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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

I. Tolerancia y espacio de la política en el ocaso del siglo XX


Discutir de tolerancia y de su relación con la política en el momento actual equivale, de alguna manera, a referirse a los problemas que enfrenta la democracia en estas sociedades complejas de final de siglo y de milenio. El primer dilema de la relación entre política y tolerancia que deseamos proponer está representado por los modelos posibles de la convivencia política y social que caracterizarán el siglo venidero. En las sociedades de nuestros días continúa siendo materia de amplia discusión el tema de las formas de convivencia que podrían caracterizar a las sociedades pluralistas. Para adecuarnos a la lectura que aquí se propondrá, la tolerancia debe ser entendida como una forma normativa de la política que permite la convivencia y el reconocimiento público de las diferentes identidades colectivas que son minoritarias en la esfera pública. Mientras que la concepción de la política que aquí interesa resaltar se basa -Para decirlo con Hannah Arendt- en la idea de una ciudadanía activa que incide en la esfera pública en la búsqueda de soluciones a sus necesidades y en donde los ciudadanos interactúan mediante el discurso y la persuasión. [Nota 1] Esto es importante porque en el espacio público los individuos revelan su identidad y establecen relaciones basadas en la reciprocidad. La relación entre tolerancia y política es por lo tanto una típica relación entre un sistema normativo y un sistema de poder. Así, mientras que los polos de la relación entre ética y política rara vez se encuentran, al contrario, los polos de la relación entre política y tolerancia desarrollan una vinculación muy estrecha, al grado de que podemos sostener que el régimen democrático es el ámbito natural que favorece su identificación. [Nota 2] La tolerancia es, en consecuencia, un valor de la política pero también un sistema práctico para la solución de las controversias sociales. Discutir acerca de las relaciones entre política y tolerancia en la perspectiva de un modelo deseable de convivencia sólo es posible sobre la crítica de nuestra época. Es importante referimos a esto para imaginarnos los desafíos que el sistema práctico y normativo que representa la tolerancia deberá enfrentar hacia el nuevo milenio. En el siglo que concluye muchas cosas han pasado, hemos tenido períodos de revolución, de estabilidad y de crecimiento, pero también de crisis que parecen tener un carácter permanente. No por nada el historiador inglés Eric Hobsbawm, que ha definido al XIX como "el siglo de las revoluciones" ahora define al siglo XX como el de las grandes intolerancias.

Los últimos años representan, para este autor, la "edad de la fractura" caracterizada por ser un período de incertidumbres, crisis y descomposición que culmina en 1991 con el eclipse del mundo comunista.[Nota 3] Es indudable que durante el final de la década de los 80 y los primeros años 90 terminó una época de la historia del mundo para comenzar otra. La relación entre tolerancia y política se encuentra marcada por el nuevo contexto.

El hundimiento del socialismo soviético y sus consecuencias trascendentales ha sido quizá el acontecimiento más destacado de estos decenios de la crisis. Muchas han sido las interpretaciones sobre la génesis de este cambio: desde que la caída de los distintos regímenes fue producida por la incapacidad de los gobernantes para satisfacer las necesidades materiales de la población y la ineficiencia económica de la centralización planificada, hasta las que consideran que dicha crisis de las estructuras políticas se debió principalmente a la naturaleza antidemocrática de los regímenes que nacieron con la Revolución de Octubre. Otras explicaciones podrían girar en tomo a la ausencia de oposición y de capacidad autocorrectiva de tal sistema de poder, a la violación sistemática de los derechos individuales, al carácter totalizante y autoreferencial de la ideología comunista, a la rigidez de las jerarquías en la esfera social y política, así como a la presión sofocante del Estado sobre la vida social. [Nota 4] A estas razones se podrían agregar, sin duda, muchas otras. Pero lo que aquí interesa resaltar es que esta crisis afectó de diferente manera al modo como hasta entonces se había desarrollado la convivencia social y política en el ámbito mundial. Ante el fracaso de una concepción política bipolar que enfrentó a dos posiciones mutuamente excluyentes, se abren las puertas para el desarrollo del pluralismo democrático en otros lugares del mundo. Ahora nuestro punto de referencia debe ser otro.

En los años noventa se hizo patente que la crisis mundial no era sólo general de la economía sino también de la política. El colapso de los regímenes comunistas no sólo dejó tras de sí una zona dominada por la incertidumbre política, la inestabilidad, el caos y la guerra civil, sino que destruyó también el sistema de relaciones que había caracterizado al mundo durante casi 50 años. Más evidente aún que la incertidumbre de la economía y la política es la crisis social y moral. Es una crisis de las creencias y de los principios básicos en los que se había sustentado la sociedad desde el siglo XVIII. Es una crisis de los principios racionalistas y humanistas que caracterizaron el desarrollo de la sociedad moderna. La crisis moral no es sólo una crisis de los principios de la civilización sino también de las estructuras históricas en que hasta este momento se habían fundado la convivencia y las relaciones humanas. En este sentido, el futuro del régimen democrático aparece fuertemente vinculado con el problema de la convivencia y más concretamente con los problemas que genera la coexistencia entre diferentes minorías étnicas, lingüísticas y raciales, y más en general, con el problema de los que se denominan diversos o diferentes" ya sea por razones físicas o de identidad cultural o política. [Nota 5] En los últimos tiempos observamos que en muchos países se ha desarrollado una serie de cuestiones políticamente relevantes en materia de tolerancia. Desde las iglesias incendiadas dentro de comunidades negras en los EU, hasta la continua violencia en contra de los "extranjeros", es decir los "diferentes", en muchas partes de Europa y Asia, sin olvidar el problema que hoy representa la "cuestión indígena" en América Latina. En todos estos lugares podemos observar el dramático resurgimiento de conflictos que tienen origen en particulares identificaciones étnicas, políticas, ideológicas o culturales. En efecto, de las soluciones que ofrezcamos al problema de la convivencia entre los crecientes "particularismos" que genera el pluralismo, dependerá en el futuro la extensión y la profundización del régimen democrático mismo. En este esquema la política aparece como una adquisición cultural de primer orden en la medida en que permite a los individuos trascender las necesidades naturales y construir un mundo en el cual el discurso y la interacción puedan florecer libremente. El desafío del pluralismo y la diversidad es uno de los más importantes que hoy en día representa la relación entre política y tolerancia.


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