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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano-Otoño 1996

II. Tolerancia, ciudadanía, democracia


Un segundo dilema de la relación entre tolerancia y política se refiere al hecho de que la tolerancia ha dejado de encarnar sólo una concepción liberal para representar un nuevo perfil pluralista ya no vinculado solamente a los individuos sino también a los grupos. En efecto, uno de los desafíos no resueltos cabalmente por la promesa democrática ha sido el de la coexistencia cooperativa. Aún es una necesidad la existencia de mecanismos de carácter pacífico para el procesamiento de las diferencias que tiende a reproducir el pluralismo democrático. La comprensión del pluralismo implica -como sostiene Sartori la comprensión de la tolerancia, del consenso, del disenso y del conflicto.[Nota 6]Un sistema pluralista debe basarse en la reciprocidad: al ser tolerantes esperamos, a cambio, ser tolerados. El consenso permite compartir algo que nos vincula, mientras que el disenso nos separa o nos convierte en una nueva minoría. La gramática entre consenso y disenso es fundamental en la democracia. Reflexionar sobre las nuevas dimensiones de la tolerancia significa referimos entonces a las transformaciones que se han desarrollado en el interior del régimen democrático y, de manera especial, a las diferentes modalidades en que se expresa el moderno conflicto social y político.[Nota 7]

Debemos reconocer que la democracia con todas sus imperfecciones y "promesas no mantenida", continúa siendo la única opción política posible que garantiza la solución pacífica y muchas veces concertada de los problemas que genera la convivencia misma. La democracia representa un régimen dinámico en continua transformación. Las instituciones tienden a reformarse en el sentido de garantizar una mayor inclusión de los grupos anteriormente marginados. La tolerancia en las sociedades modernas representa el mínimo consenso social necesario para que un régimen funcione en modo civilizado, renunciando expresamente al uso de la violencia para la solución de los conflictos y de las discrepancias políticas. En consecuencia, pluralismo y democracia son consustanciales a la tolerancia, dándole a ésta un espacio para la expresión del disenso, el cual ha sido aceptado en las sociedades pluralistas como un mal menor" cuando el costo de la represión resulta mayor o como un "mal necesario" cuando no es posible eliminar el disenso, el cual, como bien se sabe, cuando es lícito y moderado resulta funcional para la democracia.

Del mismo modo en que la tolerancia constituye el fundamento ético del sistema democrático, su antítesis, la intolerancia, establece una correlación directa con el autoritarismo político. Recordemos que la intolerancia política ha encontrado diversas fuentes de justificación, incluso en las filosofias historicistas: "se piense en el positivismo, en el hegelianismo o en el marxismo, en donde el poder de un grupo, un individuo o una clase es legitimado sobre todos los otros, recurriendo a ineludibles leyes históricas de progreso o férreas e imprescindibles leyes dialécticas".[Nota 8]

En conclusión, el desarrollo de la tolerancia representa actualmente uno de los más grandes desafíos (si no el más importante) al orden democrático como lo conocemos actualmente.

Otro problema que ineludiblemente debe tomarse en cuenta cuando se discute de tolerancia y política es el relativo a los nuevos caminos de la convivencia. Los diferentes valores que encarna el régimen liberal-democrático no han impedido el surgimiento de formas diversas de prejuicio" y "discriminación", que a su vez han generado intolerancias. Es decir, formas de rechazo o de desprecio en las que es posible identificar elementos de frustración y de temor hacia lo "desconocido". Este rechazo constituye un recordatorio de que en épocas de adversidad es muy frecuente hacer recaer las propias culpas sobre los adversarios, quienes sirven de víctimas expiatorias.

En el mundo contemporáneo el prejuicio se encuentra referido a una serie de exclusiones y limitaciones de los derechos de poblaciones y grupos que se caracterizan por la posesión de ciertas peculiaridades vinculadas a diferencias de idioma, religión, origen nacional o simplemente opiniones políticas. La discriminación en cualquiera de sus formas en una democracia nos mete de lleno en el problema de la vigencia y aplicación de los derechos de ciudadanía en términos de inclusión y exclusión", ya que el prejuicio en política, es decir la intolerancia, provoca diferentes tipos de segregación y desigualdad de trato entre ciudadanos que, por lo menos en teoría, deberían gozar de igual dignidad y estatuto jurídico. En esta perspectiva ciudadanía significa el derecho a participar activamente en la vida política del Estado. El ciudadano es un depositario de derechos, o dicho más simplemente, un individuo con capacidad para ejercitar libremente los derechos y privilegios que la ley del Estado otorga a sus ciudadanos. No olvidemos que el reconocimiento de los derechos fundamentales del hombre y del ciudadano permitió que los principios en que se sustentaba la tolerancia fueran ampliando sus espacios y que su dimensión fuera extendiéndose, hasta alcanzar un papel importante en la solución de los conflictos. Esta transformación del precepto de la tolerancia contribuyó a darle un nuevo significado, que es el que posee actualmente, y que podemos identificar con el de pluralismo de los valores, de los grupos y de sus intereses. [Nota 9] Recordemos que el mundo de la democracia liberal incluyó a la tolerancia entre sus valores constitutivos, reconociéndola como la solución éticamente apropiada en relación con las diferencias existentes, potencialmente conflictuales, sobre las condiciones en que los individuos deben vivir en una sociedad y sus razones. Por lo tanto, la igualdad política y el reconocimiento de los propios derechos (aquello que Hannah Arendt llama el derecho a tener derechos) pueden ser asegurados sólo por la pertenencia a una comunidad política democrática. Y en esta medida, la identidad étnica, religiosa o racial resultan irrelevantes para explicar la identidad política de una persona, es decir, su identidad como ciudadano.


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