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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

ESCRITURA VS. REALIDAD NOTAS SOBRE LA FUNCIÓN INTELECTUAL DE LOS ESCRITORES COMO IDEÓLOGOS

Author: Eduardo Aguilar[Nota 1]


I

La función de los intelectuales dentro de la sociedad moderna es un tema que poco a poco ha adquirido un mayor grado de precisión. En términos generales se acepta que sus funciones principales son dos: la de técnicos y la de ideólogos (Bobbio). A esta función la desempeñan desde su adscripción orgánica a un determinado partido político. Los "técnicos" se encargarán de llevar a cabo las directrices partidarias; y los "ídeólogos" de concebir la estrategia que regirá la actuación del partido o del Estado dentro de un universo más amplio, entendido éste como la estructura de relaciones políticas que se articulan en la sociedad.

En Latinoamérica son pocos los partidos o los Estados que registran claramente estas dos figuras en el seno de su estructura. En los casos en que así ocurre, un amplio sector de los intelectuales permanece fuera de las organización partidaria, mientras que un sector no menos apreciable se ubica en terrenos intelectuales que no están, por antonomasia, directamente relacionados con la política: nos referimos a los artistas.

Frecuentemente se asume que por su conciencia social y por su condición de ser pensante, el artista deberá mantener una necesaria posición política con respecto a la sociedad en donde crea sus productos simbólicos. Sin embargo, los artistas no han fungido como "técnicos" o "ideólogos", así, delimitados con tal claridad; pero en algunos casos, que son canónicos, sí se han desempeñado como ideólogos, y su actividad ha tenido claras repercusiones en la cultura, en la política y en la sociedad.

En México, dos artistas representan arquetípicamente esta configuración: Octavio Paz y Carlos Fuentes; y ambos tienen una arraigada actividad en el ámbito de la política y de la política cultural. Ambos artistas reconocen que su función dentro de la sociedad mexicana no es precisamente la de "ideólogos"; pero en muchas ocasiones el contenido de sus producciones intelectuales los llevan a cumplir, de hecho, con tal función.

Interesa señalar el tipo de uso que cada uno hace de la palabra en sus obras artísticas: poesía y narrativa. La poesía responde a un uso no utilitario del lenguaje, mientras que la narrativa a una suplantación de la discursividad histórica a través de los hechos que narra. Estos dos tipos de discursos -o de productos artísticos- sufren según Adorno una crisis de objetividad por causa del desarrollo de otras formas artísticas, del desarrollo mismo de la sociedad, y de las modificaciones operadas en el gusto de los lectores. Es inconcebible ahora una novela realista, tal como lo sería una épica que diera cuenta de las luchas sociales contemporáneas. Lo que en literatura se conoce como actualización hoy se torna casi imposible, salvo que intentáramos escribir una Araucana de los movimientos sociales emergentes en Latinoamérica. En consecuencia, la plétora de artistas literarios a la que pertenecen Octavio Paz y Carlos Fuentes asumieron la ficcionalidad como una característica intrínseca y distintiva de sus formas literarias.

Así, cuando por su circunscripción social e histórica necesitan actuar como intelectuales, en su función de ideólogos se ven impelidos a hacer un uso utilitario de la palabra a la manera como lo hace un intelectual, o un informador o creador de opinión pública. Pero, dado que el escritor deviene del prestigio social otorgado por los usos lingüísticos de las formas artísticas mencionadas, cuando actúa como intelectual está incurriendo en lo que se podría calificar como función usurpatoria, en el sentido de que emplea las técnicas y las formas artísticas para otro tipo de objetivos, los estrictamente político-ideológicos.

Podrá argumentarse que la apremiante situación sociopolítica "obliga", pero eso sería levantar una cortina de humo frente al hecho esencial, y aceptar a pie juntillas un inaceptable pragmatismo. Teóricamente los artistas no son contemplados como intelectuales orgánicos (técnicos o ideólogos), pero en la práctica asumen compromisos políticos partidarios que son defendidos desde la preservación del status quoa través de un discurso que asume la salvaguarda del bien común.

Este fenómeno se explica dentro de una particular estructura social como lo son las sociedades latinoamericanas en donde sus instituciones sociales registran enormes vacíos históricos.

El intelectual mexicano, según Ai Camp, se define por: "...el uso del intelecto para vivir, la búsqueda de la verdad, el hincapié en las humanidades, la inclinación creativa y finalmente la postura crítica". Esta definición, de suyo amplia, está acusando el rasgo social latinoamericano señalado por nosotros, las escasa delimitación de las funciones sociales por causa del grado de desarrollo de nuestras sociedades.

La interrelación y correlación de estas cinco características son las que permiten explicar y entender la actuación de los escritores en la función de intelectuales.

Si admitimos que los escritores se encuentran entre aquellos intelectuales que poseen inclinación creativa comprenderemos que a la vez actúen como sujetos que desde una postura crítica y haciendo hincapié en las humanidades busquen la verdad, y sobre todo la quimérica verdad de los sistemas políticos latinoamericanos.

Se comprenderá también que en la búsqueda de esta verdad concurra otro tipo de escritor "hibridado", nos referimos a aquellos que ejercen el periodismo, el ensayo de opinión, que algunas veces escriben narrativa o cualquiera de las disciplinas humanísticas, y que en consecuencia, debido a su presencia pública, exigen críticamente al Estado el asentamiento de la verdad.

El recurso empleado es la palabra en su función utilitaria a través de los medios de prensa escrita y a través de las formas ensayo, artículo, crónica, reportaje, entrevista, etc.; desde estas apoyaturas se discuten los contenidos ideológicos y la elucidación de los contenidos de verdad de los acontecimientos políticos.

II

A partir de las premisas anteriores, consideraremos algunos textos publicados en ocasión de la rebelión zapatista del 1 de enero de 1994 en Chiapas; tales textos nos servirán para ilustrar nuestras inferencias con respecto a la problemática esbozada.

Adelantaremos algo, aquella histórica polémica en torno a la rebelión chiapaneca acusa un rasgo curioso: produce la impresión de que los intelectuales mexicanos se referían a otra cosa, y que la rebelión y la situación política generada en el país a partir de ella sirvió para continuar haciendo literatura -en su acepción amplia. Veamos un caso bastante significativo:

El Supmarcos nos ha puesto a hablar de lo que sabemos que nos gusta a los mexicanos: la muerte. Del hecho de que tenemos que morirnos, sea de hambre o de metralla; o del que acaba de morirse en la miseria o debido a las balas enemigas. Estar o no estar es el juego del Supmarcos entre las balas, la miseria y las palabras recorridas por los estertores de la muerte. Palabras que llevan algo de fatal y terrible, la palabra interior, la otra palabra: la del espíritu, esa palabra que está y no está en los comunicados del Supmarcos, como está y no está debajo de su pasamontaña.[Nota 1]

En este texto la función del intelectual queda reducida a "hablar", el hecho político restablece lo telúrico cultural, refiere a la plástica de Posada, pero no analiza ni elucida las repercusiones de la rebelión; en otro sentido estimula el morbo del que lee el chiste, el chisme y la curiosidad en el periódico.

Otro texto ilustrativo es el retrato hablado que hace Loaeza,[Nota 2] donde la autora insiste sobre un aspecto típicamente ideologizante dentro de la cultura: el culto al individuo. El conflicto social sirve de telón de fondo para la extraordinaria personalidad -misteriosa y subyugante- del líder guerrillero, importa el color de sus ojos y lo que trasluce su mirada. Y todo el retrato sirve para aventurar la posible identidad social del dirigente: un declasé, políglota, con familiares en la universidad de moda (el ITAM), en la bolsa, doctor o lingüista (del COLMEX), gran lector... etcétera.

A estas curiosidades literarias antepondremos la visión y la exactitud práctica de un político:

... pero fue un acto de rebelión y violencia en Chiapas (que nadie acepta como vía de solución de los problemas nacionales)[Nota 3] que nos ha puesto ante el espejo, ante la realidad de un país, no sólo de una región, con carencias y necesidades olvidadas, a veces despreciadas, que ponen en cuestión los avances reales de México, y que le ponen sordinas a las trompetas del triunfalismo.[Nota 4]

Aquí el lenguaje está empleado desde su dimensión pragmática, su objeto es comunicar y delimitar de manera directa ante qué tipo de problemática estamos; no propende a la construcción verbal que utiliza como pretexto al hecho, a la factualidad. Además lo categoriza con absoluta precisión (cursivas), y el paréntesis sirve para matizar el tono categórico del precepto ideológico que recapitula la polémica y la postura general de los intelectuales mexicanos hacia esa fecha. Asimismo reconoce el efecto político nacional de la rebelión y el triunfalismo con el que se había cerrado el año 1993, ante el cual muchas de las plumas que participaban en la polémica habían visto opacados sus brillos.

En las articulaciones verbales de los escritores encontramos, como mínimo, tres géneros literarios: la historiografia, la crónica y el vaticinio (pesimista); y la ideología con su correspondiente justificación histórica.[Nota 5] Este último es el caso de Carlos Fuentes, veamos:

Antes de la actual, hubo dos grandes insurrecciones en Chiapas, la región más pobre y meridional de México. En 1712, un niña llamada (ni más ni menos) María Candelaria, dijo haber visto a la Virgen. Miles de campesinos acudieron al sitio de la aparición. La Iglesia se negó a legitimar el milagro e intentó destruir el altar de María Candelaria. La revuelta prendió, encabezada por Sebastián Gómez de la Gloria. (...) En 1868, otra muchacha, Agustina Gómez Checheo, dijo que las piedras de Chiapas le hablaban con la voz de Dios. Las piedras parlantes atrajeron a muchos peregrinos, y en torno a este culto comenzó a organizarse la protesta social.

Tanto la rebelión tzeltal de 1712 como la chamula de 1868 parecen invenciones de un abuelo de Juan Rulfo y Gabriel García Márquez. Ambas fueron sofocadas ... y su líderes ejecutados. La actual insurrección chiapaneca, sin duda, también tendrá corta vida.

En este texto se hace la historiografía de los milagros de raigambre popular, se explica la causa de las anteriores insurrecciones contra el poder eclesial y se da por sentado que en Chiapas las insurrecciones de raíz popular no son nada nuevo. Pero el ojo puede equivocarse, pues, parecen invenciones no de Rulfo y García Márquéz, sino de sus abuelos. Elípticamente se establece que la insurrección chiapaneca también parece proceder de alguna mítica invención; y directamente se le vaticinaba "corta vida".

En otra sección del artículo se sitúa el conflicto chiapaneco en la perspectiva ideológica que la situaron los escritores que para el caso fungían como "ideólogos", veamos:

Hay una guerra en Chiapas. Todo el país reprueba el uso de la violencia. En primer lugar, la de los guerrilleros. Su desesperación es comprensible; sus métodos no. ¿Había otros? Ellos dicen que no. A nosotros, al gobierno y los ciudadanos, nos corresponde demostrarles que sí.

Es netamente ideológica la forma en que en este fragmento se articula el interés general. El sentido de la formulación indica que los insurrectos no pertenecen al país, pues son ellos los únicos que no reprueban el uso de la violencia en virtud de que son sus protagonistas. Además, se admite, tácitamente, el uso de la violencia como un recurso de los desesperados, se le niega, por lo tanto, cualquier sustrato racional. Ante esto se opone otro estrato social que incluye a los intelectuales, al gobierno y a los ciudadanos representados por éste y aquéllos.

Como ideólogo, Fuentes, proponía la siguiente solución:

Sólo un gobierno local renovado, de conciliación y diálogo, pero también de voluntad justiciera y democrática, puede convertir la tragedia de Chiapas en la épica de Chiapas: el primer paso de una transformación económica, política y cultural paralela que sitúe a México, no en el ilusorio primer mundo al que, instantáneo como el nescafé, nos iba a introducir el Tratado de Libre Comercio, vigente desde el 1 de enero, por nuestra frontera septentrional, ni a la Centroamérica rezagada y tumultuosa a la cual, con peso de piedras mudas, nos arrastra nuestra frontera sur. Chiapas debe ser parte, y desde ahora parte representativa, termómetro indispensable, del desarrollo nacional.

En la formulación anterior existe un aspecto que nos parece nodal; como ideólogo, Fuentes está expresando la posición de un sector político respecto al TLC y al lugar histórico y geopolítico que le corresponde a México.

El caso de Octavio Paz es ejemplar por su completud como "ideólogo". En los últimos años Paz ha sostenido una postura crítica con respecto al Estado mexicano y al PRI; con respecto a los regímenes socialistas; con respecto a los intelectuales de izquierda que sostenían las ideas del socialismo marxista; y contra los movimientos guerrilleros latinoamericanos de inspiración castrista, maoísta, etc., según su formulación.

Motivado por los acontecimientos de enero del 94 escribió tres artículos en donde se resume su postura ideológica con respecto a los temas mencionados. En lo esencial su postura no se diferencia de la de Fuentes y de la de Flores Olea: rechaza la violencia como recurso para la solución de problemas que son estrictamente de carácter político. Sin embargo, en los tres artículos se distingue la intencionalidad y la postura desde la cual él analizará los hechos y su repercusiones.

La postura de Paz va encaminada a salvaguardar el status quo, el interés general, la función del intelectual, de los partidos políticos, de las instituciones gubernamentales y de sus actores. En esta práctica sorprende la elasticidad con que maneja la típica distancia del intelectual con respecto al régimen y al Estado, con respecto al proyecto estratégico gubernamental y con respecto a sus congéneres, los intelectuales.

Paz dice: "Los hechos sociales son complejos. La función del intelectual consiste en esclarecerlos y descifrarlos, hasta donde sea posible. Sólo después del análisis se puede, y aún se debe, tomar partido. [Nota 6]

En esta exposición genérica de la función del intelectual en la sociedad no se advierte ninguna diferenciación estricta como la que hace en otra parte. En el mismo artículo Paz taxonomiza a "la clase intelectual mexicana" en "[Ios] que trabajan silenciosamente en sus gabinetes o en sus cátedras... [ y en] los que llevan la voz cantante -estrellas y coro- en la prensa".

Desde esta descripción es admisible que todo aquel que trabaje en la difusión de ideas o del conocimiento es un intelectual. Implícito en ella se encuentra también una caracterización de la circunstancia de los intelectuales: unos están adscritos a una institución; y los otros pertenecen a un "grupo", en el cual existe alguien que lleva "la voz cantante". voz que siguen otros cuya misión es "corear", entiéndase vocalizar variaciones sobre el mismo tema. Con esta metáfora describía Paz uno de los rasgos articulatorios de los intelectuales mexicanos, organizados en capillas, grupos, cacicazgos, y ubicados en gabinetes y cátedras; estos últimos no realizan, como los otros, ni siquiera "ruidosas manifestaciones". Manifestaciones que carecen "de variedad y terminan infaliblemente en condenas inapelables."

En conclusión, si unos no hacen ni siquiera ruido y otros acaban indefectiblemente en la condena "inapelable", existe un tercer grupo que esclarece, descifra, analiza y que con conocimiento de causa toma partido ante los complejos hechos sociales. Esa toma de partido es, por lo tanto, lúcida, decodificadora y objetiva; variables características del positivismo racionalista. Al amparo de dicha solvencia Paz articulará un discurso propio de lo que hemos llamado función usurpatoria y que consiste en la asunción fáctica de la función de "ideólogo" por parte del escritor. Observemos como se configura discursivamente tal función:

Empeñados en lavar a los insurrectos de Chiapas del pecado de "premeditación", no se han hecho la única pregunta que debe hacerse: ¿cómo es posible que nuestras autoridades hayan ignorado que desde hacía mucho tiempo se preparaba un movimiento militar en Chiapas? Y si lo sabían, ¿por qué no tomaron a tiempo las medidas del caso? El gobierno ha dado a estas preguntas una respuesta tardía y poco convincente. Su responsabilidad es grave e inocultable.

En el fragmento anterior observamos que la postura crítica de Paz se expresa mínimamente en tres niveles: señala la miopía de los intelectuales; se muestra sorprendido ante lo que podría interpretarse como una omisión de las "autoridades"; pone el dedo en la llaga de la ineficacia institucional; señala la debilidad gubernamental debido a su lentitud y a su escasa credibilidad; y ubica tal comportamiento institucional en la perspectiva político-moral correspondiente: estatalmente, la omisión, la ineficacia, la lentitud, la debilidad y la falta de credibilidad es inadmisible. De esta manera es como Paz se ubica como defensor del status quo y toma con respecto al poder la distancia que es típica de los intelectuales. Sin embargo, ¿cuáles son las medidas del caso que Paz reclama que se debieron haber tomado de haberse conocido la preparación de un alzamiento militar? Dentro del imaginario político latinoamericano eran varias las alternativas: profilácticamente, la captura y eliminación de los alzados; institucionalmente, el control político, militar y social y su posterior disuasión a través de la negociación tras bambalinas, o aplicar programas de desarrollo regional que le sustrajesen la base social al movimiento militar.

Pero lo inadmisible es que los intelectuales no quieran reconocer en el movimiento militar zapatista una preparación de hondas raíces sociohistóricas o que al gobierno se le haya escapado de sus manos el control político de la zona y que después dé repuestas tibias y poco convincentes.

A lo largo de sus artículos Paz se sitúa en una compleja postura con el afán de alcanzar la objetividad, que corresponda a la lucidez y que descifre, que explique, pues, los códigos ocultos en aquel hecho que nos confrontaba, como lo dice Flores Olea, "ante el espejo, ante la realidad de un país, no sólo de una región, con carencias y necesidades olvidadas ( ... ) que ponen en cuestión los avances reales de México, y que le ponen sordinas a las trompetas del triunfalismo".

La pragmática formulación de Flores Olea es la de un político que se opone al proyecto salinista; pero, su postura crítica nos sirve para contextualizar la actuación de los escritores como intelectuales en su función de "ideólogos". Queremos decir que ante un hecho de trascendencia sociopolítica los escritores o hablan de literatura o desempeñan la función (usurpatoria) de "ideólogos".


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