño, etc. Con frecuencia, esos discursos son incompatibles y contradictorios. Del mismo modo, Lather [Nota 49] defiende la importancia del reconocimiento de diferentes estructuras narrativas que otorgan significado a las experiencias y acciones de las mujeres y las niñas. Desde esta perspectiva, la categoría de "mujer" aparece como equivalente a una forma literaria: la "mujer" existe como tema de un discurso.

No obstante, estas perspectivas, de las que no podemos ocupamos con profundidad aquí, no sólo cuestionan las explicaciones de las experiencias educativas de las niñas que ofrecen las pedagogas feministas, sino también las formas de representar y llevar a cabo la lucha democrática. Para algunos, la significación de la tradición postmoderna consiste en el peligro que representa para el movimiento de la mujer y para la lucha permanente a favor de su liberación. Si no existe una referencia a las estructuras de la sociedad, si no hay una condición común clara que una a las mujeres a pesar de su diversidad, ¿puede darse acaso algo parecido a una política democrática feminista?

¿Debemos promover, por ejemplo, iniciativas educativas en nombre de la "mujer" como categoría? ¿Es necesario disponer del concepto de niña'' con el fin de luchar para mejorar la educación femenina?[Nota 50]

En cierto sentido, estas teorías postmodernas forman parte de una dolencia social más general en la que los valores democráticos parecen tener poco relieve. Como sostiene el Consejo de Ministros del Consejo de Europa, existe en Europa una enfermedad social que es más el resultado de la desintegración y división del orden social que de la ignorancia de los valores democráticos. Ese "desorden" se pone de manifiesto en la alienación de la juventud, la intolerancia, los actos de violencia, el terrorismo, el resurgimiento de la expresión pública de actitudes racistas y xenófobas, la desilusión de muchos jóvenes europeos afectados por la recesión económica y conscientes de la persistencia de la pobreza y la desigualdad en el mundo (Cámara de los Comunes). En el mundo postmoderno, las luchas a favor de la justicia social en la educación y en la sociedad también se han visto afectadas por el rápido crecimiento del capitalismo de las compañías de ámbito mundial, el resurgimiento de la derecha, la fragmentación del bloque oriental y el colapso del socialismo, el surgimiento del nacionalismo y las crecientes desigualdades sociales, tanto entre como dentro de las economías aparentemente avanzadas.[Nota 51]

Sin embargo, a causa de esa anomia cultural y de los cambios políticos y económicos, la política democrática feminista sigue siendo relevante, aunque su fundamento haya cambiado tanto que resulte irreconocible. Como dice Kathleen Weiler,[Nota 52] en el contexto de los Estados Unidos, lo que ahora está en juego es "el futuro de la educación para las mujeres en las sociedades marcadas por el resurgimiento de la ideología derechista y el control conservador del Estado". "Las preocupaciones y las vidas de las mujeres han sido excluidas del discurso neoconservador sobre la educación".

Podemos asistir a esta situación en el Reino Unido, en donde las reformas educativas neoconservadoras han tratado de sustituir los "presuntamente molestos supuestos del Estado democrático liberal por la visión de una democracia de consumidores.[Nota 53]Esta ruptura fundamental con el discurso democrático liberal de la democracia tiene consecuencias para las escuelas y para quienes luchan por cambiarlas.

Como dice Weiler, estamos participando ahora en una batalla con respecto al significado de la educación y la democracia entre quienes buscan una sociedad más participativa por igual y más justa y quienes restringirían a las élites el acceso al saber y al poder. Como sabemos, los objetivos igualitarios no tienen por qué ser compatibles con los principios económicos. De hecho, en una revisión de la democracia como ideal mundial, "estaba claro que, en el siglo XX, la ciudadanía y el sistema capitalista han estado en guerra".[Nota 54]Los políticos han explotado esa guerra y sobre todo la Nueva Derecha ha resaltado la incompatibilidad entre el concepto de ciudadanía social (a la que nos referimos antes) y la prosperidad en las economías capitalistas.

En los últimos cinco años, la solución propuesta por el gobierno conservador del Reino Unido ha consistido en desarrollar un discurso de ciudadanía democrática que privilegia la elección y la rendición pública de cuentas,[Nota 55] los deberes y responsabilidades individuales sobre los derechos.[Nota 56] La democracia se basa ahora en la libertad de elección privada, en la competición y el progreso individual. No aparece la idea de bien común; en realidad, como decía Margaret Thatcher, en cuanto sociedad, no existe tal cosa.

En 1988, los ministros británicos conservadores comenzaron a promover lo que llamaban ciudadanía activa, resaltando la difusión del poder, las obligaciones civiles y el servicio voluntario.[Nota 57] Hay que estimular a los individuos mediante la educación para la ciudadanía, cursos que reafirmen en los deberes del individuo para que sea promotor activo de la salud de la nación. La libertad individual quedaría garantizada al eliminarse las interferencias del Estado, sobre todo en el nivel de la comunidad local.

No obstante, la introducción de la educación para la ciudadanía (aunque basada en su formación con respecto a las responsabilidades individuales) brinda oportunidades a quienes luchan por los derechos de las mujeres. La consecuencia positiva constituirá, si se aprovecha, la ocasión para educar a los niños en la historia política, alertándolos acerca: del papel activo desempeñado por las mujeres al luchar por sus derechos, de los valores y estructuras de la esfera privada y de la posición que en ella ocupa la mujer, y de la procedencia de los obstáculos para la consecución de esos derechos. Asimismo, podríamos incluir en el saber escolar la diversidad de culturas, la historia de las luchas políticas y la rica humanidad de todos los miembros de la sociedad[Nota 58]

Por tanto, la naturaleza y la búsqueda de la democracia, en la medida en que afectan a las mujeres, siguen siendo temas clave en países como Gran Bretaña. Al cuestionar las ideas de la ciudadanía social, la Nueva Derecha ha destruido el fundamento de muchas reformas efectuadas en nombre de la igualdad entre los sexos. Se aplaudirá más el logro de una mujer individual que el progreso de las mujeres como grupo.[Nota 59] La responsabilidad de la reforma y el progreso sociales vuelve a recaer con toda claridad en cada mujer. Y en ese contexto, las diferencias de clase y étnicas entre las mujeres se convierten en determinantes críticos de su éxito.

Al mismo tiempo, el feminismo postmoderno ha cuestionado la relevancia de definiciones de la ciudadanía precedentes, que universalizaban e, incluso, omitían la especificidad y multiplicidad de las demandas de las mujeres. Como dice Chantal Mouffle,[Nota 60] las antiguas versiones de "ciudadanía" se han convertido en obstáculo para que la democracia funcione de una manera inclusiva más auténtica. Por tanto, no podemos ir hacia atrás para defender los conceptos universales y de orientación masculina de democracia y de educación democrática.

Las feministas podemos escoger entre dos vías. Por una parte, podríamos elaborar un nuevo concepto de ciudadanía, neutral con respecto al género, generalizable e inclusivo. Por otra, podríamos aceptar y construir una teoría de la diferencia sexual. Como dice Carol Pateman:

Para que las mujeres sean ciudadanas, en cuanto mujeres, autónomas, iguales, aunque sexualmente diferentes de los hombres, la teoría y la práctica democráticas han de sufrir una transformación radical (...) la democracia no puede ser coto de los hombres.[Nota 61]

Es obvio que todavía queda mucho por debatir en relación con la medida en que la diferencia de género deba informar nuestro trabajo como pedagogos. Espero haber puesto de manifiesto algunas dimensiones políticas de este debate. Hemos de considerar con todo detenimiento lo que queremos decir al hablar de democracia en la educación en un contexto marcado por el género. Desde mi punto de vista, ya no es posible dar por supuestas las definiciones de democracia basadas en los principios liberales ni basar la política democrática en los intereses de las mujeres como tales, en su sentido más simple. Cada vez somos más conscientes de que la lucha va en contra de las "múltiples formas en las que la categoría mujer se plantea como subordinada". [Nota 62] Es momento para cambiar nuestras formas de luchar a favor de la justicia social, de abandonar la "piel de león" y crear nuevas definiciones de ciudadanía que estén adaptadas a las mujeres.


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