©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

III. ¿Cuál democracia para la cultura laica?


Diversos autores consideran que las instituciones democráticas modernas han sido influenciadas por una amplia gama de factores, entre los cuales se encuentran la tradición republicana, el nacimiento de gobiernos representativos y la igualdad política. De acuerdo con estas tradiciones la existencia de un proceso democrático presupone no sólo un complejo de instituciones sino también un conjunto de derechos y deberes legales. Lo importante es que los ciudadanos se encuentren en condiciones de gobernarse a sí mismos con las reglas y procedimientos que han acordado. Se subraya con insistencia el "principio de igual consideración de los intereses", lo que en otras palabras significa "eliminar las desigualdades de los puntos de partida, eliminando las desigualdades económicas". [Nota 10] En este sentido, la democracia no impide a nadie luchar por la consecución de sus propios fines, "a condición de que, cada uno permita a los demás luchar por los fines que cree mejores y todos se pongan de acuerdo sobre un criterio, el más objetivo posible, para decidir cada vez y periódicarnente jamás definitivamente, cuales son los fines que deben prevalecer".[Nota 11] En esta perspectiva uno de los ideales de la democracia es representada por la renovación gradual de la sociedad a través de la libre discusión de las ideas. Por lo tanto resulta claro que el problema de la cultura radica en la importancia decisiva del "uso público de la razón" y de la elaboración de presupuestos que permitan sentar las premisas para su propia renovación. Esto significa que el nacimiento de los sistemas políticos pluralistas ha hecho posible la convivencia entre diferentes culturas sin que cada una pierda su autonomía y racionalidad. Recordemos que ninguna concepción política o ideológica puede aspirar a tener el monopolio de la verdad. En una sociedad pluralista, como bien señala Bobbio, los partidos deberían representar intereses económico sociales que, aunque contrapuestos, pueden siempre ser objeto de negociación.[Nota 12]

La coexistencia de diferentes culturas en una democracia provoca un efecto en dos direcciones: de un lado, la democracia posibilita la expresión de las diferentes expresiones culturales; en tanto que el desarrollo de la cultura laica permite a los ciudadanos adquirir, a través de una adecuada educación, un conocimiento mayor de sus derechos y deberes.

Aunque la democracia corre el riesgo de un cierto grado de incertidumbre en la medida en que se sustenta en una necesaria renovación periódica del consenso, no puede renunciar a tal confrontación porque el pluralismo vive en la dialéctica consenso-disenso. En efecto, la cultura laica vive en la expresión de esta pluralidad y, para decirlo con Max Weber, se expresa en el relativismo de los valores. La cultura se autodetermina siguiendo sus procesos específicos y estableciendo una relación de autonomía relativa respecto de la política. Por lo tanto, ser autónomos significa la libertad de aceptar o de rechazar las propias normas en la medida en que ser independientes implica tener diferentes opciones en el campo de las decisiones políticamente significativas. En las democracias complejas está presente un elevado nivel de autonomía personal de los ciudadanos en las decisiones individuales y colectivas, lo cual es producto, en buena medida, de la cultura laica.

La coexistencia de diferentes sistemas de valores permite la inclusión del mayor número de ciudadanos en la construcción democrática. En efecto, en las democracias y siguiendo los pasos de Stuart Mill, a la ciudadanía se le atribuye un crecimiento moral y la adquisición de un sentido más maduro de responsabilidad de las propias acciones así como "una mayor propensión a reflexionar acerca de las consecuencias de las propias acciones".[Nota 13] Estas afirmaciones implican la concepción de un ciudadano ilustrado que debe tener adecuadas y equitativas oportunidades para comprender los medios y los fines de la acción política así como sus posibles consecuencias para la democracia.

En consecuencia, con la existencia de una cultura laica se fortalece el comportamiento cívico que refuerza la calidad de la democracia en la medida en que expresa un multiforme sistema de valores: la libertad, Ia igualdad, la predisposición a la cooperación, la tolerancia y una vocación a la coexistencia pacífica. En síntesis, la cultura laica representa comportamientos de educación política a largo plazo. De acuerdo con Norberto Bobbio, un sistema democrático debe garantizar la existencia de una pluralidad de grupos políticos que participan para tratar de imponer su proyecto -mediante los mecanismos de la ley- al conjunto de la sociedad. Obviamente esta diversidad se ve reflejada en la pluralidad de culturas de las que emanan. El pluralismo reconoce la importancia de los grupos y acentúa el reclamo del relativismo cultural en la redistribución del poder. La sociedad democrática es una sociedad centrífuga que no tiene uno sino varios centros de poder. De aquí el nombre dado por Sartori de poliarquía.[Nota 14] En este sentido se busca una descentralización de la cultura entendida como la revalorización de la periferia respecto del centro, revitalizando al mismo tiempo el papel que tienen los productores y los consumidores de cultura. Recordemos que si bien existe una autonomía relativa, la cultura se ve indirectamente influenciada por la política y en algunos casos históricos aquélla incluso ha tenido un proyecto político determinado.[Nota 15] Lo importante es que esta carga ético-política de la cultura sea proclive a la democracia.

Una cultura laica permite un mayor ejercicio de la crítica y por lo tanto hace posible una mayor transparencia en los actos del poder. Las virtudes del ciudadano laico son el rigor, la imparcialidad, la moderación y la sabiduría, son sobre todo virtudes que se pueden resumir en una: "el no ser prepotente con los demás".[Nota 16] Debemos precisar que la antítesis del espíritu laico es el fanatismo que puede ser definido como la "furia de la destrucción". La cultura laica se contrapone aquellos grupos que pretenden tener un conocimiento superior de lo que es bueno para la comunidad y buscan imponerlo a través de distintos medios. [Nota 17] De lo que se trata es de evitar que la cultura pueda ser instrumentalizada por parte de la política. La cultura laica permite que las ideas de los demás puedan ser discutidas, no rechazadas apriorísticamente, y en el peor de los casos sofocadas. Los portadores de las ideas deben utilizar las armas de la razón y no las razones de las armas y cada uno hacer un esfuerzo para entender las ideas del adversario. Esto aparece como una construcción ideal para nuestras sociedades. Sin embargo sería conveniente aceptar que la cultura laica representa la brújula que nos orienta en el tránsito hacia el siglo XXI, ya que si con alguna utopía fuese deseable soñar en los tiempos que corren sería, sin duda, aquélla de inspiración kantiana que pugna por la paz perpetua y por la ciudad universal de los ciudadanos. En efecto la civitas máxima no permite la existencia de fronteras y hace posible que los individuos sean al mismo tiempo "más iguales" y más libres. Dentro de esta propuesta es posible observar la presencia de un componente "neoiluminista" que afirma la necesidad de extender la libertad de todos los ciudadanos y de hacer uso público de la propia razón en todos los campos.


Inicio del artículoAnteriorRegreso